5 jul. 2013

EL ÚLTIMO CAFÉ...(pequeño relato. 1998)

Movió el café, notaba el azúcar en el fondo, la vista baja, sabiéndose observada, sonreía, un gesto involuntario, reflejo de la quietud de sus sentimientos. Ya sí. Tranquilos, sosegados, alejados de aquella exaltación de años antes, cuando su sola presencia la crispaba. Él la miraba, triste, los ojos con un filtro de lejanía, de recuerdos instalados para siempre en su alma, aunque era consciente de que había empezado a olvidar. No sabía cuándo, pero sabía que su cerebro, ultimamente, iba por un camino diferente al de su voluntad. No quería que se le hiciera tarde, no quería que aquello que temía y confirmaba cada día, le llenara de sombras los rincones del alma. Quería verla, por última vez, siendo consciente de que era ella, de lo que ella era, de lo que fue, de lo que sería para siempre ya, porque su tiempo se le había escapado, se le iba entre los dedos, entre los surcos del cerebro, entre neuronas llenas de incógnitas. Se cruzaron las miradas y las sonrisas:
-Estás igual que siempre...
-Diez años más vieja..
-Tú jamás serás vieja... para mí no, para mí ya siempre serás como ahora eres...
-¿Y cómo soy?... o mejor aún, ¿y qué soy?...
-Mi nena; tú siempre serás mi nena...
Le tembló la barbilla, una lluvía fina y escasa se le acumuló en los ojos, los labios se movieron en un ademán de hablar, pero volvió a cerrarlos. Fuera llovía, había llovido durante todo el día... Ella miraba caer el agua cuando recibió su llamada, eran las tres de la tarde:
-Necesito verte, sólo un café, sólo una conversación tranquila... una vez más y me despido para siempre...
Había aceptado. Ni siquiera había puesto objecciones, ni impedimentos, mucho menos excusas. La voz de él era tranquila, pero de urgencia, y supo que algo pasaba, no tenía conocimiento del alcance, pero su sexto sentido, el que él tanto elogiaba y del que tanto se burlaba se lo decía, algo pasaba, él necesitaba verla por un motivo urgente. Y tres horas después estaba esperándole, sentada en aquella mesa de taberna sencilla, mirando la puerta para verlo llegar, con su abrigo marino, su paraguas negro, las gafas de concha, distintas, diferentes, pero del mismo estilo de siempre. Recordando, mientras él se acercaba, aquellos encuentros, diez años atrás, en el mismo café, frente a la Universidad, ella esperándole inquieta, el tiempo entonces jugaba en su contra. Ya no. A ella ya nadie la esperaba. Ya nadie sospechaba. Ya a nadie temía. Le miraba a él, mientras sacudía el paraguas, abría la puerta, diez años atrás: los mismos gestos. Todo cambiado, la partida terminada en sus vidas. Ahora que podían jugarla habían decidido guardar las piezas y retirar el tablero. Se levantó cuando él llegó, frente a frente, ojos emocionados, los dos, besándo una mejilla mientras los cerraban, recordando otros besos, otras caricias idas, que ya no volverían.
Él le acarició la mano, la sortija, la que le regaló, sentados en el sofá de su casa. Besándole el dedo, besándole los labios después, ella con las piernas recogidas, en la tele un documental sobre guerras, ellos eran paz. Y decidieron retirarse de las posteriores batallas. Habían pasado diez años, el mismo tacto en su piel, el dorso más manchado, las venas más señaladas... la sortija igual. No iba a decirle lo que pasaba. Ella ya cruzó una pérdida, ya lloró su llanto y vistió su luto. Ya se culpó y expió su culpa en un retiro voluntario, tras ventanas y barrotes. Él preguntaba a amigos comunes. Se cruzaba con sus hijos en la calle, adultos ya, caminando solos. Ella no. Ella decidió que no quería caminar más. Un buen día, cuando la enfermedad se le instaló en casa, cuando el adiós era inevitable, cuando supo que se quedaría sola en aquellas paredes familiares le llamó. Y todo terminó. Sin dejarle hablar. Sin dejarle pedir, rogar, suplicar. Ella se fue de su vida... Él ahora se iba de la suya. Pero se sonreían. Sabiendo ella que algo pasaba, sin preguntas, convencida de que era mejor así, él la veía, por última vez, su mirada, su sonrisa y sus recuerdos:
-Gracias por venir... Nunca te olvidé...
-Yo tampoco... Ni te olvidaré jamás... Me esperarás, y yo iré, y estarás en el lugar en que alguién decidió que estuvieramos los dos... No fue fácil para ninguno, hemos perdido los dos...
-Tú más...
-No, tú perdiste más que yo, porque yo decidí y tú aceptaste... perdimos los dos... La vida no se mide en quién pierde más o menos, la vida se mide solo en el hecho de perder...
-Te amaré mientras viva... Y lo sabes...
-Ámame aún muerto, porque si es mientras vivas, va a ser un tiempo corto...
Y él la miró, sorprendido, ella dejaba resbalar unas lágrimas silenciosas con su eterna sonrisa. El café se había quedado frío, el azúcar seguía en el fondo, sin diluir, igual que la pena de los dos. Ella retiró la mano de la de él, la llevó a la mejilla sin afeitar y pasó sus dedos por sus labios:
-Vámonos, está lloviendo, el tiempo viene pesado y lento... y los dos tenemos prisa, tengo que hacer que me ames aún cuando ya no vivas...