17 jul. 2013

PARIR CON DOLOR...(el placer y el dolor de ser madre)

Mi amiga Maribel Lirio, me decía esta mañana que su padre, don Antonio, un señor sabio, le decía que los hijos son prestados. Pues sí. Es verdad. No nos lo creemos hasta que comienzan a levantar el vuelo, hasta que aprenden lentamente a volar. Parimos con dolor (bueno, hoy tenemos la epidural, pero como yo no la he usado puedo decir que parimos con dolor), parimos sin saber que ese dolor nos acompañará siempre, los buenos ratos, las ilusiones, las sonrisas, las satisfacciones, los besos de nuestros hijos, sus caricias, sus sueños, sus ojos cerrados, sus baños, sus abrazos, todo eso que jalona su vida a nuestro lado no es más que un reguero de momentos que se nos regalan para que, cuando llega el momento de la marcha, recordemos todo lo que dimos, todo lo que les mostramos, todo lo que les enseñamos. Los hijos son nuestros mientras están en el nido, y durante esa estancia, lentamente, van levantando el vuelo y moviendo sus alas. Comienzan cuando comen solos, duermen solos, se visten solos, van al baño, acuden al cole, salen al parque con amigos, luego salen con amigos y preferimos no preguntar demasiado, luego salen con amigas y nos gustaría preguntar demasiado, pero no nos atrevemos, luego nos quedamos esperándolos la primera noche que salen, miramos el reloj, nos ponemos histéricas a eso de las dos... luego pasamos, a la quinta vez ya nos acostamos, después viene la lejanía física, se van fuera, tienen que estudiar, pero vuelven los fines de semana, esos que les queda tiempo o que los amigos organizan salidas. Y entonces te sientas, les ves salir oliendo a perfume masculino, de esos que se te quedan, te dicen que se van, les dices que tengan cuidado y te sonríes... Paulatinamente, tu hijo, aquel que salió de ti entre grandes dolores, contracciones que creías que te matarían, ha levantado el vuelo, pero sigue teniendo su nido junto a ti, en tu casa, por eso estás tranquila, pero sólo en parte. Un buen día te descubres pensando que tienes miedo, miedo a algunas salidas, miedo a los viajes, miedo a que un ala se le rompa, miedo a que se le rompan las dos... Miedo a quedarte sin él. Quedarte sin él no es ver cómo se va. Quedarte sin él es no volver a verle. A verle sonreír, a verle gritar viendo un partido, a verle enfadado con su chica, a ver como te besa, a escucharle cuando canta, a escuchar sus excusas (esas que hacemos que nos creemos)... El miedo de la maternidad, el miedo a la pérdida, a que tu hijo prestado no vuelva más y tú no puedas prestarlo al mundo, para que sea feliz en el mundo que él se cree.
Mi hijo mayor está aprendiendo a volar solo. Hace ya años que entrena, lo está haciendo bien por ahora, su vuelo va despacio, seguro, subiendo lo justo para, si se cansa, saber que tiene que volver. Pero a mí me sigue dando miedo, miedo a que no vuelva en uno de sus entrenamientos, que algún cazador le dispare, que alguien destroce sus alas, que pierda el rumbo y no sepa volver a casa... Miedo, como todas las madres, como seguramente la mía lo tuvo y lo tiene. Sé que lo tiene, a pesar de que yo ya soy préstamo seguro, y de que estoy prestando al mío. Miedo de madre que ahora comprendo, cuando le digo que tengo que viajar lejos, callándome los desplazamientos demasiado alejados del nido, para que no tenga miedo de que la noche me pueda pillar en pleno vuelo.
¡Cuánta felicidad da un hijo! ¡Cuánto nos enseña!. A nosotros, que debemos de enseñarles a ellos. Y comprobar, cuando han decidido elevarse por ellos mismos, que la teoría, las clases teóricas que les dimos en casa, las han asimilado, que han progresado adecuadamente, que saben llevarlas a práctica. Con sus juergas, con sus hobbies, esos que no entendemos, que nos dejan un poco descolocadas, con sus look, esos que nos tiran para atrás, que nos hacen enfadarnos... pero entonces miramos el camino, nos damos la vuelta, vemos lo recorrido y sabemos que no, no hay peligro, detrás no se ven nubarrones que pudieran haberle destrozado el ala. Siguen adelante, seguros, firmes, remontando el vuelo, volviendo al nido cuando así lo necesitan... El dolor de parir dura por siempre, para siempre, simplemente se suaviza, ya no es dolor físico, no hay sutura, no hay cuidados post-parto, hay dolor emocional, del alma, desazón, intranquilidad, el dolor físico se desplaza al dolor psíquico (que no sé yo cuál es peor).
Hay que dejarles volar, seguir preocupándonos, seguir con el alma en vilo, los sentidos alerta, para que, si en algún momento se cansan en pleno vuelo, salir en su ayuda y devolverlos al nido. Mi hijo vuela solo, mi dolor de parir sigue en mi, ya no en mis riñones ni en mi vientre, pero sí en mi corazón y en mi alma cuando creo, sólo una pequeña duda, de que en algún momento puedo perderle para siempre....