8 jul. 2013

LA CARENCIA DE LOS OJOS... (relato corto)

No se había enamorado, creía que sí, pero no era eso, enamorarse, ahora lo sabía, era otra cosa. Ella había buscado la vida, la misma que le negaron en su convivencia diaria, la que la llevó a separarse, a encarar dificultades económicas, habladurías, momentos amargos en amargas noches. La que se llenó de horas vacías, palabras no escuchadas pero deseadas, gestos de ternura, calor masculino, miradas llenas de complicidad y pasión, pero no las tuvo, solo tuvo ojos carentes...carentes de todo, ojos frente a los suyos que nada decían, que nada hablaban. La mirada hueca de un dueño que así se consideraba. Y un día cerró la puerta, tras ella, sin portazos, sin golpes, sin gritos y sin escenas. Se fue. Buscando unos ojos que la miraran llenos de vida, y de promesas, y de esperanzas, de sueños, de ilusiones... que le dijeran que la amaban con solo un parpadeo. Pero no fue. Le hicieron creer que sí, quisieron hacerle creer que la amaban, que dejarían su vida para vivir la suya, que le entregarían cuerpo y alma. ¡Cuánta mentira!, cuánta desesperación al comprobar el engaño. Cuánta soledad le quedaba después, cuando todo acababa, cuando se le iban, uno a uno, todos. Buscaba el mar en unos ojos, y el mar no existe más que en playas con arenas, en un universo completo, afín con la naturaleza y con el entorno. Ella buscaba la vida, sin suponer que la tenía, que tenía su vida y que lo que deseaba era otra, distinta, diferente, la que le hiciera ver que se podía conseguir todo, sin pararse a pensar que el todo, en el amor, en la vida, en el ámbito de los sentimientos, no existe, existen porciones, pequeñas, menudas, que se van encajando, que hacen de la vida un puzzle medianamente aceptable... Ella buscó El Dorado, y se rompió en el intento.
Ahora, lejos, alejada del mundo que había creído encontrar, después de su última relación, la que le duró tres meses, tan cortos, tan llenos de sexo y tan vacíos de amor, se perdía en la soledad de la noche, desde aquel ático, desde su terraza. Recorría pausadamente cada segundo, cada minuto vivido, desde el día en que abandonó su hogar, desde el día que supo que, en realidad, lo único que había buscado era un "te quiero" sincero, y nadie se lo había dicho. Los "te quiero" que se quedan entre las sábanas de hoteles, los que se van en bocas extrañas al amanecer, los que se dicen a quien sabes que tendrás en tu lecho a cambio das tu cuerpo, esos no cuentan, no contaron nunca, pero eso ella no lo sabía, quiso creer que sí, quiso creer que en una cama el amor es sincero. Quiso pensarlo y terminó creyéndolo... Pasó de una historia a otra, de una relación a otra, de unos brazos a otros, besos todos apasionados, besos todos condimentados con palabras llenas de amor... o eso intentó creer.
La noche impregnaba cada rincón de la terraza con una luz extraña, con una luna extraña
. Recordaba las últimas palabras de él, del último, del que se había ido cinco días antes de aquella noche estrellada, la mirada irónica, la sonrisa maliciosa, el gesto de la mano vagando en el aire "Si buscas amor, tía, no te metas en la cama en la primera noche, no envíes mensajes llenos de sexo y no incites a un polvo, sé más selectiva y menos zorra"... Cerró los ojos, comenzó a llorar, temblaba, aquel insulto, aquellos insultos, ella que no buscó sexo, o sí, o buscó el amor a través del sexo, pensando que así podía encadenar, pensando que así podía enamorar, olvidando que, los hombres duros, en el fondo buscan mujeres valientes, que les nieguen lo que desean, que se lo pongan complicado, que les insistan en que luchen por ellas... Ella solo había buscado palabras, solo había buscado unos ojos que le dieran vida, ella solo buscó el amor, que la amaran, que la hicieran sentirse querida, y aquella noche le devolvía risas jocosas, dedos acusadores, rostros desfigurados por la maldad del engaño, por las bocas del insulto... Miró hacia abajo, la ciudad fluía, nada se detenía, ella estaba cansada... Nunca encontraría el hueco exacto para hacer su nido, ni unos ojos llenos de sueños frente a los suyos... Nadie merecía la pena, nada ya merecía su entrega, porque en el transcurso de aquellos años lo había dado todo...
Se subió al estrecho borde, y volvió a mirar hacia el cielo, sonrió, vió su rostro, el de él, el del primer chico que la besó, siendo unos niños, llenándole el alma de sonrisas, él se había ido, como todos, cansado cuando su cuerpo sació su hambre, olvidándola como se olvida el pan del día anterior... Y la luna se esmeraba en lucir más, en iluminar sus ojos, tan llenos de tristeza, de desencanto, de agonía... No supo el momento, pero en un segundo, cuando solo notaba en su cuerpo una ligera brisa y el vértigo en sus tímpanos, tuvo frente a ella el mar en unos ojos encerrado...