17 ago. 2013

LA CLAUSURA... (relato para el recuerdo).

Me intrigaba profundamente aquella escalera, impresionante, que partía del patio con la fuente, aquel patio que recorría a diario, que cruzaba varias veces al día, y en el que, sin querer, se me iban los ojos, curiosos, hasta la baranda de hierro y el mármol de los peldaños. Allí, debajo del arco que daba entrada a la escalera comenzaba la clausura. No se podía pasar, prohibído totalmente deslizarse más allá del teléfono, fijo en la pared, en el que atendíamos las llamadas de familiares y amigos cuando nos cogía más distante el despacho de Sor Pilar, la directora. Me preguntaba que se escondía en el primer piso, en el viejo primer piso, no en el que se había construído para dar cabida a las internas, aquel espacio moderno y luminoso, con vistas al enorme patio, a la vieja galería con sus cristales y sus maderas carcomidas, con vistas, desde el lavadero, al patio del edificio contiguo, sede de la Policia Nacional, patio espiado cuando ibamos a tender la ropa interior, cuando nos escapábamos de la vigilancia de las monjas para descubrir uniformes y rostros jóvenes unos y otros no tanto.
Aquella mañana, día de la directora, se me hizo el regalo. Podríamos subir a la torre, a la más alta, eso si, con mucho cuidado, mucha cautela, la escalera estaba deteriorada y podríamos caer. Un cosquilleo me bailaba en el estómago mientras ascendía por aquella escalera, la que cerraba una puerta de madera grande y pesada, la clausura seguía siendo inexpugnable, solo iríamos a la torre, lo demás quedaba oculto a nuestros ojos. A mí me daba igual. Iba a penetrar en una torre renacentista, aquel movimiento artístico que estudiábamos en clases de historia y de arte, iba a mirar muros ocultos para muchos ojos, paredes llenas de historia, leyendas desconocidas. Y mi imaginación de niña de catorce años, adolescente primaria, deseosa de inventar amores en aquella torre, aventuras de caballeros, litigios y enfrentamientos varios, se desbordaba mientras mis piernas temblaban en el ascenso... Y ante mis ojos quedó la torre, el interior de la torre del Palacio del Marqués de Mancera. Un cuadrado perfecto, deteriorado, paredes ruinosas, piedra colocada para hacer de la torre digna muestra del arte en su parte exterior. Había unas pocas mesas antiguas, mesas de aulas lejanas, pupitres deteriorados por el tiempo, las palomas tenían allí un hogar en perfectas condiciones, había telas de araña cruzando las esquinas, pocas, que nosotras apartábamos... las más valientes, las que deseábamos acercarnos a los ventanales redondos, asomar la cabeza fuera y mirar... No se veía un paisaje extenso, la torre no era demasiado alta, pero se podía ver la torre de la Capilla del Salvador al mismo nivel, otear el tejado del Palacio de las Cadenas, las torres, emblemáticas, de la iglesia de Santa María la Mayor... a lo lejos, muy lejos, los paisajes de olivos, ya perdida Úbeda y perdido el Renacimiento que guarda... Se veía, desde arriba, el Palacio del Condestable Dávalos, haciendo uniforme una Plaza. Y entonces, al volverme, sin buscarlas vi las inscripciones. La torre había sido usada para retener a prisioneros de guerra. Allí, en sus paredes, escritas con letras distintas, con formas distintas y el mismo color, la desesperación, la pena, la impotencia... lágrimas de hombres que sintieron la muerte, que esperaron la muerte, que vivieron días y noches sabiendo que su futuro estaba en manos ajenas, en manos y en deseos de otros. Frases de despedida, de generosidad, frases a mujeres, a madres, a hijos... frases enamoradas, temerosas, enloquecidas... Un arsenal de palabras, un arsenal de injusticia, de ideas... solo ideas, porque allí arriba, ninguno tenía armas.
Yo tenía catorce años... era una niña que había escuchado historias, que tres años antes había asistido a los funerales del Caudillo por la gracia de Dios, que había visto por televisión la coronación de un Rey, que empezaba a participar en huelgas estudiantiles, que se oponía a todo, por norma, porque así es la adolescencia... Yo era una niña de catorce años cuando tuve frente a mí, sin que mis abuelos me lo contaran, toda la pena del mundo... Mientras leía, mientras repasaba aquellas despedidas supe que, la clausura era eso... era clausurar la vida, encerrarte para siempre en el olvido, enterrarte en la tierra y que otros te lloraran. Otros a los que les estaba prohibido el paso hasta donde tú te encontrabas... Aquello era la clausura... Aquello, aquella torre del Palacio del Marqués de Mancera, fue el infierno...


(19 de agosto. Tal día como el lunes, según consta en Registros, Federico García Lorca muere fusilado en el Barranco de Víznar, lugar que, junto con amigos, he visitado varias veces. Lugar en el que ha quedado demostrado que no están los restos de Federico, de nadie, allí no hay nada. Cuestión de historia, cuestión de leyenda, cuestión de seguir meditando que, con restos o sin ellos, muchos murieron, entre ellos mi abuelo, muchos sufrieron, entre ellos los presos del Palacio arriba mencionado, muchos sufrieron, muchos años después, miserias, toda España se detuvo, se paró y se destrozó en una lucha entre hermanos que jamás debe de repetirse. In memoriam.)

Foto de la torre del Palacio del Marqués de Mancera. Durante muchos años internado de Postulantes y Colegio de las Siervas de María. Foto realizada por Blas Rivera).

MI CREACION....(poesía)

He creado los sueños imposibles llenos de nostalgias y recuerdos,
llenos de quebrantos por la pena, llenos de tristezas y de miedos.
He creado un universo sin estrellas, firmamentos sin luna, sin luceros,
caminos empedrados de rutinas, con lodazales negros y con cienos,
he creado un lugar al que volver, cuando la noche negra me hipnotiza,
cuando se seca el mar, se funde el hielo de los polos, y el desierto se queda sin su brisa
.
Creé mi mundo extraño, el que transito, el que camino, el que horado con mi pena,
creé la idea de un corazón libre, sin saber que solo era quimera.
Quimérica verdad, real, tangible, palpable, cruel, endiablada realidad traidora,
que me cuelga de una Cruz invisible, que mece mi pena, y mi alma llora,
y creé el deseo de no existir, de ser aire que se enreda en las espinas de rosales,
en los cardos del camino, en las púas crueles y tenaces de cepos colocados en los ríos.
He creado a mi imagén, humana e imperfecta, lo que el corazón dictaba,
lo que el alma perseguía, lo que solo deseaba, lo que en el espíritu vivía.

... Y creé tu nombre, lo hice carne, y creé el deseo de poseerte,
y he creado la voz para nombrarte, y creé la locura de quererte,
y por crear, sin saber que lo creaba, cree el poder para olvidarte,
para lanzarte fuera del Edén, para maldecirte y para odiarte.
Me hice Dios, creé la Vida, y la vida te quité... y la vida me quitaste.