2 ago. 2013

¿DISCUTIMOS UN POQUITO?... (las discusiones de la concordia)

Yo no sé si me pasa sñolo a mí o, por el contrario, es algo que a las mujeres nos ocurre generalmente: Las discusiones. Esas discusiones con nuestro santo cónyuge, esas que comienzan porque han movido un cenicero, sin querer, pero que a nosotras, que tenemos el día torcido, nos afecta como si nos hubieran hundido media casa. Los cónyuges, que ya nos conocen, suelen hacer oídos sordos, primero se disculpan, dicen eso de "no es para tanto" frase que desencadena la madre de todas las tormentas, porque lo que sí está claro es que, para nosotras, sí es para tanto... o no, o nos da igual, pero tenemos ganas de discutir, necesitamos soltar adrenalina, y hemos encontrado el filón perfecto para hacerlo. Comienza entonces el rosario de quejas, grititos, órdenes de esas de "lavanta los pies", "no cambies el canal", "no tienes nada qué hacer", "tú no sabes el trabajo que me ha costado", y todas esas frases suelen ir acompañadas de idas y venidas, bayeta en ristre, zancadas furiosas, movimientos de caderas potentes y rotundos, algún que otro "¡Ja!" a un comentario varonil, algún que otro "¡Sí, hombre!" al siguiente comentario, y la colocación de morros debidamente ensayada. Sentada en el sillón de enfrente, esperando la siguiente palabra, la siguiente frase, porque eso sí, cuando una mujer tiene ganas de discutir, lo peor que se puede hacer es ignorarla. ¡Háganme caso los varones!, llevo razón, aunque claro, también tienen que saber que, cualquier palabra dicha después de una discusión, si la señora no ha quedado totalmente satisfecha, dará lugar a otra discusión.
Si somos realistas, esto es así, nos puede molestar comprobar que somos un poco ilógicas, un poco histéricas, un poco maniáticas, pero es la verdad, eso sí, no sé si porque somos así o porque los santos cónyuges nuestros tienen esa "cachaza" que decimos en mi pueblo, y han llegado a un punto en que todo les resbala, me refiero a nuestras neuras, a nuestros rebotes, a nuestras ganas de discutir, y a nuestras frases lapidarias, nuestros grititos y nuestras palabras voluminosas, que, sinceramente, algunas veces no sabemos ni que las hemos dicho, y encima nos permitimos el lujo de sacar aquel pasado remoto a pasear, a recordarles lo hecho hace años luz, esa historia que archivamos en nuestro perfecto disco duro y que a ellos les comienza a subir la bilis... Pero algo si es cierto, si fueran ellos los que las dicen no olvidamos ni una coma, y recurriremos a la palabra o frase en cuestión en cuanto tengamos la más mínima oportunidad, cosa que, por supuesto, dará pie para otra discusión, de esas que nos gustan, porque son la sal de la vida, nos relajan, nos quedamos descansando y encontramos una razón para poder despotricar contra el sexo masculino con amigas y hermanas, que es divertido y llena mucho.
Bromas aparte, como decía al principio, sé que no soy yo sola, sé que todas, en más de alguna ocasión, cuando se quedan callados los pobres (no sé si por no discutir o porque en realidad damos verdadero miedo) deseamos con todo nuestro ser que nos sigan la bronca, necesitamos soltar carga, necesitamos que ese mal día sea compartido, y al remate, al menos a mí, me da por reír, pero mucho me cuido de hacerlo a solas porque jamás se le debe de enseñar la estrategia al enemigo. No sé si somos un poco "canallas", nos gusta ver que ganamos, que nosotras terminamos nuestra discusión, nos hemos quedado libres y relajadas, pero el pobre cónyuge que sestea en el sofá se ha quedado sin saber muy bien por dónde llegó la tormenta, se pregunta si puede ya pisar el suelo, si puede ya usar el mando, si puede ya ir a la cocina, mover el cenicero y dirigirnos la palabra... Un poco "malotas" sí que somos, pero, como todo en la vida, hasta eso tiene su encanto...
Repasemos las discusiones verdaderas, esas que dan pie a verdaderas batallas y reconozcamos que comenzaron por una tontería, una palabra a la que dimos el tono que queríamos dar, un gesto que se hace siempre pero que ese día decidimos que nos molestaba, y a un silencio que nos resultó molesto, cualquier cosa "importante" basta para desencadenarla... y cuando terminan, cuando pasan, ellos se seguirán preguntando siempre "Pero ¿qué he dicho para todo esto?"... ¿sí o no?...
Buenas tardes, que vosotras lo discutáis bien, que os riáis un poco después, pero eso sí, a solas, porque si descubren que es una simple terapia de autoestima perderemos el poder...