13 jul. 2013

SOY DE MONTEJÍCAR...-CUANDO LA TRADICIÓN SE HACE VIDA. (trabajo realizado para una reunión con las mujeres de Montejícar en abril). Encarnita Barrera


CUANDO LA TRADICIÓN SE HACE VIDA.




Nací en un hueco perdido de una provincia de rancio abolengo, llena de luz, de nieves eternas, de Alhambras mojadas en amaneceres rojos, de playas sumidas en silencios y arenas.

 Nací en un pueblo de tradiciones inamovibles, de tradiciones laicas, religiosas, paganas, familiares, en donde las cosas se hacían “porque sí”, porque la voz de un padre y una madre así lo ordenaban. Montejícar, trazando tradiciones, ha sido y es única. Aquellas mujeres, tradición conocida, recordada todavía, lavando en el Cañuelo del Cantón, en el del Pósito. Mujeres moviendo cuerpos diminutos sobre diminutas tablas de lavar en el río, rompiendo hielos. Tradición sublime que hacía de esos lugares el centro social femenino, el periódico diario, el saber cómo se respiraba, de conocer la historia de los hijos ajenos, ajenos padres, maridos ajenos y tristezas ajenas… Y risas.
Tradiciones creadas en el mes de las Flores, rosarios eternos, rodillas en maderas de bancos toscos y oscuros, frío en la iglesia, mayo inclemente, cuando todavía no había llegado el calor de junio y los muros guardaban la humedad invernal. Rosarios simples, María en el Altar. Tradición llana: a la Virgen la trasladan los hombres, los fuertes, las mujeres detrás, cantando “Salve Madre”, esa alabanza a la Patrona, portada por hombros rudos de hombres de pueblo. Tradición juvenil, el novio en casa, la edad de los novietes, en secreto siempre, hasta que, un buen día, el muchacho se enfrenta al padre, a pedir permiso para “hablar” con su hija…¿hablar?, ya hablaban fuera. La forma oficial de hacer saber al mundo que, la niña, tiene novio.
           
            Tradiciones que nos llevan a los mantecados caseros, aquellos que las abuelas y las madres confeccionaban, presionando el molde de latón sobre la masa, canastas llenas de exquisiteces, camino de hornos rurales, panaderos rurales, que cocían, entre fuego, aquellos manjares de unas abuelas que tenían manos de ángeles. Roscos de sartén en Semana Santa, impregnando el aire de olor a aceite frito, a masa dulce, a deseo de masticar, cerrando los ojos, la masa dorada recién salida de la sartén, olor a limón y a anís, papel rasgado de gaseosas “El tigre”. Tortas de molde, la llegada de El día de la Torta, pandillas, familias, grupos desperdigados por los campos, los cortijos, los paisajes de un pueblo humilde pero rico, vivencias compartidas, botas de vino pasadas de mano en mano… Pero antes, la matanza. La familia en torno a la máquina de picar, a la caldera humeante, olor a comino, olor a laurel y a ajo, olor a morcilla cocida y chorizo frito, porque había que probar la condimentación. Olor a sangre caliente, salar los jamones y colgar los embutidos, lebrillos de loza, fuertes lebrillos decorados primorosamente, pesados lebrillos en caderas femeninas.

            Veranos de sillas en las calles, de tertulias hasta la madrugada, repasando el estío, la siega, la trilla en eras empedradas. ¡Las noches de verano!, llenas de voces hechas susurros y viento refrescando el calor insoportable del día. Sillas de anea decorando las rúas, calles sin asfaltar, llenas de voces de niños que jugaban, que daban vida al verano, aquellos veranos con las campanadas de un reloj antiguo y cansado, que seguía marcando lentas las horas de la vida. Tradiciones confeccionadas para hacer de la vida un río fluyente. Cuerpos menudos de mujeres transportando una Virgen, pequeña, enclaustrada entre cristales y madera, urna especial, recorriendo los hogares, siendo colocada en el lugar más especial, vela delante, iluminando un rostro de porcelana, Virgen casera y viajera, recorriendo, casa a casa, todo un pueblo, familias que esperaban su presencia, para despedirse de Ella al día siguiente, la Señora tenía que seguir su recorrido.  Estamos creados de tradiciones, las que han pasado de padres a hijos, las que se han ido perdiendo porque, los tiempos, aquellos que ya no son, han pasado, porque hemos aprendido que, después de todo, las tradiciones también se transforman, también nacen  y mueren, y desaparecen, y se quedan, para siempre, dentro de un hueco del corazón y la memoria.

            Tradición de lutos, lutos interminables, velatorios familiares en casas desmanteladas, apilados muebles, colocadas sillas, rezos de rosarios, pésames oscuros en oscuras penas. Camino del cementerio solo varones, las mujeres en casa, acompañando a las de su género, colocando, recolocando, haciendo que todo, sin ruido, volviera a la normalidad. Los duros momentos del adiós solo los vivían los hombres, los que eran capaces de resistir el pellizco del adiós definitivo. Tradición rota, terminada, el dolor es femenino y es masculino, la fortaleza también. ¡Qué extraño!, dolor es una palabra de género masculino, fortaleza lo es de género femenino, y aun así, según infinidad de tradiciones, se le robaba a la mujer el derecho de demostrar cuán fuerte podía llegar a ser. Los “rezos”, femeninos, enviando el alma de quien se fue hacia un lugar eterno y seguro, descansando en paz.

            Noche de los Santos, noche de gachas, noche infantil, recorrer a hurtadillas un pueblo en penumbra, conteniendo la risa, intentando no hacer ruido, colocar el emplaste sobre la cerradura, creerse que nadie sabía lo que se hacía; noche para estar atentos, los mayores, al más mínimo ruido exterior, disimular un enfado, sabiendo que, después de todo, ellos también, en su día, vivieron los nervios de las carreras para desaparecer. Misas del gallo entre nieves, familias completas delante de un Nacimiento humilde, pero lo suficientemente importante como para no admirarlo. Tradición de “aguilandos”, no se conocía el término aguinaldo, porque, las palabras, las frases, también son propias y tradicionales, y en Montejícar existía el “aguilando”, visitar a la familia para recoger la recompensa de la visita. Primeras Comuniones recorriendo calles, visitando a conocidos, repartiendo aquellas tarjetas hermosas, pequeñas y blancas, por las que, a cambio, se entregaba la alegría de las monedas.

           
            Siempre pensé que, la riqueza de un pueblo está en lo que es capaz de legar a sus hijos, en lo valioso de los recuerdos, en el escalofrío que recorre el cuerpo al pensar en lo que se vivió. La riqueza de un pueblo está en sus tradiciones, las pasadas y las presentes, las que imprimieron impronta en sus gentes. Mi pueblo es rico en tradiciones, las ha vivido sin darse cuenta, haciendo de ellas una rutina invisible, haciendo cotidiano lo sencillo, general lo que, quizás, comenzó siendo individual. Recogiendo, generación tras generación, pasos involuntarios que seguían, sin darse cuenta, las huellas de los pasos que les precedieron.

            Tradiciones recientes, y no por ello menos importantes, tradiciones que, sin pretenderlo, en tal se han convertido, sin recordar cuando, ni cómo, ni siquiera el por qué: Romería de San Isidro, día tradicional, porque un pueblo decidió que quería hacerlo así, que quería sumarlo a su historia, sin pensar, ni por asomo, que es eso, precisamente eso, la involuntariedad, la espontaneidad, lo que da lugar a una tradición, que basta con que un pueblo acepte lo que surge de un momento, de un hecho sin importancia, de una idea que no pretendía perdurar por siempre, o quizás sí, que solo era un hecho aislado pero que ya, nunca, quedaría aislado, porque, sin violencia, se sumó a las tradiciones antiguas, haciéndose antigua y arraigada ella misma.

            Y, por supuesto, para rematar mi pequeño recorrido, no sería de buena montejiqueña olvidar la tradición que nos define, que nos emociona y nos enorgullece:

            “¡Salve, celestial María…!”… Los Moros y Cristianos. Mitad religiosidad mitad paganismo, mitad amor celestial mitad amor mundanal. Amor a la Reina de los Cielos, amor a una reina de la tierra. Tradición hecha verso, hecha alfanje y hecha espada, hecha cristiandad y sarracena. Cada lugar, en cada sitio, en cada punto, hay una tradición especial, la que viene a la mente cuando de tradiciones se trata, a mí, a mi pensamiento, cuando pienso en mi pueblo y sus tradiciones, sin proponérmelo siquiera, viene el cruce de aceros, un pergamino, unas sedas que brillan cuando, camino de la ermita, subida difícil y hermosa, el sol coloca sus rayos oportunos… A mi mente, sin llamarlas siquiera, vienen unas letras, un título que es frase y es el todo “Triunfo del Ave María”… en ellas se encierra el placer de mil tradiciones, de cientos de años y un pueblo que sigue siendo fiel a lo que, un día, decidió que serían sus normas y sus leyes.
            Soy montejiqueña, y en mi alma está impreso el orgullo de tradiciones hechas recuerdos.-



                Encarnita Barrera


(Foto de Cristobal Arco Fernandez)