31 may. 2013

HE DESEADO...

He deseado perderme en la memoria,
hacer del soplo del viento un sueño,
recordar los años y la historia,
dejarlos aparcados en recuerdos
que fueron y no son, que se alejaron
entre dunas de arena de un desierto.
He deseado perderme entre la calma
de la sonrisa helada de un invierno,
hacerne copo blanco que se esconde
entre miles de copos, ser eterno
frío que enfría las manos y los labios,
que los hace gélidos y blancos hielos.
He deseado perderme entre tus manos,
cincelarme y dibujarme entre tu cuerpo,
ser escudo y lanza, ser batalla,
entre tus labios ser guerrero,
ganar mi guerra y quedar perdida
entre tus ojos, entre tu piel, entre tu sexo.
Ser deseo y desear la muerte,
manar como el agua entre las rocas,
ser musgo, ser roble, ser tan fuerte
que no me importen las derrotas.
He deseado ser riachuelo cristalino,
cauce lento, acariciar la orilla
de tus sueños, los que guardas y entretejes,
los que ocultas a mi boca, los que miras
desde el volcán de mi cuerpo, desde el monte
prohibido que escalas y  ambicionas.

He deseado ser camino, abrir camino,
caminar por tu sendero, por tu rostro,
desear ser la brisa que lo roza,
y de tu aliento eterno ser un soplo.
He deseado quedarme en tu memoria.
Y mi deseo se cumplió, ya solo
eres mío... para mí solo.-

MIGUEL BARRERA GALIANO... (mi primo del alma)

Era un niño tímido y obediente. Muy travieso, eso sí, pero bueno hasta decir basta. Era un niño que nació a mi vera, como esos juncos que, en la orilla de los ríos, nacen enlazados, la vida decide que sigan juntos siempre. Yo era una niña revoltosa, inquieta, contestona y feliz. Él era mi contrapunto, sigue siendo mi contrapunto. Miguel es un hombre bueno. Compartimos colegio, familia, días de enfermedades maternas, él en mi casa, yo en la suya, sus diabluras, mis juegos, los suyos, los deberes. Me copiaba las tareas, yo me enfadaba, él se reía, me pinchaba continuamente, con aquellas bromas infantiles. Era portero del equipo de fútbol, un buen portero, fue portero del equipo de balonmano, un gran portero. Un guapo adolescente, un guapo chico. Un buen chico. Estudió con su esfuerzo, compartiendo estudios y trabajo, lejos de casa, abriendose camino, con su timidez a cuestas y su bondad escrita en unos bellos ojos negros, los que te miran y te calman. Vivió mis dolores y mis amores adolescentes, vigilante de quien se me acercaba, consejos de un hermano que te escucha y que te quiere. Miguel y yo en Francia, acarreando maletas y juventud, por estaciones francesas y españolas, compartiendo días de sol entre parras cuajadas de racimos. Bromas y enfados, todo junto. Mi amor secreto por Santillana, aquel jugador del Real Madrid, del que se reía, mis amores por los Pecos, canciones que canturreaba cambiando la letra para hacerme rabiar. Miguel siempre conmigo, aunque pasen meses sin vernos, pero sé que está, siempre, y él sabe que estoy siempre. Hoy cumple medio siglo, compartida leche materna, compartidos juegos y riñas, castigos y desobediencias, secretos guardados para que los padres no se enteraran, severos padres los dos, hermanos ellos, mi padre complaciente con él, el hijo que no tuvo, su sobrino del alma, que en la recta final le visitaba, y cuando se iba Miguel mi padre me sonreía y me decía "Le quiero como a un hijo, ¡que bueno que es Miguel!".
Y hoy como quien no quiere la cosa, ha cumplido cincuenta años, de esos que pasan rápido, y me emociono mientras recuerdo su dolor con la pérdida de los seres queridos que se nos fueron juntos, el dolor de la muerte que se instala de vez en cuando en el corazón. Buen hijo, buen hermano. Buen primo. Buen amigo. La inocencia y la decencia. El respeto siempre. La bondad. Miguel es bueno. Hay personas que nacen así, sin poder remediar ser buenas, aunque les golpee la vida y les arañe el alma. Y Miguel es bueno. Viajes en tren, salidas juveniles, el mismo grupo, los mismos amigos, compartido hasta eso. Compartidos momentos adultos, preocupación por los hijos, por la familia, risas con bromas y comprendiendome siempre, o intentándolo. Yo sigo siendo contestona, el sigue siendo obediente. Somos hermanos, porque el destino y la sangre así lo quiso, me privó de un hermano carnal para darme uno adoptivo. El que necesitaba para razonar, para compartir, para disfrutar y para saber que, a una llamada de teléfono, a una visita corta, él seguirá manteniendo su mirada limpia en mis ojos mientras lloro, o mientras río, o mientras se ríe de mí y se ríe conmigo.
Mi hijo le llama tito, porque su tío es. Desde aquí, porque hoy cumple medio siglo de una vida difícil que él ha hecho discretamente, que ha recorrido con honestidad, con paciencia, y con decencia y respeto, muchas felicidades. Mi recuerdo hoy para Miguel Barrera, Policia Municipal de Montejícar, se lo merece.-

LOS PASEOS DE UN CARNET INUTIL...(a petición de Vicente).

Pertenezco a esa generación de mujeres que, cuando les llegó la hora, por motivos de independencia, de igualdad, de que éramos y somos más chulas que un ocho, y por aquello de que, (dijeran lo que dijeran) a nuestros padres y esposos les ponía mucho, me saqué el carnet de conducir. Esta noche, de repente, me di cuenta de que hace veintiún años que no cojo un coche, perdón, que no conduzco un coche, que sería lo correcto, que luego se me critíca. Vicente, ese gran amigo que, con su fina ironía me hace encadenar respuestas que no pienso demasiado, me retó a que hiciera una entrada de blog sobre "la inutilidad de mi carnet", y como yo soy de recoger retos, pues acepté el guante. Pensando en un pasado muy muy lejano, recordé cuando recibía clases para conseguir el carnet. Aquel calvario que comenzaba a las siete de la mañana, hora en la que la legaña seguía pegada al ojo, en la que me quedaba dormida en el coche, en la que, cuando me tocaba conducir hasta Granada, comenzaba a temblar dos horas antes. Aquellos días en los que, escuchar a Jesús, me erizaba la piel, me hacía sentir escalofríos, y me preguntaba cómo podía soportar aquella tensión sin gritar. Eso sí, tengo que reconocer que yo, muy ágil no era. Recuerdo haberme metido en dirección contraria, porque se supone, que cuando llevas a un profesor al lado y te dice "gira a la derecha" tú giras, supones que él sabe lo que hace, que tú no tienes que vigilar las señales, porque para eso ya está él. Reconozco que aquello de aparcar era un martirio, porque buscaba huecos ajustados a la medida exacta del coche, sin tener en cuenta que eramos alumnos, necesitabamos cuatro metros de margen por delante, cuatro por detrás, es lo justo. Reconozco mi querencia a "apuntar" a señoras viandantes, que se atrevían a cruzar la calle justo cuando yo conducía, y que se ponían "a tiro" para fastidiarme. Reconozco que era un desastre... Pues con todo eso aprobé, con mucho trabajo, mucha noche en vela, mucho nervio y mucha paciencia de Jesús conmigo (santo varón, como su nombre indica). La frase recurrente de Jesús era "Te falta ponerle puertas al campo", y yo comenzaba a temblar...
Esta noche recordé la primera vez que "manejé" un coche yo sola. En Mallorca, con aquel Ford Orion que parecía un mini-avión privado, azul, en el que yo subía, me ajustaba los espejos, me ajustaba el cinturón, me miraba en el retrovisor y ajustaba mis gafas de sol, glamourosas, y bajaba la ventanilla, y me ponía rumbo a Puerto de Alcudia, esquivando "guiris" varios, sintiéndome independiente y poderosa. Hasta que una tarde, solícita esposa yo, acudí a recoger el coche, se lo había llevado mi santo marido. Aparcado en la puerta del Dunas Park, bonito hotel, bonito lugar, simpático director Bernardo, me saludó, le saludé, me metí en el coche, se acercó a la ventanilla, me dió conversación, puse el contacto, me despedí con una sonrisa preciosa de veinticuatro añitos, hice el propósito de avanzar y el coche se negó. Volví a repetir la misma acción hasta tres veces. El coche se movía un metro, trastabilleaba y se paraba. Bernardo, aquel atractivo director de poco más de treinta años sonrió, primero simpático, luego con sonrisa de superioridad, la última con aires de "no tienes ni idea", se volvió a acercar a la ventanilla, suavemente, acercando un atractivo rostro masculino al mío, señaló con la barbilla el freno de mano y susurró "Yo que tú probaría a quitarlo"... ¡Total, primeriza!...
Dejé de conducir hace veintiún años. Cuando una señora viandante, de esas que se ponían a tiro durante mis clases, decidió que el momento de cruzar la calle Santa Ana de Montejícar, era justo cuando yo avanzaba hacia ella. Frené, me sobresalté, me asusté, ella también...yo más, estaba embarazada, mi barriga vibraba y se movía como loca, mi niño se había pillado tal susto que rebotaba contra las paredes uterinas, esas que, se supone, deben de ser seguras. Fui incapaz de volver a arrancarlo, le pedí a un paisano que lo moviera, salí del coche, comprobé que mi barriga se serenaba, que mi tensión volvía a su estado normal... Y ahí terminó mi aventura independiente de mujer de mi generación. Paso mis controles pertinentes, renuevo mi carnet inútil, hago los test, los supero todos, pero sé que, después de aquello, después de otro pequeño accidente años más tarde, mi miedo es superior a mi deseo, mi mente aún recuerda y se atropella, y sé que no conseguiría, aunque quisiera, volver a colocar una llave de contacto y girarla.

Mi carnet es inútil, es verdad, pero estoy muy guapa en la foto, se ubica perfectamente en mi cartera, le paseo allá donde voy. Me he olvidado de pedales, de palanca de cambios y hasta del freno de mano, pero recuerdo, con todo el cariño del mundo, con una sonrisa y con mucha guasa, cada anécdota vivida mientras duró aquel "suplicio". Y recuerdo mis trayectos cortos, hasta el Continental, despuntando el día. Ahora no conduzco, ahora me vendría de perlas hacerlo. Soy consciente de mis límites, sé que, mentalmente, necesitaría olvidar a la señora que se me cruzó, su cara de espanto, mi barriga moviéndose y el corazón saliéndose del pecho. He decidido que, por desgracia, Fernando Alonso y yo jamás formaremos equipo de rally... Mi carnet, como hoy decía Vicente, es un carnet inútil...¡Quién sabe!... igual me animo y decido tomar clases un día de estos y retomar la lista de anécdotas que quedaron interrumpidas hace veintiún años... Buenas noches, gracias a Vicente, porque al lanzarme el reto, me ha hecho recordar muchas cosas, de un tiempo muy muy lejano.