29 may. 2013

LA COMUNION...(relato de Jose Quesada)


Os dejo un relato sobre un tema bastante delicado, os vais a reír mucho, es de mi buen amigo Pepe Quesada, un escritor estupendo que narra vivencias normales, lejos de metáforas barrocas y giros incomprensibles, porque a veces, el talento existe, porque la pena es que esté tan escondido, habrá que animar a Pepe para que se haga un blog y siga deleitandonos con sus relatos rutinarios y costumbristas, de esos en los que los mortales normales nos vemos tan reflejados.-




LA COMUNIÓN.

  Mes de Mayo, mes de la madre, mes de las flores y el mes de las comuniones. Y sobre una de esas comuniones, voy a relatar la curiosa y verídica ocurrencia que pasó en la misma hace unos años atrás.
 Después de tres años de catequesis, Luisito iba a recibir su primera comunión. Este sería un día especial para él y para toda su familia, sería un día de esos que, a lo largo de su vida, nunca olvidaría. Tomaría la comunión en la bonita parroquia del barrio, que previamente había sido decorada floralmente para aquel evento, iría vestido de capitán de marinería, celebrarían el banquete en uno de los mejores salones dedicados a estos convites, en donde, aparte de la exuberante comida también había espectáculos de payasos y otras diversiones para los críos, estaría acompañado principalmente de sus familiares más allegados y de algunos amigos íntimos de la familia, quienes le felicitarían por su primera comunión, y le agasajarían con gran cantidad de regalos, por supuesto también sería fotografiado y grabado hasta la saciedad. Aparte de todos estos regalos, sus padres  le llevarían, en el verano, al parque de atracciones más grande y de más renombre. ¡¡Inolvidable!! Así iba a ser la comunión de Luisito.
  Para Fermín y Conchi, los padres de Luisito, la comunión les iba a costar un dineral, dineral que pagarían con gusto, por ver feliz a su retoño en un día tan importante. Como es natural, todo lo habían previsto y contratado con antelación, para no tener ningún  problema a última hora, que afease la comunión. Por ello, y también con anticipación, ambos se compraron la ropa para estar guapos ese día. Fermín, como la mayoría de los hombres, fue rápido en sus decisiones sobre el vestuario a elegir, y en una tarde se compró el traje  para la comunión. Sin embargo, Conchi, por muchas vueltas que daba no  encontraba la ropa que le gustaba y seguía intentándolo de tienda en tienda, pero Fermín se cansó de ir con ella, aconsejándola que mejor fuese acompañada por Andrea, la madre de Conchi, que al ser mujer esta le ayudaría y asesoraría en aquellas compras.
  Madre e hija se dedicaron a visitar tiendas durante varios días, hasta que en una de ellas encontraron lo que buscaban. Después de probarse varios vestidos, Conchi eligió el que más le gustaba y que mejor le quedaba, pensando que estaría guapísima en la comunión, a su lado  su madre le aconsejaba, y también resaltaba la belleza y elegancia del vestido,  comentando cuántos vestidos bonitos había en aquel establecimiento de ropa femenina.
  —Ya que estoy aquí, debería de comprarme también un vestido, me has dado envidia, y al fin y al cabo soy la abuela y madrina de Luisito—, le comentó Andrea a su hija.
  — Mamá, mira lo que te gusta, y ya verás como encuentras alguna preciosidad para lucirla en  la comunión de tu nieto—, le animó Conchi.
  Andrea era una mujer cercana a los sesenta años, de estatura mediana, porte señorial, un poco entradita en carnes, pero para su edad se conservaba bastante bien y joven, apenas tenía arrugas, y en sus labios siempre había una amplia sonrisa que la hacía más guapa. Poco tardó en elegir y probarse  un traje de chaqueta y falda color beige clarito, junto a una blusa floreada, que le quedaban muy , y realzaban su belleza madura. Andrea esperaba la aprobación de su hija y de la dependienta par llevarse aquel conjunto.
  —Mamá, te queda muy bien y el color te favorece mucho, lo único que la falda, en la cintura  y el pompis, te está un poco ajustada y se te marcan bastante las bragas esas de cuello alto que llevas, jejeje.
  — ¿Sí me lo permiten las señoras? Yo diría que una talla más, ya no le sentaría bien a la señora, tendría la falda demasiada holgura, yo le aconsejo que cuando se ponga este conjunto, utilice otro tipo de ropa interior, por ejemplo un tanga—, les aconsejó la dependienta.
  —¡No, de eso nada!, yo nunca me he puesto unas braguillas de esas, que aparte de no cubrirte nada, deben de ser muy incómodas de llevar, además esos tanguitas son para las chicas más jóvenes y más modernas, que yo ya no estoy para esas modas.
    — ¡Vamos mamá!, elige alguno de estos que son muy bonitos, y ya verás cómo no notas que lo llevas puesto, y no te marcará en la falda ni tampoco nadie va a saber el tipo de ropa interior que llevas.
  Entre Conchi y la dependienta convencieron a Andrea para que se llevase la prenda interior. Una vez realizadas las compras y contentas por tener los vestidos para la comunión regresaron hacia sus casas, aunque Andrea seguía sin estar muy conforme con colocarse la diminuta prenda  intima.
  Llegó el día de la comunión, todo eran prisas, carreras y nervios en la casa de Luisito, el tiempo corría y debían de estar en la iglesia una hora antes de la ceremonia. En casa de  Andrea, ella y su marido también se arreglaban con premura para llegar a tiempo a la iglesia y coger sitio en los primeros bancos. Pedro se estaba vistiendo y se quedó boquiabierto cuando vio a su mujer en ropa interior disponiéndose a  vestirse, llamando su atención las minúsculas braguitas que esta llevaba. Rápidamente se acercó a ella y en tono amoroso le dijo:
  — ¡Ven para acá cariño, qué moderna que estas y que bien te queda ese conjuntillo! ¿Nos pegamos un revolcón?
  — ¡Quita, quita, que es muy tarde!, además vamos con retraso y Luisito ya estará en la iglesia—, respondió Andrea a su marido a la vez que se separaba suavemente  de él y de sus manos y continuaba vistiéndose.
  — ¡Vale…! Me has dejado con la miel en los labios, pero esta noche cuando volvamos no te me escapas, porque con esa ropa “me pones”, jejeje.
  Empezó la celebración en la iglesia, todos los niños estaban guapísimos, al igual que todos sus padres y demás asistentes. La iglesia estaba a rebosar, llena de invitados y feligreses, hacía un día muy bonito pero a la vez muy caluroso. Dentro del templo y debido a la aglomeración de tanta gente, la temperatura empezó a subir y el personal empezó a sudar copiosamente, deseando muchos  que el cura aligerase porque si no a alguno de ellos les iba a dar un telele o soponcio, pero a pesar del calor, todos guardaron la compostura y nadie se quitó ninguna prenda.
  Andrea era una de esas personas a las que le iba a dar un vahído; llevaba mucho rato que el calor le agobiaba, el ambiente estaba muy cargado y le costaba un poco respirar, sudaba abundantemente resbalándole y empapándole el sudor todo su cuerpo, intentaba mitigarlo abanicándose fuertemente y si no tenía bastante con el calor reinante, empezaba a sentir molestias y escozor en sus partes íntimas por culpa de las rozaduras que le estaba produciendo el dichoso tanga.
  Todos respiraron con alivio cuando terminó la ceremonia y salieron al exterior de la iglesia, allí también esperaban los fotógrafos y otros familiares que  cámara en mano, le hicieron a Luisito miles de fotos, a Luisito y a todos sus familiares, aquello se hacía pesado, pesado sobre todo para Andrea que en todas aquellas fotos posaba con una gran sonrisa, aunque el hilo del tanga le seguía rozando entre los glúteos y el escozor y el malestar seguían en aumento. Andrea disimulaba resignadamente su dolor,  maldiciendo la hora en que le hizo caso a su hija y se compró aquel pedazo de tela que la estaba martirizando.
  Llegó la hora de ir al salón de banquetes, allí también esperaban más fotógrafos y antes de pasar al banquete, Luisito, sus padres, abuelos y otros familiares, les esperaba otra sesión de fotos. ¡¡Menudos álbumes de fotos iba a tener Luisito de su comunión!!
  Una vez dentro, todos se acomodaron en su sitio correspondiente y empezó el banquete. Fue una gran celebración, con exquisita comida, amenizada por payasos para los críos, con baile y copa para  los sesenta invitados. Luisito disfrutó de aquella fiesta, en la que él era el rey de la misma, también disfrutaron todos los demás, todos menos Andrea que cada vez estaba más dolorida y escocida a causa de las rozaduras de la braguita, pero aún así aguantó toda la fiesta y no le dijo nada a nadie, ni siquiera a su hija, pero estaba deseosa de llegar a su casa para desprenderse del tanga y darse una buena ducha.
  — ¡Vamos Andrea, vamos a danzar un poco! ¿Qué te pasa  hoy mujer que no quieres bailar? Si tú eres muy buena bailarina y además hoy estamos en la comunión de nuestro Luisito. ¡Anímate y nos pegamos unos pasodobles!
  — ¡Estoy reventada Pedro! Ya he bailado un ratito y los zapatos me están haciendo daño, tengo ganas de irme a casa, descalzarme y relajarme, es que hoy he pasado mucho calor. —respondió Andrea a su marido mintiéndole en la causa de su dolor y malestar.
  Se acabó el banquete y la fiesta, despidiéndose la mayoría de los invitados de Luisito, de sus padres y abuelos. Fermín y Conchi cargados con los regalos recibidos por su hijo, se despiden de los gerentes del salón felicitándolos por lo satisfactorio que ha salido el evento y se disponen para regresar a su casa, pero antes de subir a los coches, Pedro, el padre de Conchi insiste en que él va a invitar a todos los que han quedado, los invita a tomar una cerveza o refresco en la terraza de una cafetería que hay al lado de su casa y cerca también de la casa de su hija. Todos están de acuerdo menos Andrea que insiste en pasar primero por casa, pero su marido y sus hijos la convencen diciéndole que sólo van a estar un ratito, que allí sentaditos en la terraza, descansarán un poco y charlarán tranquilamente sobre este día tan ajetreado. Con aquella intención subieron a los coches y se dirigieron hacia la cafetería.
  El camarero de la terraza hubo de juntar varias mesas para que se acomodasen las diecisiete personas que formaban aquella reunión familiar compuesta por doce adultos y cuatro niños aparte de Luisito. Sólo habían quedado los familiares más allegados; los padres, hermanas, cuñados y dos sobrinillos de Fermín y por parte de Conchi estaban sus padres, su hermano, su cuñada, una sobrinilla, su pequeña hija y por supuesto el protagonista del día, su hijo Luis.
  Una vez  preparada la mesa, todos se fueron sentando poco a poco y se dispusieron a pedir las consumiciones. Conchi y su madre no llegaron a sentarse, si no que aprovecharon para ir al lavabo de la cafetería, y fue allí en donde Andrea ya no aguantó más y le confesó a su hija el martirio que llevaba todo el día con la braguita.
  — ¡Pero mamá, a ver me dicho lo que te pasaba! Yo pensaba que te quejabas porque te molestaban los zapatos. ¿Y por qué no te lo quitaste si notabas que te estaba rozando?
  —Conchi no te quise preocupar con esa tontería, porque estabas tan liada con la comunión que me dio un poco de apuro. Y el caso es que pensé en quitármelo pero me dio vergüenza que alguien se diese cuenta de que no llevaba nada.  ¡Ojalá  me lo hubiese quitado allí mismo, en el salón,  porque tengo toda esa zona en carne viva! ¡Te juro que jamás volveré a comprarme y menos ponerme un tanga de esos!
  — ¡Cómo eres mamá! Anda quítatelo y refréscate un poco con agua, verás como así te sientes mejor y no tengas miedo a que los demás piensen en si llevas o no ropa interior.
  Aliviada y con el tanga en el bolso salió Andrea del baño de la cafetería y en compañía de su hija fue a sentarse en la mesa en la que estaban todos sus familiares. Le habían guardado una silla al lado de sus consuegros y de Fermín, justo enfrente de su marido y de su hija  Conchi. A la vez que se sentaba atendía a las palabras del camarero que le preguntaba por lo que iba a tomar; pero cuando dejó caer su cuerpo en la silla de plástico, a esta se le doblaron las patas traseras y Andrea calló de espaldas  encajada en la misma. El golpe fue bastante fuerte y sonoro, resultando la sorpresa mayúscula para todos los presentes al ver en la posición que había quedado Andrea con la espalda en el suelo y las piernas  al aire, ella nerviosa movía las piernas intentando zafarse de la silla para así poder levantarse, pero contra más  lo intentaba, la falda más rápidamente  se deslizaba, dejando al descubierto y a la vista de todos sus partes íntimas Y como los españoles somos así, en vez de ayudarla de inmediato, Pedro, Conchi y algún otro familiar, se tronchaban de risa al verla en aquella grotesca postura y enseñándolo todo, todo, porque momento antes Andrea se había quitado la braguita y ahora mostraba sus vergüenzas en todo su esplendor.
  Fueron su consuegro, su yerno y el camarero quienes acudieron en su ayuda. Fermín rápidamente le cubrió las piernas y sus intimidades con su propia falda, a la par que su padre y el camarero la  ayudaron a  incorporarse liberándola de la silla, mientras todo esto sucedía, su marido y sus hijos seguían riéndose a grandes carcajadas. Aquella situación atrajo las miradas de los demás clientes de la terraza, dibujándose más de una sonrisa en sus rostros.
  Avergonzada, colorada, dolorida y furiosa por el espectáculo que había protagonizado, Andrea se recuperaba del susto. Ahora estaba sentada y atendida por sus familiares, que después de las risas se preocupaban por su estado. Aunque la caída con la silla había sido muy aparatosa, Andrea no había sufrido ningún daño y en poco rato estaba otra vez charlando con todos sobre el incidente, incluso respondía con una sonrisa a las bromas procedentes sobre todo de su marido y de sus hijos, evitando comentar el porqué en ese preciso momento no llevaba ropa interior. Fue su hija Conchi  la que de forma divertida y exagerada explicó la historia del tanga de su madre. Otra vez le iban y venían los colores a pobre Andrea y más cuando pensaba en el grandioso ridículo que había hecho.
  Ya había anochecido cuando dieron por concluida la fiesta en la terraza, y después de despedirse efusivamente con muchos besos y abrazos, cada familia se marchó para su casa. Nada más llegar Andrea a la suya, se fue derechita para el cuarto de  baño y se dispuso a tomar un baño largo y relajante, aquello la reconfortaría después del día tan pesado, luego cogería la cama con ganas y descansaría  toda la noche. Pedro se desvistió y se acomodó en el lecho, encendiendo la televisión para distraerse un poco.
  Cuando Andrea salió del baño desnuda e iba a buscar al armario su camisón de dormir, Pedro se incorporó un poco en la cama y con voz melosa le dijo:
  — ¡Pero qué guapa que estas! ¡Anda vente para aquí, aquí a mi lado! ¿No teníamos pendiente alguna cosilla de esta mañana? ¡Ven, ven… que vamos a seguir en donde lo dejamos!
  — ¡Vamos, ni lo sueñes! ¡Menudo día he pasado hoy con el calor, el tanga y con tu “delicado” comportamiento!  ¿O es que te parece muy bonito lo de esta tarde?, mientras yo me caía de espaldas y enseñaba mis partes a todo el mundo, tú en vez de ayudarme, tú, tú te partías de la risa. ¿No te importa que tu consuegro y tu yerno le hayan visto el trasero a tu mujer? Porque yo, cuando me ocurrió esto, se me caía la cara de vergüenza y deseaba que la tierra me tragase. Así que ahora olvídate por una temporada de “eso que tú ya sabes”.
  —No te enfades mujer, que yo no me reía de ti, sino de la situación en la que te encontrabas y me reí cuando me di cuenta de que no te habías hecho ningún daño. Además, me hechas las culpas a mí y tu hija Conchi también se desternillaba cuando estabas en ese trance. Tampoco le des importancia a que Fermín, su padre y demás gente te hayan visto las piernas y el potorro, se habrán dado cuenta de que tienes una piernas muy bonitas y que te conservas muy bien y muy fresca sobre todo por  esa zona. ¡Anda… déjate de tonterías y vente para la cama!
  — ¡Que no Pedro, que no,  que no me vas a convencer! Y si es a Conchi, cuando la pille mañana le voy a echar una bronca que se va a enterar. Ella fue la que me hizo comprar y ponerme esa braguilla, y luego cuando me caí, fue quien más se reía y no te cuento cuando explicó en voz alta con pelos y señales la historia del tanga. ¡Te juro que también me va a oír la graciosa de nuestra hija!
  —Tu hija quería que estuvieses guapa para la comunión y la verdad es que ibas muy elegante y atractiva. ¡Vamos una abuela moderna diría yo! Y esta mañana cuando estabas en ropa interior, me resultabas tan sexy que me puse a cien. ¡Anda cariño, porqué no te colocas ahora el tanga y lo estrenamos, que tú sabes que vestida así me pones! —se insinuó de forma socarrona Pedro a su mujer.
  Al escuchar la petición de su marido, Andrea desnuda como estaba, buscó rápidamente su bolso y extrajo la braguita, arrojándosela con furia al rostro de Pedro a la vez que le decía:
  — ¡Si tanto disfrutas y tanto “te pone” el tanga, toma y te lo colocas tú! ¿A ver cómo “te pone” los cataplines? ¡Alaaa… a disfrutarlo a la otra habitación! ¡Gracioso, que eres muy gracioso!
  La comunión de Luisito fue un día ¡¡Inolvidable!!, para él, para sus familiares y en especial para su abuela Andrea, quien se sigue sonrojando cuando alguien recuerda aquel día y con mucha guasa, cuenta la historia del tanga.
 


                                                      JOSÉ QUESADA GARCÍA.
 

ESAS OBSESIONES OBSESIVAS QUE NOS OBSESIONAN ENFERMIZAMENTE...

"Obsesión: Idea,deseo,preocupación,que no se puede apartar de la mente"... A veces me pregunto cuando una manía deja de ser manía y se convierte en obsesión, o al contrario. Hay ocasiones en que, sin saberlo, una manía, una fobia, se nos vuelve obsesión, y a veces las obsesiones dan lugar a las adicciones, buenas o malas, que de todo hay. Hay obsesiones que rozan la locura. Esas obsesiones que se nos incrustan en la mente, que nos llevan a dormirnos pensando en ellas y nos despiertan de la misma manera. Cuando una obsesión tiene como objeto a una persona, la cosa se torna peliaguda, porque, irrefrenablemente, sin ningún control, si es para mal, consideramos a esa persona diana de nuestros dardos, orales, mentales, privados y públicos. Olvidamos en nuestra locura que, en el ámbito en que nos movemos, podemos dañar a otros, prójimos y ajenos a nuestra obsesión, pero que se ven involucrados en una deformidad mental tan cruel como grave. En nuestra vida diaria, cotidiana, rutinaria y personal, contamos con mil manías, de esas manídas, de esas que nos empujan a tomarnos el café en una taza concreta, a escribir con un boli concreto, a colocarnos el reloj de una manera concreta, a concretar cada gesto, involuntariamente, sin tener noción de que, efectivamente, son manías. Reconocemos las manías palpables, las que hemos desarrollado con los años, las que son obvias... Con las obsesiones es distinto, una persona no reconoce que está obsesionada con otra, o con algo, pero sobre todo, jamás reconocerá que está obsesionada con alguién, porque se usa el escudo de un hecho pasado, de una acción tan antigua como olvidada. El obsesivo, al igual que el adicto, no reconoce que tiene un problema con una persona concreta, con desear su mal, aunque es consciente de ello, es consciente cada vez que habla, cada vez que pronuncia, cada vez que piensa, cada vez que compara y desea el mal. Él sí es consciente. Pero negará la evidencia, la que todos ven, la que se nota, la que se descubre, porque los humanos, esos seres que somos, insignificantes y pueriles, vamos dejando babitas de caracol en lo que hacemos, y hay señales que nos delatan, muestras que nos desenmascaran, detalles precisos de una obsesión tal, que nos lleva al borde de la ridiculización de nosotros mismos. El obsesivo olvida su vida para vivir la vida del objeto de su obsesión, olvida sus actos, olvida sus sentimientos, porque cada uno de ellos está encadenado al otro, al que está más allá, al que culpa de todo, al que desprecia, sin saber que, despreciándole a él se autoafirma en una obsesión sin canalizar, incomprensible y, más tarde, incomprendida por el resto. Suele pasar que se va quedando solo, necesita que le rodee quien le anima en su obsesión, quien dice comprenderle, quien le dé, tan solo, un soplo de aire para continuar aferrado a un lastre, a un desequilibrio mental capaz de arrastrarle al infierno más absoluto.
Lo mejor para comenzar a superar una adicción (antes de que yo os diga la dirección de la doctora Dolores Sáez, que es prima mía, estupenda, psiquiatra y que me cuenta muchas cosas de estas) es intentar, por uno mismo, separar al objeto de nuestro desorden emocional, de la mente. Aceptar que es un individuo ajeno a uno mismo, con una vida propia, sin necesidad de tus elucubraciones, que ha optado por no estar, por no ser, por no tenerte, por olvidarte, por hacerte invisible y por confirmarse en sí mismo, en su vida, en su mundo y en su persona. Aceptar que no te necesita, que puedes patalear, llorar, atacar, desmerecer, insultar, y que, lo único que se consigue es que el objeto de la obsesión sepa que es importante, que no puedes dejar de pensar en él, que ha quedado en tu vida como un estigma y que no tienes la capacidad propia para levantar tu vuelo, para vivir tu propia vida. Cuando todo esto se acepta, se solventa, se supera, cuando aceptamos lo que somos, quiénes somos, y sobre todo, lo que son y quiénes son los demás, todo es mucho más fácil. La dificultad está en levantarse por la mañana, pensar en la socorrida obsesión, devolverla a su lugar en nuestro olvido, y comenzar a caminar en el día, sin cargas. Y para esto, amigos míos, también necesitamos que, quien esté a nuestro lado ayude, no hurge a cada momento en el dolor, si es que lo hubo, no ponga alas a sentimientos negativos, no nos envalentone con victorias carentes de triunfos personales. Sino que nos llene la vida de afectividad, que nos ayude a olvidar, a superar, a decidir y a vivir de forma más estable, mas coherente, más calmada y más adulta. Que nos esconda en una esquina al niño que fuimos, nos consiga sacar al adulto que somos, porque, en ocasiones, hay obsesiones que sirven de mofa, que se catalogan de niñerías, y eso, pasados los treinta, es muy triste... Me toca lidiar con Alberto y el abecedario, que eso sí es una obsesión para mí, lo demás como decía mi abuela "son peliculas", y como también decía ella, voy a ocuparme de aprender a leer de nuevo, en ocasiones, hay que adjudicarse aquello, que también decía mi querida abuela, "Quien no tiene nada que hacer, busca"... Felices tardes, las mías ultimamente son de lujo... obsesionada con que sigan así.