10 jun. 2013

ESAS AGÜJETAS INDISCRETAS...

Yo sé que hay situaciones, momentos, y actos que deben de quedar en secreto de confesión, y ni tan siquiera eso. Esos momentos que, aunque nos cortaran los dedos no deberíamos de contar, que tienen que ser vividos en silencio, y todo el mundo sabe algunos. A los momentos conocidos, los que todo el mundo piensa, los que sabemos, yo le añado las agüjetas... más que nada porque decir que se tienen agüjetas de andar es sospechoso, totalmente, de que se tiene una vida sedentaria, o eso o que los años no perdonan, y ninguna de las dos cosas es políticamente correcto decirlo en público... Pues sí, yo tengo agüjetas por las dos causas... De esas que no sabes que tienes, eres consciente cuando te tiras de la cama, ágil y graciosamente y de repente todo tu cuerpo, especialmente tus pantorrillas, te hacen quedarte cual estatua de sal, pegado el trasero a la cama, los pies al suelo, y preguntándote cómo demonios se da el siguiente paso. Luego llega la aventura de caminar, de ponerte derecha, descubres que no son solo las pantorrillas, el dolor viene desde los glúteos (por decirlo finamente) y se distribuye generosamente a ambas piernas, desde la ingle hasta el tobillo. Te descubres andando de una forma patosa, torpe, intentando mitigar el dolor, buscando como loca el ibuprofeno, ese medicamento milagroso que sirve para todo, reconociéndo que tienes que andar, que tienes que perder kilos y que tienes que perder años... lo último es ya imposible, pero es lo que, en esos momentos, deseas con toda tu alma. Por mi cabeza han pasado desde la Cuesta de Chapiz hasta el ascenso a un desnivel indecente, hasta la Abadía del Sacro Monte, todo eso en cuestión de segundos, he recordado mi caminar seguro, juvenil y resuelto por calles empinadas, saltitos para bajar de un escalón algo más alto, y he buscado, sin conseguirlo, lo que hice mal para estar en este estado de inutilidad caprichosa. Sé lo que hice mal... Hice mal todo, no caminar desde hace meses, engordar a golpe de "voy a picar un poquito" y cumplir años, manía que nos entra a todos en el momento en que nacemos, que cuando llegas a la juventud es divertido y cuando cruzas los cuarenta ya es engorroso... Me he cogido a las risas, a los buenos momentos, al recuerdo positivo, porque si me cojo al dolorcillo espeluznante de mis piernas igual no vuelvo jamás al Albaicín, al Sacromonte sí, porque allí el acceso en coche es posible... Luego, conforme va pasando el día, conforme el ibuprofeno hace su trabajo, los músculos, esos que tenemos y no recordamos más que cuando se ríen de tí, van volviendo a su estado natural, aprendes a caminar medianamente bien, sigues con tus faenas, y recuerdas que tienes que poner una lavadora.... ¡¡Horror!!, al agacharte sientes mil agujas pequeñas clavadas en esas partes que se llaman glúteos, pero que tú nombras con un lastimero "¡Ay, mi culo!", y lo peor es que la acción agachar-levantar se repite, por lo que repites hasta terminar el tendido la frasecita de marras, momento en el que respiras como si terminaras un parto... Pues sí, tengo agüjetas, muchas, no sé si es políticamente correcto decirlo, no fuí a caminar hoy porque si llego a hacerlo no sé, en estos momentos, si estaría viva o habría dejado mis kilos desperdigados por el camino, inertes y tiesos. Pero eso sí, mañana, al amanecer de Dios, mis piernas, sus músculos, mis glúteos y yo, estaremos haciendo kilómetros, que falta me hace, más que nada para que no se rían más de mis caminatas excursionistas, pero sobre todo porque, ya que no puedo volver atrás en el tiempo, recuperar al menos una pequeña parte de movibilidad básica, que se me ha anquilosado con este invierno largo y cruel... ¡¡A caminar!!, que es muy sano y muy últil.

SENTIMIENTOS ENVIADOS...(un trocito de un encuentro no publicado)

Habíamos quedado en vernos a aquella hora extraña. El pueblo estaba en fiestas y a las diez de la mañana sólo podía tropezarme con los que todavía se retiraban, las amas de casa madrugadoras, y algún despistado que se había equivocado al poner el despertador. Habían pasado tantos años que estaba segura de que iba a ser un encuentro fantasmal, de esos de espectros, en donde ya nada es lo que en un pasado fue, pero sabiendo que el fantasma existía. Nos habíamos citado en aquel lugar de siempre, donde quedabamos de niños, sin tener en cuenta que, ahora, aquel lugar tenía dos accesos, olvidándolo él, yo no. Yo sí sabía perfectamente el lugar hacia el que él miraría, por eso escogí la retaguardia, para tener a mi favor el factor sorpresa, para poder ver sin ser vista, calibrar el paso del tiempo, detenerme los minutos que quisiera en mirarle oculta a sus ojos... Y así fue... Eran las diez menos cinco cuando le tenía de espaldas frente a mí, a cincuenta metros, mirando su reloj y girando la cabeza hacia su derecha, hacia el final de aquella calle por la que él suponía que yo llegaría. Me sonreí, permanecí quieta segundos eternos, su pelo era escaso, quizás algunos kilos más que los que recordaba, igual de alto, igual de firme, igual de erguido...igual... Me acerqué un poco más, no había podido dejar de sonreír, pero yo no lo sabía, y sin embargo, aquella sonrisa era dolorosa, el dolor interno de saber que era tarde, que aquella cita se había demorado durante mucho tiempo, que habíamos buscado las excusas, él y yo, para retrasarla, sabíamos del miedo del encuentro... o del peligro del encuentro. Lo que tienen las heridas cosidas mal es que pueden llegar a abrirse, tal vez temíamos a esa herida mal cerrada, tal vez por eso dimos tiempo, por eso dimos tanto tiempo, demasiado tiempo... Le chisté con el sonido que siempre lo hacía, chasqueando la lengua contra los dientes...tres metros... No me había escuchado llegar y estaba a tres metros a su espalda, me había funcionado el factor sorpresa. Se giró, me miró, y supe que, efectivamente era como siempre, los años habían conservado todo lo que importaba, lo suyo y lo mío, el poder de la mirada, la sonrisa en los ojos y en la boca, el silencio encerrado en los labios. El abrazo fuerte, eterno, de no querer abandonar, de no querer tirar la toalla cuando acabas de descubrir que la tiraste muchos años atrás, casi quince, casi una eternidad. Me besó, mi mejilla recibió un beso que no iba destinado a morir allí, pero que allí murió. La suya, que esperaba que mis labios siguieran un recorrido más al sur, más al este, hasta un destino más seguro, más firme. Pero no fue. Y sabíamos que sería. No entonces, pero sería, en un momento en que la brújula de nuestro tiempo nos guiará hasta el otro, hasta confluir los destinos, los tiempos, los cuerpos y las vidas... Y aquella mañana se detuvo el mundo, no importaba lo que era fuera, sólo lo que era dentro. Fuera estaba la accidental coincidencia de personas que participaban en un teatro creado para el mundo, dentro estaba la certeza de que los protagonistas vivían su  papel entre bambalinas, ajenos al aplauso, a la expectación y a la espera del desenlace. Dentro éramos nosotros. Fuera eran ellos... Palabras de cumplido, miradas indiscretas, las masculinas miradas suyas, las que seguían perdiéndose entre las partes indiscretas mías... Las cuestiones de cortesía, "¡qué bien estás!", ya lo sabíamos, los dos, porque aquella mañana sabíamos que estábamos bien, los dos, pero sobre todo que estábamos bien porque habíamos decidido, sin saberlo, sin comentarlo, sin planearlo, que desde entonces estaríamos mejor, recorreríamos juntos un camino espinoso, doloroso, cuajado de lágrimas, las mismas que habían huído aquella mañana, pero que volverían en el mismo momento en que él subiera al coche, se alejara, yo diera media vuelta y retomara mi vida... Y sin embargo estábamos bien, porque estábamos juntos, y fuimos conscientes de que siempre lo estuvimos, de que a pesar de otros cuerpos, de muchas aventuras, de muchos besos donados y regalados a bocas prójimas y próximas, teníamos frente a nosotros los labios que siempre fueron, que fueron soñados, extrañados, añorados, los que nos hacían cerrar los ojos y seguir con rabia...
Y terminó el paseo, el café, la charla, contarnos nuestras vidas, mirarnos en silencios cómplices, sabiendo lo que decíamos sin decirlo, me rozó la mano mientras charlaba, mientras contaba, mientras lloraba, porque él sí sabía que lloraba, igual que yo era conocedora de su llanto, el llanto de los dos, de lo que pudo ser y no era... pero sería, porque estábamos decidiendo, entre aquellas palabras, que así sería, no se necesita más, no se necesitan indirectas llenas de intenciones, ni camas, ni cuerpos sudorosos, el amor no nace ahí, el amor nace en un segundo de encuentro. Tal vez, el destino decide que dos personas se amen siempre, y lo hacen, porque el primer encuentro les indica que para eso nacieron, y nosotros habíamos venido al mundo para ser el mundo del otro, él mi mundo, yo el suyo. Y crear otros mundos paralelos, los que hicimos felices mientras estuvo lejano aquel encuentro, los que eran sólidos porque él y yo los hicimos sólidos, para que otros estuvieran seguros... Pero ya no... Porque ahora, sin pretenderlo, habíamos vencido al miedo del encuentro, sabíamos que la herida se abrió pero no sangraba, simplemente, igual que un estigma, se había hecho una herida de luz, la misma que, días después, tras sus palabras al teléfono, habíamos decidido dejar abierta para siempre...