30 jun. 2013

OTRO TRECHO HASTA LA LUZ... (pequeño relato)

- No quiero que lo hagas... no es necesario, no te lo voy a pedir, no lo necesito...

Lo había dicho de un tirón, sin querer pensar en la renuncia, en lo que estaba rechazando, en lo que se estaba negando... No quería pensar, sabía que para él no era fácil, no era justo. Si ella pedía, si ella exigía,él renunciaría a su mundo, al que se había ganado, renunciaría a poder ver crecer a su hijo, a estar a su lado. Ella sabía de las amenazas. Ella tendría su mundo, y él perdería el suyo. No era justo. Era egoista en ocasiones, era egoista cuando pedía, cuando solicitaba, cuando olvidaba la situación ajena, cuando tenía sólo presente sus deseos y sus reclamos. Pero cada día, en un segundo, el segundo preciso y puntual se daba una vuelta por la cordura, y sabía que no era justo para él. Había sido testigo de algunas escenas, vividas a lo lejos, en la mesa de al lado de algún bar, donde se habían encontrado "por casualidad", había comprobado aquella amargura ajena, femenina, cansada, la que imperativamente dejaba caer órdenes, una tras otra. Sabía que le tenía atado mientras ella quisiera, aún sabiendo que no la quería, lo sabía desde hacía tiempo. Sabía porqué estaba a su lado, por su hijo y por miedo, miedo a las pérdidas, a todas, a las emocionales y a las económicas. A lo que él había ido construyendo poco a poco, lentamente, día tras día.
Lidia se giró en la cama, le acarició el hombro y se lo besó, siempre hacía aquel gesto cuando quería tranquilizarlo:
- ¿En algún momento yo te exigí algo?...-dejó la pregunta en el aire, él la miró y le sonrió-, nunca lo haré, porque sé todo lo que te juegas, yo estaré bien si tú estás bien... No me compensa vivir en un infierno permanente, porque nos convertiríamos en enemigos, cada día un poco más...

Luis la besó en el pelo, le gustaba como olía, lo acarició, pensaba, siempre pensaba, nunca expresaba lo que pasaba por su mente, el dolor de la despedida, en unas horas, hasta el próximo encuentro, le dolía la lejanía de ella, cuando la extrañaba por las noches, cuando se acostaba solo y abría el móvil para desearle buenas noches. Le dolía no tenerla a diario, hablando de lo cotidiano, le dolían aquellos silencios continuos, las dudas presentes, los espionajes a los que los dos eran sometidos, cada uno desde una vertiente distinta. La escuchaba respirar, su pecho oscilaba pausadamente, su dedo recorría sus labios, los dos en silencio. Aquello que ella decía, aquello que ella contaba, todo era cierto, lo habían discutido en aquel paseo nocturno, una de las pocas noches que podían pasar completas, un escape gestado de mil formas, mil mentiras. Dolía la mentira. Tener que estar mintiendo siempre, disimulando siempre. El deseo de gritar cuando aquella voz, la voz pegajosa que se le pegada a la piel, le reprochaba que había otra, y aquellas ansias de gritar que sí, que confirmara lo que la voz pegajosa sabía. Sólo le bastaba que él lo confirmara porque aquella voz era conocedora del hecho. Tantas viejas tradiciones, tantas ataduras estúpidas, tantos obstáculos puestos por el egoísmo, el deseo de mantener atado lo que ya estaba desatado en el corazón, desatado desde hacía años. Y aquellos dedos recorriendo su hombro, aquella sonrisa generosa que sabía que podía pedir, que se le concedería, pero siendo consciente de que no era lo mejor. Y la voz, suave, tranquila, lejos de asperezas, de tonos podridos por el odio:
- Sería incapaz de convivir contigo, porque habría un momento en el que me culparas, en el que me pusieras como diana de tus amarguras... Cuando extrañaras a tu hijo, cuando te citaran a declarar, cuando te negaran la custodia, cuando él, que todavía no entiende, te culpara del abandono al que sometiste a su madre... ¡No!, yo no quiero eso, yo quiero que haya un momento de paz, uno sólo, tardío, lejano, espaciado, un momento como este... abrazarte en calma, sabiendo que esta noche sólo volverás a desear abrazarme... No necesito más, no soy cobarde por no pedirte, tú no eres cobarde por no ofrecerme... Tú eres valiente por soportar la infelicidad, porque estás regalando felicidad a quien más amas, y yo contra ese amor no puedo y no debo de luchar, porque soy madre, porque sé qué se siente, porque mis hijos también sufrirían, también reprocharían, y porque, después de todo, se trata sólo de horas, se trata de presencia física, y esa, al fin y al cabo, no es nada... Los seres queridos mueren, y no se les olvida, convivimos a diario con personas a las que odiamos y lo soportamos...- le besó sonriendo, mordiéndole el labio con suavidad-, mucho más fácil convivir con el odio si, al final del túnel, tenemos una luz que nos devuelve amor cuando llegamos a ella...

Luis se volvió, la besó tranquilo, la tenía debajo, sonriéndole, con aquella mirada deseada siempre... Siempre supo que Lidia no le ataría, no le encadenaría a compromisos, ni siquiera lo hizo en aquel tramo de su vida, ya lejano, cuando también coincidieron. Siempre le dejó libre, siempre le dejó abierto el horizonte, nunca un reproche... La quería por eso, porque ella le había hecho entender que el amor es sacrificio, que es llanto, que es desespero, pero que en sus encuentros, el amor era, sencillamente, tumbarse, dejar que le acariciara el hombro y amarla desesperadamente, porque volvería a entrar en otro túnel, y quedaría otro trecho hasta encontrar de nuevo la luz...