7 jun. 2013

CUANDO TIRITA EL ALMA...(A Sari, la niña que se me fue)

Tenía cuatro años, unos ojos negros preciosos, la piel morena y la boca risueña. Me llegó su foto y ese día lloré. Apadrinar es un acto que te da satisfacciones, no te pide nada, o pide lo que te sobra, pero a cambio te da todo. Coloqué su foto en mi cómoda, con su sari naranja y su pelito rizado. La miraba a todas horas y se me colocaba una sonrisa preciosa, maternal, de esas que sabes que tienes escondidas, pero nunca te han brotado, a pesar de haber sido madre, de ser madre o tal vez por eso. Tenía planes para ella, viajar para verla, poder tocar su carita, escuchar su voz. Recibía sus trabajos escolares, sus pequeñas cartas, que sabía que no eran suyas, pero que escribían en su nombre. Me contaban que iba bien en el cole, que le gustaban mis acuarelas y mis gomitas para el pelo, y una camiseta con la Alhambra y el nombre de Granada impresas. Mi hijo se acostumbró a escucharme hablar de ella, a que cuando iba a comprar recogiera algún libro que le gustaría, alguna carterita... pequeñas tonterías que a ella le gustaban.
Yo era feliz con mi niña. La que me tocó en suerte. Cuando decides apadrinar no piensas en nada, solo en el acto de regalar una sonrisa, pero a mí me tocó ella, tal vez porque no tenía hijas, y el destino quería regalarme una. Y me regaló a Sarí. Duró un año la alegría. Yo era feliz mirándo su foto, leyendo sus cartas y comprandole tonterías. Planeando un viaje a la India, visitar la Fundación Vicente Ferrer, encontrarme con ella, besarla mucho, escucharla reír y jugar con ella.
Un buen día de Junio, un día 7 de Junio me llegó un correo. Frío y lejano. Sarí estaba enfermita. Tenía gastroenteritis... ¡Ya ves tú!... Una enfermedad que en España es leve, que mis hijos han pasado mil veces, que se combate con un poco de dieta y un poco de antibiótico. Mi Sarí tenía gastroenteritis y estaba muy malita, porque no estaba en España. Pasaron días, envié correos preguntándo cómo estaba, qué era de ella... Y mi Sarí se me fué... Por una gastroenteritis de esas crueles, que arrancan a personitas inocentes, por vivir en el país equivocado, en condiciones que no son las ideales. Hoy aparecieron sus fotos... Hacer limpieza tiene eso, que te encuentras con cosas entrañables, pero con otras dolorosas... Miré su foto, en dos meses cumpliría siete añitos. Ya no está... Pienso que la vida te da cosas para que aprendas lo que valen. Y te las quita para que aprendas lo que se sufre. No la abracé nunca, pero era mi niña... Con su marcha me llegó el desánimo, me pasé días llorando en silencio de impotencia y rabia. Por la injusta situación de miles de Sarís, de miles de niños que, como los míos, solo querían vivir y sonreír... Podría relatar, uno a uno, cada minuto en que sentí su ausencia aún cuando estuvo siempre lejos. Podría contar las lágrimas que derramo todavía cuando miro su foto y sus ojos negros se clavan en los míos. Podría narrar las palabras que se me agolpan cuando no entiendo la sinrazón, la mezquindad y la dureza de una vida perdida por falta de medios, cuando hay gobiernos que amasan fortunas, derrochan en armas y viven tranquilos... Hoy va por Sarí, por su mirada ida pero que permacerá siempre conmigo, porque sin saberlo, su existencia sirvió para hacerme ver, entender, comprender y compartir. Valorar lo que tengo, de lo que disfruto y lo que es importante. Me enseñó cómo se puede hacer feliz a alguién a muchos miles de kilómetros de distancia... Pero sobre todo me enseñó que el amor vive dentro, vive en nosotros, solo basta que alguién con un pelito rizado, piel morena, sonrisa dulce y ojos negros, te lo saque a flote y te lo haga presente... Por mi Sarí, que era luz y era alegría.

(La foto no es de Sarí, he preferido reservarla para mi familia. La foto de arriba es de una niña que bien podría ser ella, como muchas niñas indias que viven sonriendo en su duro mundo).