18 ago. 2013

LOS DIALOGOS CON ALBERTO...(la sabiduria de la niñez)

Ser madre un poco mayor, tener ya la capacidad para reirte hasta de tu sombra, de no montar el número por unos dedos marcados en la puerta, por la rotura de un cristal, por un balonazo en la pared, lo que te da, aparte de mucha paciencia, es el sentimiento de que vuelves a vivir una niñez que se alejó muchos años atrás, tantos que no la recuerdo, pero que mi hijo me hace revivir. Alberto es como yo, por ese extraño poder de los genes, el chiquillo ha heredado a su madre, en lo bueno y en lo malo, y en el físico, que ya es demasiado. Las conversaciones con mi hijo menor son mucho más entretenidas que cualquier libro, cualquier película o cualquier paseo. Ahora, en la edad en que debería de estar haciendo senderismo, leyendo durante horas, manteniendo mi casa impoluta y mi vida resuelta, resulta que yo tengo otro hobbie, uno algo más extraño, pero desde luego mucho más enriquecedor que todo eso. Mis diálogos con Alberto.
Alberto es un niño que charla, mucho, mal pero mucho, como yo, ya os digo que me ha heredado. Un niño al que una pregunta cualquiera le da pie para explayarse, explicarte y narrarte, pero sobre todo aclararte. A la simple pregunta de "¿Te pusiste protector?" él te cuenta cuántas veces, en dónde, quien se lo puso, que se llenó la boca, que no se ha quemado, que el agua estaba caliente, que nadó solo (bueno, a mi amenaza de preguntar si eso es verdad, él añade que lo ayudó Carlos y Martín, pero que él nadó un poquito solo también). Es un niño despierto, al que coges en una falta y encuentra la excusa más peregrina (que diría mi abuela) que se pueda imaginar, pero por raro que parezca, la más convincente, terminas riéndote a sus espaldas, para que no vea el enfado. Pillado en falta recurre al diálogo, a explicarse correctamente en el fondo, aunque su lenguaje vaya por detrás, pero si te detienes, si le escuchas, si desmenuzas lo que te dice, enseguida comprendes el alcance adulto de sus imperfectas explicaciones...
Tengo dos hijos, las que somos madres sabemos que los hijos son distintos unos de otros, del mismo vientre y distinto temple, que dice mi vecina Ana. Martín era la serenidad, la tranquilidad, la concentración... Alberto es un torbellino, tiene que estar en todo, conversaciones, dibujos en la tele, puzzle a medio hacer, abarca un mundo, y entre ese mundo charla y charla, te va contándo, te va explicando, te va narrando ese mundo infantil que engancha, que encadena, que me hace feliz y me hace sonreír. Coge los rebotes que cogía su mami, los mismos, hace los mismos gestos, se encierra como yo hacía, se le pasan en cinco minutos, vuelve y retoma la conversación, porque eso sí, mi peque no puede estar en silencio...como su mami... Me dicen en el cole que se distrae, y es que he descubierto que, a diferencia de mí (algo tenía que tener diferente) los libros le interesan poco...
Yo ya soy de las que no me alarmo, a lo largo de mi vida he conocido compañeros que se distraían, que iban rezagados, pero eso sí, a los veinte años todos sabíamos leer, nuestras madres ni se traumatizaban ni se ponían histéricas, mi hijo me da la tranquilidad del tiempo, ese que consigue todo, que hará que preste atención cuando llegue la hora, terminará leyendo, terminará escribiendo, la vida te demuestra que no por mucho madrugar amanece más temprano, porque lo que Alberto sí me demuestra es que es inteligente, vivo, activo y a mis años, eso, precisamente eso, es lo único que me importa, que esté sano, que sea feliz, que mantenga su capacidad de cariño, ese besuqueo insistente, esos enfados por todo, tiene mal perder, mal obedecer, es insolente, es respondón, es rebelde... es como yo era, así que, ahora precisamente comprendo a mi madre más que nunca cuando, la pobre, me dice de vez en cuando "¡Lo que yo pasé contigo!"...
Mi vida tiene ahora el mejor de los motores, tiene a mis hijos, en especial y quizás por llegar cuando nadie lo esperaba, por traer lo que ha traído, pero sobre todo por ser como es, tiene a Alberto, que la voltea, que la hace divertida, preocupada y feliz. Jamás nadie podrá tener idea de lo que dan de sí los diálogos con Alberto, esos que un día echaré de menos, porque sé que se me irá, que se alejará, que habrá un día en que hable menos, hable menos conmigo, y regale sus diálogos a otras gentes... Por eso, como eso ya lo sé, ahora los disfruto, los aliento, los aplaudo y los fomento. Ahora que todavía es capaz de dialogar conmigo con toda su inocencia, con toda su sinceridad y con toda la lógica que da la niñez, una lógica aplastante, que me demuestra que los niños son sabios, que enseñan mucho, que basta escucharles para darte cuenta de que la vida es mucho más fácil de lo que hemos terminado creyéndo....