3 jun. 2013

UN MATRIMONIO BIEN AVENIDO...

Mi marido y yo formamos un matrimonio "bien avenido", esto es, estamos de acuerdo en los temas comunes más recurrentes, solemos discutir por temas mucho más importantes, y somos de los que, él va delante cuando camina y yo cuatro pasos o cuatro metros detrás, bien porque no le alcanzo, bien porque me entretengo mirando escaparates. Un matrimonio bien avenido sabe repartir los papeles, esto es, yo soy el poli malo con mis hijos, y él hace de poli bueno, no sé por qué, pero ese papel se lo adjudicó él voluntariamente, pasandome a mí el rol sobrante, y encima llevando a cabo su misión a la perfección, levantando castigos, consolando rabietas, y pasando por alto alguna que otra mala conducta. Somos un matrimonio muy bien avenido, yo (antes trabajaba fuera) llegaba del trabajo y me encargaba de la casa, él llegaba del trabajo y se dormía en el sofá, sigue haciéndolo, pero ahora no me molesta, porque, en definitiva, somos un matrimonio bien avenido. Discutimos por que adelanta mal cuando conduce, porque me quedo atrás cuando camina, porque mientras yo escribo él me habla, porque coge el mando y no pregunta... es decir, discutimos por cosas muy importantes, como todos los matrimonios bien avenidos.
A lo largo de veinticinco años, eso sí, he aprendido a desconectar cuando la discusión se repite, porque los señores son de repetir (según la teoría somos nosotras, pero basta escuchar y observar para ver que no es así), he aprendido a hacer de poli malo incluso con él, y es que, eso de interpretar un papel durante veintún años da mucha solera, mucha experiencia y se convierte en deformación profesional, por lo que mi lado de poli malo sale incluso con él. Un matrimonio bien avenido es aquel que compra juntos, a ser posible solo lo que concierne a la manutención del hogar, para trapos, complementos, calzado y caprichos, he aprendido que mejor voy sola, primero porque no me gusta que me metan prisa, segundo porque no me gusta el asalto de conciencia cuando miro un precio y tercero porque las caras aburridas me superan, sobre todo el comentario, monótono, recurrido y manido de "Te queda perfectamente", que podría ser estupendo, pero que resulta sospechoso cuando se repite con cada prenda que te pones, decides que es una opinión de todo menos objetiva y sabes que no te puedes fiar, lo que más urge a él es salir de la tienda, así pues, a comprar se va sola.
Los matrimonios bien avenidos pasean juntos, charlan juntos, discuten juntos, se ríen juntos, y en ocasiones descubres que es tu mejor amigo, que es tu hermano, que es tu amante, pero no sabespor qué motivo, hay veces que es peor que tu padre, (eso yo ya lo he corregido)  si sales preguntan horas de llegada, quieren tener la cena puesta en su justo momento, preguntan el vestuario a ponerse, siguen preguntando "¿Dónde están los calcetines?" y cuando se termina el pan, en lugar de levantarse lo piden... Pero como tenemos un matrimonio bien avenido, todo esto lo entendemos como normal, más que nada porque nosotras, que somos listas y aprendemos mucho, hemos comprobado que, digamos lo que digamos, volverá a ser igual al día siguiente, no merece pues la pena desperdiciar energías en algo que hemos asumido. Los matrimonios bien avenidos se encuentran sentados en una terraza, mirando en ocasiones uno para cada lado, o charlando, o discutiendo, o riendo, porque, en definitiva, lo que un matrimonio bien avenido ha conseguido a través de los años ha sido aceptarse, comprenderse y acomodarse.Hablabamos el sábado el grupo de amigos sobre las relaciones, los matrimonios bien avenidos, la confianza ciega, lo que se da y lo que se recibe, de lo que se carece y no se pide, lo que se queda atras, porque llega un momento en que se sabe que no se conseguirá ya, lo que se acepta porque toca.
Pero, sinceramente, después de un día como hoy, en el que se ha compartido esfuerzo, cansancio, en el que él ha vuelto a caminar por delante dejándome atrás, en el que hemos vuelto a discutir porque no me gusta que corra con el coche, en el que me ha acompañado, me ha animado, se ha preocupado y me ha dejado ser poli bueno con mi hijo mayor, creo que, nada más importante, más entrañable, más especial, que ser un matrimonio bien avenido, aunque en ocasiones se levanten las cejas, se ponga cara de resignación y se mire al cielo con disimulo, haciendo un llamamiento a la paciencia, a la tranquilidad y a la calma. Porque, en el fondo, de eso se trata, de saber haber llegado a ser un matrimonio bien avenido.

AMANECER...(poesía para comenzar la mañana)

Tejere de rosas de frágil perfume
tus amaneceres, esos que despiertan
entre tus pestañas,
mientras abres los ojos,
mientras dices mi nombre,
mientras tu boca sonríe
a la mía y a su magia.
Abriré tus manos, depositaré en ellas
pétalos de vida,
la mía, tan pequeña,
la tuya, tan grande,
tu vida que vive de acuerdo a la mía,
la mía que fluye porque fluye tu sangre.
Enradedera del destino silencioso,
que ha vacíado de negras sombras mi destino,
destinos que confluyen y se encuentran,
que tejen y abren amaneceres míos,
los que te entrego mientras el sol sale,
los que hacemos prendidos de sus rayos,
de su luz y su calor, de su presencia,
amanecer entre tus montes y mis valles.
Déjame amanecer siempre a tu lado,
inunda mi mañana de silencios,
solo el ruido callado del deseo,
solo el sonido dulce de tus besos.

Déjame amanecer siempre contigo,
y seré tu sol y seré tu tiempo.-



CAPITULO DE "SENTIMIENTOS ENVIADOS" (novela no publicada).-

"No sabía qué hacía allí. Paseaba mientras una llovizna débil y cansina caía sobre mí, sin que la notara siquiera. Me senté en un banco. Un parque perdido, en un lugar perdido, donde yo estaba perdida. Un lugar lejano, lejos de mi mundo, lejos de mi casa, lejos de mi vida. Aquel parque desierto, sin gentes. Daba igual. Serían gentes desconocidas, mundos desconocidos. Ninguna de aquellas personas me saludaría, me sonreiría, me hablaría. Salí del hotel después de que él me dejara en la puerta. Después de aquel beso fugaz que me supo a despedida eterna. Cansada. Agotada. Los días vividos, vividos eran, vividos estaban.
El golpe final aquella mañana. El sueño de nuestra primera cena juntos, roto. Había hecho la maleta al volver. Guardé mi ropa despacio. Recordando cada prenda puesta para él, tocada por él, besada por él. Dejé fuera la ropa para el viaje, al día siguiente. El abandono que me comía. No quería estar en aquella habitación, no quería mirar aquella cama, ni acostarme en ella, ni dormir en ella.
No quería esconder mi cara en la almohada, olía a él, estaba allí, tumbado, su cabeza en aquella almohada, mi cabeza en su hombro. Tenía que salir. No tenía hambre. Ya no. Había tenido hambre cuando planeamos, la tarde anterior, almorzar juntos. Ya no tenía hambre. Sentía un vacío en el estómago, pero no era hambre. Era soledad. Estaba sola. A mil kilómetros. Sola, teniendo a mucha gente. Pero aquella gente estaba a mil kilómetros. ¿Qué viniste a buscar, Lucía? ¿Qué te faltaba allí que está aquí? ¡Nada!. Allí lo tenía todo. Aquí solo había tenido unas horas robadas, unos instantes robados. Creada la ilusión de que todo estaba aquí. Creada y creída. Viaje de ensueño, planes de ensueño. Realidad de pesadilla. El paseo en coche. Ver aquellos lugares que, para él eran familiares. Siempre su mundo. Siempre su voz. Callada la mía. Lo mío no importaba. Yo había nacido para escucharle, para comprenderle, para consolarle. Y no me gustaba aquella misión, ni aquella situación. Me había dado cuenta de todo aquello esa misma mañana, mientras dejaba que el destino, o Dios, o la vida, o el azar, decidieran por mí, por nosotros.

Me estaba mojando. Mis brazos al aire. No debería de llover, pero allí llovía. Y yo no sabía que llovía. Solo me preguntaba. Solo me respondía. Aquello no tenía sentido. Nunca lo tendría."