9 jul. 2013

LA PREOCUPACIÓN DEL AMOR...(reflexión de una madre madura)

Siempre digo que fue una sorpresa, y es verdad. Ya tenía una edad en la que, se supone, una sestea después de comer, tranquila, se va con su marido los días que están libres, tranquilos, duerme tranquila, habla de hijos mayores, padres mayores, amores de hijos, estudios de hijos, nietos por llegar... la vida de una mujer camino de los cincuenta. Esa vida que te hace hablar con el cónyuge de problemas paternales, de problemas familiares, de problemas domésticos, porque las ilusiones del uno y del otro ya se conocen, muchos años juntos, demasiadas conversaciones, ya solo quedan las ajenas, las de los del entorno, los sueños si se cuentan conllevan una mirada de fastidio... esa edad, justo esa en la que te sientas a tomar una cerveza  con él, habláis un poco, sin vehemencia, sin altos ni bajos, silencios para mirar al frente, al resto de humanos, al resto del mundo y saber que tu mundo ya son los otros. Y a mi me llegó él. Su espera, su noticia, su desazón, el desasosiego, el miedo... Y un buen día nació, fuerte, nervioso, como lo era ya en mis entrañas. Y se convirtió en mi centro, en mi mundo, en la vuelta a las ilusiones, a mi edad hay quien cuida nietos, yo cuido a un hijo, así de simple, así de pleno, así de duro, así de vivo... Alberto es un niño sano. Con un pequeño defecto, ese que yo veo, que todos ven, ese que, aunque no lo diga sé que se comenta, cuando yo no estoy, cuando doy la vuelta, cuando hay tertulia y salen a flote los avances de otros niños de su edad. Sé las comparativas, sé que no será un defecto eterno, sé que me hace feliz, y sé que su lenguaje va más atrasado de lo que debería, de lo que es la norma, de lo que es la generalidad y de lo que marcan las estadísticas, pero es que, resulta, que mi hijo rompió las estadísticas, me hizo madre a los cuarenta y cuatro años... Plenos, felices, llenos de nuevo de risas de su padre y mías, comenzar de cero a una edad en que ya estás cerca del cien es una bendición, un regalo, poder volver a hablar de cosas olvidadas, retomar en un punto intermedio, de poder valorar, hacerlo distinto, disfrutar conociendo la rapidez del tiempo, que roba, que se lleva, que te priva... Alberto no habla bien, tiene su media lenguecita, no va al mismo ritmo que los demás niños de su edad en el lenguaje, pero ya, a mis años, sé que eso no me preocupa, que es cuestión de tiempo, no me importa que lo comparen para que otros niños superen el listón, no me importa enterarme que, a mis espaldas, se dice que habla mal, lo sé, tengo oídos, y sé que mi niño debería de hablar mejor... pero no me importa. Es feliz, es sociable, es cariñoso, es inteligente, la inteligencia no se mide por quién habla antes, camina antes, lee antes... eso también me lo enseñó ya la vida, la inteligencia se nota en una mirada, en un gesto, en una frase, aunque sea con media lengua, tal vez su oratoria no va al ritmo de la rapidez mental, pero sé que es inteligente, tardará más en leer, pero leerá, tardará más en explicarse, pero ya lo hace, sin embargo sus besos, sus sonrisas, su físico y su mente, son las de un niño sano. Él me ha regalado años, pero sobre todo me ha regalado vida, mucha vida... Cuando somos madres jóvenes, porque así eran los tiempos, cuando teníamos que ser madres porque así lo exigían los tiempos, no somos conscientes de la sabiduría que vamos almacenando, ni de los valores que renovamos, ni de las prioridades que tenemos... Y un buen día la Vida llama, y te regala vida y tiempo, y sonrisas, y voces, y besos, esos que ya se perdieron, que te dan de vez en cuando, a la llegada de un viaje, pero que no nacen espontáneos, esos "te quiero mami" sin motivo, gritado desde el dormitorio, abrazos que te recuerdan que eres importante, para él lo más importante, cuando ya habías dejado de serlo, cuando ya se pasa a una especie de segundo plano para el resto, la vida te trae a alguién que te hace importante... Alberto es mi preocupación, la preocupación del amor, pero solo porque quiero que sea feliz, solo porque quiero que esté sano, solo porque quiero verle crecer y escuchar su risa siempre... Porque hablar bien, ya hablará, el tiempo se encargará de ello, ese tiempo que pasa para todos, pero que a mí me pasará con una ilusión renovada cada día... Buenas tardes, feliz verano... Hoy tocó hablar de mi hijo pequeño, que no es poco...

LO QUE DA DE SÍ LA DUDA...(un pequeño experimento)

Hablaba yo (como siempre) hace unos días con mi buena amiga Pili. Hablabamos de cuestiones femeninas, esas que, a cierta edad ya son habituales, sofocos, cansancios, desánimos... Propiamente menopausia viva, aunque todavía tarde un poco en llegar para una servidora, que va atando cabos y preparándose mentalmente para lo que queda por venir. Hablábamos de golpe, dando un giro, de las dudas. Las dudas ajenas sobre la mujer en cuestión, las dudas emocionales y sentimentales, el "¿qué pasaría si...?", y esos puntos suspensivos dejan lugar para hipótesis varias. La seguridad de un señor, que sabe que es dueño absoluto, que comes de su mano, que puede mandar y mangonear a su antojo...sí, pero ¿hasta qué punto?, ¿y si de repente sospecha o descubre que puede no ser tan onmipotente y onmipresente?. Les entra el cangelo, ¡¡comprobado!!. Basta lanzar un anzuelo, decir tres palabras, sembrar una duda que, ellos ¡por supuesto!, van a demostrar que les es indiferente, pero que, ¡oh, sorpresa!, les lleva a llamarte, a dedicarte palabras que en la vida hubieras imaginado en sus labios, chiquillerías varias, cursiladas millonarias, gestos que piensan que te son gratos, y todo, para más inri, porque la duda les hizo mella, no saben si es, si puede ser o si no será, pero, por si acaso, vamos a dejar el pabellón alto, a demostrar que somos pluscuamperfectos y a navegar por las serenas aguas de la ñoñería que, eso piensan, a ellas les gusta mucho. Y es que los tíos duros, no se sabe por qué motivo, terminan siendo verdaderos corderitos, basta balarles a la oreja, basta agitar una ramita verde, basta que les asalte la duda de perder, en el fondo, el niño ganador que llevan dentro sale, en el fondo no es por conseguir el podium, sino porque temen haber hecho algo mal, no saben el qué, pero sospechan que alguién puede estar haciendo las cosas bien, y eso desmoraliza mucho... Una amiga mía, compañera de piso en mi época de estudiante, por tanto muy joven, Margarita, me decía una tarde, tras una riña con mi noviete por ser demasiado duro "dale motivos para que esté celoso"... ¿con quíen?, con nadie, me dijo ella, solo que lo piense... mano de santo... pues igual, no importa los años que tengan, en el mismo momento en que, en la actualidad, sospechan que puedes estar charlando con alguien a una hora, te interrumpen, con alguna excusa, con una palabra cariñosa, con un zalamerío incomprensible, que te hace poner gesto de "¡no me lo puedo creer!" y que, en tu interior, el angel malo aprovecha para reirse a carcajadas del angel bueno del respectivo... así son las cosas, tan simples y tan sencillas. Nada como descubrir que, la dureza masculina, esa que les hace perder a veces los papeles, solo es una pose, que pierden el equilibrio cuando, de repente, haciendo como para que pase inadvertido sueltas, "hablé con fulanito", no preguntan de qué, hacen como que no les importa, pero en un acto reflejo interno de raciocinio vano piensan, les cuesta, pero lo hacen, piensan que, si resbalan, si yerran, el fulanito en cuestión puede coger delantera, y la menganita puede fijarse más en quien corre delante... y les entra el miedo. Le narraba yo a Pili algunos episodios conocidos, de esos que te hacen sonreír y pasar a la carcajada, esos que te han contado de enviar mensajes, llamar a ver en dónde estás, preguntar cariñosamente qué haces, pegarse como lapas para observar, mirar de qué, con quién y por qué te ríes, eso sí, con el rabillo del ojo, para no dar pie a que pensemos que están celosos, cuando, en realidad sabemos que lo están, más que nada porque, en el caso contrario, nosotras también lo estaríamos, y sino a ver quién es la guapa que, ante las risas con otra, ante miradas cruzadas, ante un gesto que se sale de la norma, no ha levantado las orejas, no ha respirado fuerte y no ha pensado "algo no estoy haciendo bien"... Una duda, como le decía a Pili, puede dar cuerda a un reloj parado, puede encender el contacto de un motor, puede sacar la vena tierna que se tiene olvidada, pero sobre todo, puede demostrarte que, después de todo te quieren, no quieren perderte, no soportan la idea, se queman en pensamientos que no son ciertos, pero que si lo fueran, les harían pedazos ese corazón que, algunos, se esfuerzan en mantener oculto... Una duda, cuando es leve, cuando es inocente, cuando no tiene fondo, ni forma, ni sentido, es sencillamente ese toque de locura que hace comprender que aman, que lo reconozcan, que les hace repetir "te quiero" y sabes que es verdad, que les hace vulnerables y les hace inocentes, y a nosotras nos hace cerrar los ojos, suspirar aliviadas, sonreír, y responder a ese "te quiero" con un "yo también" más sincero que la Palabra de Dios... bendita duda que aclara, que despierta, que ameniza, que fluye, que encaja, que comprende, que manifiesta y que ama... Porque, en conclusión, si ante la duda no se reacciona, ¡apaga y vámonos!, será que la indiferencia es tal que el amor se debió de quedar dormido en un recodo muy muy lejano... Buenas noches, de vez en cuando me gusta una de mis reflexiones intimistas, que son muy enriquecedoras, de esas compartiendo café y charla, entre amigas....