17 jun. 2013

"HOMBRE SOLTERO, HOMBRE CASADO"...(mis charlas con Luisi)

Lo que tienen mis charlas con Luisi es que, de repente, coges una frase y resulta que es la frase que te hace preguntarte mil cuestiones, una frase que, encima, no tiene nada que ver con el tema en cuestión, es sólo una nota aclaratoria, hacer hincapié en un detalle sin mayor trascendencia, pero a mí, de repente, me da por desmenuzar la frase. La frase de hoy es "¿Podemos elegir de quién nos enamoramos?", hay quien dice, de forma rotunda, que jamás se enamoraría o se "liaría" con un hombre casado... bueno, esto será si sabe que es casado, porque hay quien no se enteró de semejante circunstancia hasta bastante tiempo después. Gran error esa creencia. No por nada, simplemente porque, a la hora de sentir, el corazón, por desgracia, no es el Registro Civil. Tú conoces a una persona que no es de tu entorno, que no sabes su estado civil, simplemente hay un momento en el que dos miradas se encuentran, descubres que te ríes, que sueñas, que te ilusionas, no te ha enseñado el carnet, sólo te ha enseñado a sentir... y de golpe te enteras, de pasada, por algún detalle extra, que es casado...¿Y ahora?... matamos al mensajero, que diría aquel. Te puedes alejar, puedes dejarle, puedes patalear, puedes jurar que no lo harás... y de hecho se hace, pero no puedes evitar pensar en él, soñar con él, saber que era él y no otro quien te hacía sonreír, quien te hacía ilusionarte, quien te besaba mejor que nadie... Estar casado o estar soltero, tal y como está el patio, es un mero accidente, hay accidentes mortales de necesidad, los hay leves, y los hay que dejan secuelas. Si todos fuéramos tan milimétricos pondríamos nuestros ojos en quien debemos, pero es que hay un error de fábrica, que nuestro corazón va por libre, que no suele responder a la lógica y que una vez que se empeña en sentir, siente. Los divorcios más frecuentes ocurren entre los cuarenta y los cincuenta y cinco años... ¡Que casualidad!... la generación que se casaba con su primer novio, la que no tenía demasiadas relaciones anteriores, la generación que se casaba por un embarazo no deseado, la generación que se casaba "porque-así-está-mandao"... Cuando creces mental y emocionalmente te das cuenta, a tu pesar, de que no era lo que creías, en realidad no era nada, porque no creías nada, mi generación se educó para formar una familia estable, para criar unos hijos y estar juntos hasta que la muerte los separe... La muerte del amor, deberían de haber añadido... Nadie controla de quién se enamora, es genial hacerlo de un soltero, de un separado, de un divorciado (las dos últimas opciones recordemos que vienen con ex-de fábrica, es decir, han estado casados), siempre que una señora esté soltera... Hay otro prisma, lo ideal sería que uno se enamorara de una soltera, una separada, una divorciada o una viuda... ¿Y si ocurre que no es así?... ¿Y si Cupido, ese cabroncete (con perdón) falló con la dichosa flechita?... Matemos al mensajero... El paso de la separación, hoy en día, no es tan urgente, se piensa, porque las situaciones, algunas, no están para tirar la casa por la ventana, hay hipotecas (de esto hay mucho), hay hijos, hay economías mal sostenidas, hay impedimentos... Pero pudiera ser que ya no hubiera amor y alguna de las dos partes haya descubierto que, lo que le falta dentro lo tiene fuera, y no se hunde el mundo, y no se pide el carnet, y no se va una ni uno al Registro Civil a pedir cuentas, porque se trata, simplemente, de que te hagan soñar, sonreír, vivir, sentir e ilusionarte... Y, como yo le decía a Luisi, cuando una decisión es tomada por dos adultos, teniendo en cuenta no dañar a nadie, teniendo en cuenta que son mayores de edad, responsables de sus actos, vivirán su relación como buenamente puedan, esperando que los brotes verdes surjan, que todo se normalice y deseando que así sea...
Mientras tanto, yo, personalmente, no voy a juzgar, jamás, a quien sufriendo por no tener en su vida a quien ama, decide continuar dando estabilidad a un hogar, a una familia y a una sociedad, porque parece que, cuando alguien decide separarse, toda la sociedad de su entorno tiene que dar su veredicto, tiene que se juez, tiene que impartir justicia y sobre todo, tiene que despellejar a quien sólo cometió el error de enamorarse...¡mire usted que delito!... Y ahora, cuando somos ya muy mayores, cuando tenemos hijos con parejas, cuando se nos llena la boca de "si no se llevan bien lo mejor es dejarlo", hacemos de las vidas privadas el cotilleo preferido de tertulias... ¡Que más da!, casados, solteros, divorciados, separados, viudos... como diría mi recordado Agustín González en aquella pelicula "Las bicicletas son para el verano": "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible". Que de hacernos llorar se encarga la vida, sólo faltaría también que se encargara el Registro Civil... Se supone que esto no es políticamente correcto, pero es que, señoras y señores, las parejas están compuestas por dos personas, dos, el resto, los demás, importamos nada, una pareja vive como le da la gana su relación, igual que cada uno vivimos la nuestra, y lo que no nos gustaría que juzgarán no debemos de juzgarlo, lo de los cuernos consentidos, lo de las otras y los otros, lo que yo no lo agüantaría, con todo el perdón del mundo, no le importa a nadie, porque no es a nosotros, no es a usted a quien debe o no importar, sino a las personas que están en una relación privada, personal e íntima, y ahí cada uno y cada una debe aguantar su vela, tomar su decisión o hacer de su capa un sayo...lo que prefiera... Buenas noches, un poco de dejar vivir, el Registro Civil para documentos físicos, para los emocionales, con todo el respeto, no es válido...

¿DE VERDAD NOS GUSTA QUE SEAN SINCEROS?...(la contradicción femenina)

Todas decimos eso de "Quiero saber la verdad, no va a pasar nada, pero dímela, porque yo lo entenderé"...¡¡Falso!!... Queremos saber la verdad para montar "el pollo", quizá no sea en ese momento, tal vez en el mismo momento en que se deciden a decirla nos frenemos, pongamos cara seria, de esas que escuchan, que comprenden y aceptan, pero llega un momento en que explotamos, saltamos por los aires igual que la tapa de una olla expres, que diría un amigo mío. No queremos saber, o sí, queremos saber para tener piedras que arrojar. Nos gusta la sinceridad, siempre y cuando, esa sinceridad conlleve que nuestra persona quede en los altares, que seamos únicas e irremplazables e irremplazadas porque, en el mismo momento en que nos dicen algo que nos haga ver que no es lo que queremos, la tapa de la olla se estrella contra el techo, los garbanzos salen aleatoriamente y van a parar a cualquier sitio, golpeando lo que encuentren. Seamos sinceras nosotras: No queremos que sean sinceros... No queremos porque no estamos preparadas para escuchar la verdad, porque se nos bajará del altar, se nos suplirá por otra, sentiremos que no hemos sido únicas, sentiremos que hubo un momento de inflexión en el que se nos sustituyó por otra, y eso no somos capaces de asimilarlo... y si no, toca pensarlo. Eso de "Dime la verdad" suena muy bonito, es perfecto, sobre el papel es lo ideal, pero no es, no es ni ideal, ni perfecto, ni lo toleramos. Nos mentimos nosotras cuando decimos que queremos saberla, mentimos a él cuando decimos que sabremos aceptarla... Yo ya he decidido que no quiero la verdad, ¿para qué?, lo que haya pasado pasado está, lo que vaya a venir vendrá, lo que tenga que pasar pasará, pero si me puedo ahorrar un disgusto mejor, si puedo ahorrarme un rebote, muy de masoca sería querer vivirlo, si con ese rebote se soluciona algo pues se soporta el rebote, si no vas a arreglar nada mejor vive en la tranquilidad de la ignorancia... eso sí, mientras no haya dudas, porque si hay dudas habrá desconfianza, y una cosa es cierta, la duda es peor que la confirmación, aunque si analizamos la situación, una vez aclarada la duda, si esta no es a nuestro favor, a pesar de tenerlo confirmado, seguirá la duda, por y para siempre... ¡Es extraño!, cuando te lo aclaran, te lo cuentan, te lo confirman, se debería de evaporar la duda, pero es el efecto contrario, las dudas crecen más, desconfiarás siempre, te genera ansiedad cualquier sospecha... por lo cuál yo me pregunto: ¿Queremos, realmente, que nos confirmen nada?...
Yo no, yo sigo feliz en mi hinopia, si algo pasa que pase, si me entero ya actuaré, pero a mí, por favor, que no me lo digan, aquel refrán de "Ojos que no ven..." es muy falso, ojos que no han visto, ojos que ya no mirarán nunca con confianza, ojos que sospechan, ojos que han confirmado, corazón que sentirá mucho miedo, mucha desazón y mucha angustia... Por eso, cuando en algún momento digamos "Dime la verdad, que estoy preparada para escucharla" estemos totalmente convencidas de que es así, de que no usaremos esa verdad como daga, para lanzarla en cualquier momento, estemos convencidas de que tenemos la madurez mental y sentimental como para saber que, las cosas pasan, que no hay nada eterno, que si queremos saber, tenemos que tener la convicción absoluta, de que podemos no escuchar lo que queremos... y sobre todo, que podemos descubrir situaciones dolorosas... Y después de todo esto, ahora toca preguntarse "¿De verdad estoy preparada para saber la verdad?"...