4 jun. 2013

DIARIO DEL CANSANCIO...(diario novelado. 1993. No publicado)

26 de Noviembre de 1993.-

    Ayer por la tarde iniciamos una conversación sobre todo lo que he escrito antes; bueno, la inicié yo, como siempre, porque para él las cosas siempre van bien. Como siempre, terminó pidiendo perdón por un fallo no cometido, un error que no es suyo, hablándome de todo lo que soy para él. Para mí fue suficiente. Porque si lo pienso fríamente, su mundo somos los niños y yo. Vive para nosotros, aunque no sepa cómo demostrar su sentimiento hasta hacerlo visible a nuestros ojos. Él es el hombre que nunca me sería infiel, le conozco lo bastante como para poner la mano sobre la llama y no quemarme. Tal vez sea debido a lo que antes expliqué: el primer amor es absorbente y lo suele llenar todo. Ésta noche se me hacen más cortas las esperas, será que voy amoldándome poco a poco a mi nuevo hogar.
Me enteré la semana pasada de que ya han alquilado mi antigua casa. Cuando nos cambiamos pensé que echaría de menos el lugar en donde comenzamos nuestra historia juntos, nuestra vida en común. El espacio en donde transcurrieron cinco años de mi vida; pero no ha sido así, tengo nostalgia cuando paso delante del portal y miro hacia adentro, y recuerdo los primeros días de casada, y el nacimiento de mi primer hijo, y los amaneceres subiendo aquella persiana de cuerda, tan antigua y tan entrañable.
Ahora estoy satisfecha. Mi casa es más grande, tenemos más espacio, los niños lo agradecen y yo también, sobre todo cuando necesito desconectar de sus peleas y de sus rabietas, cuando me enclaustro en el ático, en ese saloncito pequeño que he ido llenando con mi vida, con los trozos de ella. Ahora ya no siento nostalgia.
Hoy fue un día extraño. He recordado cada palabra dicha anoche, he recordado cada minuto vivido a su lado, cada enfado, cada grito, he recordado una fotografía con su marco estrellándose contra la pared, la mano que me atenazó en un día deseoso de ser olvidado, la misma que me empujó y que luego me acarició. Y en el fondo sé que me quiere más que a nadie, que no es nadie sin mí ni sin sus hijos, y eso es lo que parece que la gente, esa que me aconseja, la que mira mis ojeras en ocasiones, no entiende. No entienden que le quiero, que entiendo que solo son pequeños arrebatos que a veces yo provoco.
Todavía no ha llegado hoy. Son las doce de la noche. Me da miedo cuando llega esta hora y no ha vuelto. He acostado a los niños y me he recluido en mi santuario esperando escuchar la llave y sus pasos... Y, no sé por qué, pero he empezado a temblar.-


(Es un trozo de un capítulo escrito en 1993, la pequeña novela se tituló "Las excusas propias" y contaba, a través de un diario, los malos tratos sufridos por una mujer joven, de veintiocho años. Quizás algún día me anime y la publique).