1 jun. 2013

¿EL SEXO ES CUESTION DE RELOJ?... (reto con Maribel Lirio).

Se me ocurrió ayer retar a mi amiga Maribel para que las dos, mujeres de más de cuarenta, habláramos en nuestros blog sobre el horario. Eso sí, un horario muy concreto, muy determinado y a veces muy exagerado. Después de algunos comentarios por esos muros nuestros, de jugar con minutos, de jugar con frases y con segundas intenciones, decidimos hablar sobre "lo que dura...." (lo que sigue lo sabe todo el mundo).
El tiempo sexual: el tiempo en que los mortales tardamos en realizar un acto tan natural como necesario. Hablábamos de las exageraciones masculinas, de cómo ellos inflan minutos, o los recortan, según consideren que ser rápido o lento es una cualidad. Normalmente los hombres recortan y las mujeres alargan, no es que sea real, es que es lo que ambos quisieran. El tiempo, como todo en la vida, es relativo. En el sexo no. En el tema sexual el tiempo es lo que es, punto pelota. No hay más. Todo depende, digamos lo que digamos, del varón (bueno, demos un margen y digamos que la mayoría de las veces). La naturaleza del varón es la que marca los tiempos, si una señora lenta se topa con Billy el Rápido, apaga y vámonos... y la mayoría de las veces es esto lo que pasa: El señor en cuestión pasa de preliminares, más que nada porque ellos, mortales rápidos, no necesitan prelimar demasiado, ellos son más de "aquí te pillo aquí te mato", porque, por razones biológicas incomprensibles, el resorte sexual lo tienen activado permanentemente. Nosotras somos de estaciones, andenes, trenes y luego la carrera. Solemos entrar por la puerta y recorrer las estancias, ellos entran directamente a la cocina y si es posible que esté abierto el frigorífico. El tiempo que una pareja dedica al sexo varía con los años. A partir de los cuarenta y mucho más después de los cincuenta digamos que el tiempo que los años dedican al sexo varía. Las cosas se ponen hormonalmente complicadas para ambos, pero hay diferencias, nosotras seguimos siendo de recorrer estancias, ellos ya no van directos a la cocina, o sí, pero van más lentos, aprendieron a llegar, al menos, hasta el pasillo.
No hay ningún manual que diga el tiempo ideal, pero desde luego que lo que no es ideal son cinco minutos, ni diez, ni un cuarto de hora. Las mujeres comenzamos a exigir que ellos sepan, que ellos acepten y que comprendan, no lo hacen, pero comenzamos a exigirlo que ya es algo. No somos cohetes, no se enciende una mecha y salen lucecitas, somos Pegasos no Ferraris, vamos lentas pero seguras, y además mirando el paisaje que es lo bonito, ellos sólo fijan los ojos en la meta, tal vez porque su bólido está programado para ganar carreras y no para hacer ruta turística. Y hacer turismo es bonito, uno puede ir mirando y admirando lugares increíbles, y disfrutar de la vistas. La mujer ha aprendido a tener sexualidad, ha aprendido a disfrutar de ella, ya no es la señora que, con abertura en el camisón, reconocía no haber visto desnudo jamás al marido, ni tan siquiera la de camisón con puntillas y cuello camisero, ni tan siquiera la de picardía coqueto. La mujer ya, directamente, se ha desnudado y demanda lo mismo que ofrece, que se le haga sentir bien, que se le haga disfrutar sin prisa pero sin pausa, que se le convenza de que el sexo puede ser perfecto si el varón dejara de exagerar sus distintas fases.
Romper una lanza por esos varones que aprendieron, que saben, que intentan y que no se cuelgan medallas ni hacen muescas en el fusil porque creen que ser rápido es lo más de lo más, ignorando que ser rápido es lo más de lo más...deprimente. Porque, profesionalmente reconocid, está comprobado que algunas disfunciones sexuales femeninas vienen acarreadas por un mal sexo, la frigidez en ocasiones, el vaginismo en ocasiones, por decir algunas, y no hablaremos de las mentales porque entonces el tema, que puede ser distendido, se vuelve demasiado tenso. La duración dependerá de la pareja, pero de los dos, olvidando que nos enseñaron que una mujer de su casa, una buena esposa, tiene que estar pendiente sólo de las exigencias de su marido. Se terminó aquello de apagar la luz, de esperar a que te toquen, de darte la vuelta, abrirse de piernas y de repente darse cuenta de que están roncando, y una ni se ha enterado de que se arrancó el coche. O todos en la cama, o todos en el suelo. Enseñemos las mujeres, que de esto, aunque ellos lo ignoren, sabemos mucho, intentemos que aprendan, que en algunos casos está complicado, y aprendamos ambos que todo es mejor si roncamos a la vez, después de arrancar el coche, recorrer el paisaje, llegar a la meta y saludar desde el podium.