28 jul. 2013

ROMPER LA NORMA... (conversaciones con Antonio Villegas, se lo debía)

Hace unas noches, noches atrás, la fatídica noche de un accidente que hizo llorar a todo un país, lejos de mi casa, lejos de mi entorno, cuando un dolor de cabeza me podía, me atenazaba las sienes, y me había colocado un malhumor insoportable, cuando casi se rozaba la media noche, sin esperarlo, a través de mi pantallita, mientras escribía, apareció el saludo de Antonio Villegas, al que hoy, desde aquí, deseo lo mejor del mundo, porque no le ví por las redes, supongo que su nueva vida laboral lo absorbió y estoy feliz de que así sea. Antonio es, como he dicho en más de una ocasión, un caballero... Comenzamos hablando del accidente del tren de Santiago, conjeturas y dolor en ambos, comentando e intercambiando opiniones. Sin esperarlo, como nos sucede siempre, comenzamos a hablar de la muerte... y de la vida. De lo que dura la vida. Antonio tiene la capacidad para ir sacándome, lentamente, mis opiniones más íntimas sobre muchos temas. Yo le hablaba de la vida, del suspiro que dura una vida, bueno no, del parpadeo que dura la vida. Cuando quieres volver a parpadear ya ha pasado. Ligera y sutil, sin darnos cuenta, se ha llevado las ilusiones, los sueños, los años... se ha llevado, sin preguntarnos, nuestros deseos de vivir distinto. Yo le hablaba de mí, él preguntaba y opinaba, yo contestaba y explicaba. Le hacía ver lo difícil que es para una mujer, llegada a una edad concreta, poder vivir de acuerdo con lo que cree, con lo que su interior cree sinceramente. Porque es muy distinto lo que nos hacen decir, lo que decimos porque es la norma, lo correcto, lo que se espera de nuestro sexo y de nuestra edad. Porque si una mujer a una edad determinada, en un ambiente rural determinado, se sale de la norma, la rompe, se la mira como a un bicho raro, y desde luego que sé de lo que hablo. No es lícito para la mujer ser libre, aunque ella sepa que su libertad es suya, es propia, que se vive desde el respeto a los otros, desde el respeto a ella misma. No. La libertad de una mujer se debe de quedar en casa, con los suyos, manipulada y organizada por los de dentro, porque así lo impone la sociedad, sus normas, y algunas normas no se rompen... Yo sí, yo decidí romper la norma, la norma general, esa que me impusieron nada más nacer, por ser mujer, por nacer en la franja de tiempo que lo hice, en el lugar que lo hice, por no poder llegar a tener titulaciones que me permitieran huir, o subir, o escalar. Porque las mujeres amas de casa lo somos siempre, porque solo debemos de ser eso, seguir con la norma, la que no está escrita, la que no se mueve, no cambia y no evoluciona. Y ¡¡ oh sorpresa !!, somos esas mujeres las que deseamos para nuestras hijas algo distinto, que ellas aspiren a más, que ellas si rompan la norma y lleguen a lo más alto, pero mientras tanto, nosotras, sus madres, seguimos en nuestras casas, viendo como lo que deseamos, lo que soñamos, lo que queremos, lo viven las valientes que deciden exponerse a críticas, a las críticas de esas mismas mujeres que desean lo mismo que ven para sus hijas... ¡¡¡ Que compleja es la mente, la psiquis humana !!!, que desea lo que otros tienen pero se frenan porque otras gentes así lo deciden... Yo no, yo tuve suerte, porque después de seguir la norma, después de seguir la línea blanca, miré hacia atrás, y no me gustó lo que ví, no me gustó ver la cobardía, la manipulación del "qué dirán", la vergonzosa verborrea de quienes juzgan, y miré hacia adelante, y ví lo que deseaba, lo que pensaba, lo que quería, y miré a mi lado, a quien me acompaña, y me empujó... Y rompí la norma. Ama de casa, sí, pero independiente en ideas, ama de casa, sí, pero con opiniones propias, dispuesta a defender mi derecho a vivir, sobre todo cuando vivir, en un ámbito rural, se limita a salir sola, viajar sola, hablar sola, sin miedos, sin tener que soportar miradas acusadoras de quien dice quererte y hacerte libre. Porque para poder saltarte la norma, para poder respirar necesitas el oxigeno que te proporciona el entorno más cercano... Mirar hacia los lados, ver mujeres que, simplemente, por trabajar fuera de casa, tienen el derecho a opinar, la libertad para hacerlo, pero que a las que hemos sacado hogares, a las que hemos cuidado, mantenido y fortalecido una familia, se nos ha ido negándo. Y yo hablaba con Antonio, tranquila, se me iba yendo mi dolor de cabeza, me reía con él, con un señor, con un hombre, me reía con sus cosas, dichas con toda la caballerosidad del mundo, sin ocultar, sin tapar... Cuando dos personas se relacionan desde el respeto no hay motivos para hacerlo... Le hablaba de una edad difícil, la necesidad de un subidón de autoestima, de que te digan un piropo, esas cosas que, calladamente, todas las mujeres desean, aunque no lo digan, aunque envidien a las que generan los piropos y los elogios, simplemente porque la cobardía les ha impedido a ellas romper la norma...
Y yo le hablaba de cansancio, de crecimiento, de saber lo que mereces, de tener conocimiento de lo que eres capaz, y saber que puedes hacerlo sola, pero que necesitas que dentro te respeten, te dejen horizonte abierto, te den alas, porque te quieren, quieren que vueles, quieren que seas libre... Enseñamos teorías a los hijos, a las hijas, les hablamos de perseguir metas, es momento de enseñarles práctica, de que vean que somos capaces de alcanzar las nuestras, de realizarnos como personas, de obviar, ignorar y desoír críticas nefastas, cuando vienen de cobardías y envidias, hay que enseñar a los hijos que somos luchadoras, que somos amas de casa, sí, pero amas de casa que tienen voz propia, que tenemos objetivos claros, que podemos ser buenas en lo que hacemos, que nos movemos sin hilos manejados por unos dedos que dicen querernos, pero que nos mantienen atadas a las normas...
Yo ya no... yo rompí la norma, a mí me enseñaron a romperla, me ayudaron a romperla... Le hablaba a Antonio de la importancia de rodearse de varones que valoran, que respetan, que comparten y que comprenden, que saben a quién tienen enfrente, que saben de los principios de una mujer, de sus cotos privados... Varones que saben que la alegría de una mujer, la frescura de unos ojos, las sonrisas, son solo gestos propios de la propia mujer, no indican nada más. Nada más bonito, más lleno de vida que una mujer que alegra a quienes tiene a su lado, que olvida que puede dar lugar a malinterpretaciones, que se ríe sanamente, sin mediar otra intención que la de ser feliz...  Que entienden que una mujer puede ser la mejor amiga, la mejor confidente, que escucha, que allana caminos, que puede ser colega, porque lo que sí hemos demostrado las amas de casa, es que hacemos hombres y mujeres... y lo hacemos bien.... Y sobre todo, que la sonrisa de una mujer, sus palabras amables, su alegría, no es, ni mucho menos, una invitación para ir a la cama, por mucho que se lo hayan inculcado en esas normas neardentales, tan viciadas ya y tan inquisidoras... Yo ya rompí la norma, lo que venga detrás, sinceramente, me importa más bien poco... Estoy muy ocupada siendo feliz, viviendo mi vida, mirando las normas con sorna e intentando que haya más mujeres que las rompan... Gracias a Antonio Villegas, que piropea como nadie, que desmenuza rarezas sociales, y que aquella noche, noche nefasta para España en que se nos fueron muchos de los nuestros, me diluyó el dolor de cabeza con una conversación llena de sabias palabras y mejores risas...