16 jun. 2013

LOS SONIDOS DEL...¿SILENCIO?... (llamémosles así).

¡Qué bonito que llegue la hora de dormir!, esa hora perfecta, la que decides en un momento dado, después de dar tres bostezos seguidos en el sillón, desesperezarte y decidirte a cerrar los ojos con una sonrisa de satisfacción. El ritual de la liturgia nocturna, tan poco variado y tan familiar. Limpiarte los dientes, limpiarte la cara, encaminar tus pasos al dormitorio, donde, desde hace un ratito, en tu cama, ese lugar sagrado y sacramental, descansa, placenteramente, tu santo cónyuge... Y ahí se te tuerce el gesto, porque abres la puerta, y justo en ese momento se escucha esa sinfonía inacabada, ritmica y persistente, en que se ha convertido el ronquido de tu cónyuge. Respiras hondo, piensas que con dos toquecitos en el pie todo volverá al silencio ansiado, te tumbas sin hacer mucho ruido, cosa que, si la piensas con lógica, carece de ella, porque aunque en ese momento hubiera un terremoto, tu cónyuge ni se enteraría. Has decidido dormir, aunque tengas que estar toda la noche tambolireando con el pie en la pantorrilla ajena, movimientos estos que cambian a codazos, nada disimulados, cuando han pasado dos horas y la sonata sigue su ritmo, después de que el músico haya cambiado de postura, te haya espetado con toda la poca delicadeza del mundo eso de "A la cama se viene a dormir", conclusión, por otro lado, que olvida en algunas ocasiones... Cuando ya han pasado horas, cuando las paredes se han movido por los sonidos, cuando has escuchado que hasta los pájaros del parque cercano han huido, decides pasar a la acción, le despiertas, sin mala conciencia, sin remordimientos, porque decides que quien debería de tener mala conciencia es tu santo cónyuge, que lleva cuatro horas de sueño eterno, profundo y "roncaril".
Es un misterio, cotejado, comparado y admitido por varias féminas, el por qué los señores tardan segundos en conseguir ese sueño envidiado y envidiable. La mayor rabia es cuando se coincide en la hora de tumbarse a descansar, una saca un tema de conversación que acaba de recordar, comienza su relato, y a la pregunta de "¿Tú que piensas?" te responden con un ronquido... No sé las demás, a mí (con perdón) me han dado ganas, en más de una ocasión de tapar la cara con la almohada, de todas formas soy mujer, soy lista, sé esconder un cadáver y "nunca-más-se-escucharon-sus-ronquidos"... pero no sé por qué, me aflora la paciencia, esa virtud que no sé que tengo hasta que llegan algunas noches. Los varones (el mío) tarda diez segundos, cronometrados, en emitir la primera nota de la sinfonía. Un buen día me atreví a grabarle, porque una se cansa de relatarle sus noches musicales sin que él lo crea, así que necesitaba pruebas fehacientes. Al día siguiente, cuando estaba tranquilo, viendo baloncesto, apagué la tele, convertí mi salón en un estado silencioso, y procedí a que se escuchara... Respuesta "¿Y eso es para tanto?"... Conclusión: He vuelto a los golpecitos sutiles al principio en las pantorrillas, he vuelto a los codazos a conciencia dos horas más tarde... he vuelto a cambiarme de lugar para dormir tres horas después, sigo usando mi paciencia, mirando amistosamente a mi almohada que me susurra, sibilina "Cógeme y tápale la boca, te ayudo a ocultar el cadáver y podrás dormir tranquila el resto de tu vida"... Hay quien dice que una se acostumbra a los ronquidos, supongo que ya llegará mi momento, supongo que veinticinco años son pocos, igual una se acostumbra cuando el sentido del oído pierde facultades...
Nada más molesto que un ronquido cuando estás a punto de quedarte dormida, después de un lapsus de varios minutos solo escuchándo los sonidos del silencio, y sonríes, beatíficamente, la sonata en do mayor ha terminado, y es en ese justo momento cuando hacen su aparición los trombones, justo cuando él se ha dado la vuelta, ha colocado su boca a la altura perfecta junto a tu pabellón auditivo, y la nota musical te cruza el cerebro, te abre un boquete y te destroza el tímpano... Recogida de zapatillas, camino hasta el sofá, acomodar postura, cerrar los ojos y decidir que, cuando son las cinco y media de la mañana, aún te quedan dos horas para poder dormir, porque después de todo, al día siguiente, o a las horas siguientes, él se levantará, habrá olvidado los golpes, habrá olvidado esos exabruptos a la petición (perdida la compostura propia) de "¡Deja de roncar, por el amor de Dios!", habrá olvidado que yo he dormido escasas tres horas, que tengo mal despertar, y que él, siempre, se levanta contento... Supongo que es lo que tiene dormirse con la mecida de un buen concierto, que te levantas encantado de la vida... Y supongo que, muchas amigas (algún amigo también, porque me lo cuenta) sabrá de qué hablo, habrá pasado noches recordando a Simon y Garfunkel, y aquellos "Sonidos del silencio" con los que, encantada de la vida, me podría dormir... Todo sea cuestión de intentar cambiarle la partitura, después de todo, cosas más raras se han visto....