25 jul. 2013

UNA BODA DIFERENTE...(por las personas que no necesitan más)

Hay días que amanecen tristes, que hay que continuar, así está organizado, así está mandado, así se exige. La vida continua para pobres mortales que tienen existencias por vivir, aunque llore el alma pensando en los que, por un derrape del destino, han dejado las suyas en vías asesinas de cuerpos y de almas. Hoy era de esos días tristes y pegajosos, esos en los que vas en un coche, mirando hacia afuera, sin conversación dentro, escuchando noticias, comentando circunstancias con mi acompañante, sin ganas de bromear, barajando cifras, barajando vidas. Miradas que se cruzan, labios que se muerden, tristeza en ojos que son alegres, que deberían de vivir unos días alegres. Y no se puede.
Y sin embargo, cuando menos se espera hay uno de esos ofrecimientos para relajar la tensión, para intentar olvidar lo sucedido a muchos kilómetros, para hacer lejano lo cercano; por unas horas, por unos momentos, me ofrecen una visita de esas para admirar, para disfrutar, alejada de ruidos, sólo un horizonte y sólo el deseo de no pensar en lo malo, en lo peor.
Hemos llegado a una pequeña ermita perdida en un monte, alejada de todo y de todos, la ermita de la Virgen de Cánolich, piedra sobre piedra, imágenes adustas, lejos de riquezas, de lujos superfluos, imágenes sobrias en un paisaje inmenso. La entrada abierta, pequeño espacio, nadie. Bueno sí, al fondo, frente al altar, un altar recatado y sencillo, dos personas. Maduras. De mi edad. Un hombre y una mujer. Vestidos con normalidad, con vaqueros, con camisetas. Nadie más; estaban en un lateral, pero frente a las imágenes sagradas de la ermita, de un recinto tan pequeño que, de haber estado lleno, no cabrían más de cincuenta personas. Unas velas al fondo, sobre una mesa simple, sin electricidad, encendidas con unos palitos. Cirios blancos todos, ninguno rojo, esos tan llamativos que son la generalidad de la candelería de iglesias y santurarios en mi Andalucía. No. Estos eran todos blancos. Me quedé atrás. Miraba a las dos personas que había frente a mí, dándome la espalda, ajenos a mi presencia totalmente, mi acompañante me habla al oído, pero no lo escucho, miro las manos enlazadas, ellos mirándose, sonriéndose. Me hubiera gustado hacerles una foto. Simplemente por el placer de compartir lo que una mirada encierra. Apenas les oía. Escuchaba como el hombre, de mi edad, ya digo, pero con un atractivo impresionante, embutido en un vaquero gris y una camiseta blanca, le explicaba a ella los bajos relieves, algunas esculturas, pocas, le hablaba de historia y de arte. De repente le rodeó los hombros con su brazo, había una diferencia de estatura bastante importante, y de manera discreta miré las sandalias de ella. Poco tacón, pensé, puedes permitirte más, aconsejé con mi pensamiento. Reparé entonces en la mujer. Guapa mujer. Llenita, como la mayoría a partir de cierta edad. Un poco más delgada que yo, pero con curvas bien puestas, exuberantes curvas, no sé porqué pero sonreí. Era tierna aquella estampa natural, viva, no podía dejar de mirarles, mis ojos ocultos tras los oscuros cristales de mis gafas de sol aún sabiendo que es de poca educación estar en un lugar sagrado con las gafas puestas, pero me permitían observar todo, pasar discretamente por aquel espacio, moverme un poco y adelantar mis pasos sin hacer sospechar que quería escuchar lo que se decían; él hablaba en voz baja. Y avancé: "¿Te quieres casar conmigo, aquí?"... Él solo le dijo esa frase. Nada más... y nada menos; yo bajé la cabeza un poco ruborizada, un poco cogida en falta, un poco incómoda. Pero quería estar, disimulé, me alejé lo justo para escucharla a ella decir "Sí"... Y ya está, me volví, no se escuchaba nada más, pensaba que había sido una imagen que yo había proyectado con mi imaginación sobre el altar rústico, sencillo, entrañable, con sus imágenes toscas y sin brillos... Pero no... Ellos estaban allí. Se besaban. Sin aspavientos, sin compromisos ajenos, ni adquiridos, ni firmados, ni jaleados. Eran sólo ellos dos. La guapa mujer y el atractivo hombre. Dos personas. Sólo dos. No se necesita nada más. Todo lo demás sobra. Ellos se habían casado, el resto del mundo giraba fuera, nadie les iba a felicitar, no lo necesitaban. Yo sí... Yo me acerqué, les sonreí y les dije que me alegraba de haber compartido algo así, les besé y les dije que les daba mi enhorabuena...
Les vi alejarse. Él permaneció dentro, ella volvió con un cirio blanco. Lo encendieron, los dos, dos manos juntas. Y hasta mis oídos llegaron las palabras suaves de la mujer guapa y bajita, la que podía permitirse un poco de tacón más "Voy a pedir un deseo ¿puedo?"... Él la besó en la frente, "El que quieras", y me emocioné.... "Quiero volver aquí contigo, dentro de un tiempo, dentro de nuestro tiempo"... Y supe que ellos eran de los elegidos para vivir los locos amores ajenos a mundos perfectos, con normas perfectas, compuestos de gentes perfectas que hacen de sus vidas perfectas teatros perfectos para espectadores perfectos... Y supe que ellos eran la vida... La auténtica, la real, la que viven los sentidos, el alma, el deseo y el corazón... Y les vi besarse de nuevo. Guapa pareja.
En el prado de fuera se hicieron fotos, sólo ellos, les hice dos, me ofrecí voluntaria porque deseaba, profundamente ser parte de aquella ceremonia legal, legítima, auténtica, sin nada más que lo importante: Amarse... Lo demás, todo lo demás, es tan perfecto que no merece la pena....
Miré a lo lejos, todo verde, todo natural, todo inmensidad. Miré a mi acompañante que no había interrumpido ni una sola vez aquel recorrido emocional mío a través de otros... Sonreímos, nos sentamos en una escalera, debajo de un enorme abeto. Le cogí la mano y apreté con suavidad:
-Después de todo, la vida continúa...
Y los vimos alejarse cogidos de las manos, hacia no sé qué destino, hacia no sé qué despedida...sencillamente a esperar su tiempo. Lo demás ya lo habían conseguido...