27 ago. 2013

BUSCAME EN EL VIENTO... (Pequeño relato)

Al tercer día salió a dar un paseo, corto, unos pasos pequeños que le hicieran ver que fuera existía la vida, que aquel zulo lujoso y cómodo debería de ser el reposo del guerrero, no la prisión para el amor. Fuera hacía frío, desde las montañas unas nubes amenazaban con tormenta pero él agradecía aquel viento que le golpeaba en la cara y le hacía entornar los ojos. Se detuvo delante de una farmacia, frente al río, bajaba caudaloso, estruendo del agua chocando entre ella y con mil rocas alojadas en su fondo. Las gentes caminaban deprisa, sin darse tregua para admirar la belleza del paisaje. Miró la hora, apenas veinte minutos fuera y ya la echaba de menos. Después de aquella discusión sin motivo, aquella conversación extraña que había derivado en el enfado de Silvia, en el suyo propio, incapaz de controlar su rabia, incapaz de sosegarla a ella. El portazo en el baño, ella huyendo de él, de sus palabras, de sus recriminaciones. Siempre igual, siempre lo mismo. Se habían jurado que aquella vez sería distinto. Se lo juraron cada vez que planearon el encuentro, no habría discusiones, ni tensiones, ni silencios a preguntas importantes, era su tiempo, era su momento, era la ocasión perfecta para hacer perfectos los besos. Aquella misma mañana, cuando ascendían en el coche hacía la montaña, a ver cómo amanecía, a ver salir el sol, a sentir el frío viento que bajaba hasta aquel prado que hacía de merendero, la baranda de madera, ella asomada al abismo, intentando contenerse mientras él le juraba, ella le contaba, le narraba, le lloraba en el pecho, abrazada a él, abrazo del que él se zafaba, que él rechazaba. Hasta que comprendió que ella solo intentaba comprender, solo quería que él la abrazara, que la mirara y le dijera que todo aquello era verdad, que lo que vivían era real, solo de ellos, solo de sus corazones y de sus mundos, que los celos que sentía eran infundados, que ya no existían demonios que la persiguieran en la noche, entre sus sueños. Ella solo quería que la mirara a los ojos y le dijera la verdad. Esa verdad que dolería, pero que ella aceptaría, porque sabía que fue, que ya no era. Y él había entendido, y cerró los ojos, y la abrazó fuerte. Al al separarla se la quedó mirando como quien mira un tesoro, algo intocable, algo que se creó solo para ser mirado, solo para ser amado lejos, para no romperlo, y sus manos, las manos grandes de él en los hombros desnudos de ella:
- Te juro por mi madre, que es lo que más quiero, que nadie hay, que hubo, sí, pero hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo... sé que te mentí, que te hice sufrir, pero comprendí tu dolor y supe de mi mentira, ahora ya no, Silvia, ahora no hay nadie, nadie más que tú...
Y todo había terminado, en silencio, entre los verdes diversos, los sonidos de agua, los vientos helados en pleno verano. Todo se cerró en aquel beso, ocultos al mundo, en la cima del mundo, el mundo a sus pies. Todo quedó prendido de los ojos de los dos, el amor es así, se instala en las miradas, las que habían compartido ya desde años, a la vista de todos, sin que nadie les viera, sin ocultar que se miraban pero sabiendo que nadie sabía. El amor es eso, mirarse y hablar.
Y sin embargo, toda la perfección creada se quedó rota, sin avisar. Se habían amado en aquella cama blanca, después de comer en la hierba, sobre la manta, riendo, tocándo el cuerpo del otro, con desdén, sin buscar, por el sencillo placer de tocarse, para cuando ya no fuera, para cuando ya no estuvieran. Y en la habitación, en aquella habitación blanca y luminosa, por donde se colaba el sol entre las rendijas de la persiana comenzó la batalla. El comentario de él, sin pretender ofenderla, ella ofendida, estaba tocando su vida, a los suyos, no lo permitía. Y ella respondiendo, guerrera, saltando de la cama como una leona, Germán no sabía el motivo por el que el cielo se había abierto en aquel aluvión de acusaciones y gritos...hasta el portazo. Y entonces, en silencio se vistió, se miró en el espejo del armario, golpeó con los nudillos la puerta del baño, nada, sin respuesta. Recogió las llaves de la mesita y se fue. Y ahora vagaba cruzando el puente, buscando su coche, se iba. Ya no podía más. Ya solo quería alejarse, instalarse en un cómodo lugar desde el que observar como sus días iban pasando, sin pena ni gloria, sin altibajos, sin palabras de ella, sin besos de ella, sin ilusiones con ella, sin futuro, pero calmado. Miró el móvil, sabía que ocurriría, siempre era así. Discusión. Mensaje. Perdón, Reconciliación. Un ciclo demasiado doloroso ya. Ya no. Lo había decidido mientras esperaba el ascensor, mientras caminaba solo, mientras buscaba el coche... Abrió el mensaje y vio la foto. La de aquella mañana, la que se hicieron sentados en aquel banco de piedra, ella en sus rodillas, él besando su cuello, la sonrisa de ella, los ojos cerrados, los de los dos. Imagén de un adiós que sabían cercano. El amor es eso. Saber que se acerca el final, luchar porque no llegue, sabiendo que llega. Leyó el texto, el escueto texto de ella, a pie de foto: "Ha sido la última vez".... Respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás, otro mensaje, otra imagen, otra foto. De los dos. Un beso, unos labios en otros labios. Se le escapó un gemido de dolor, una especie de llanto lastimero y profundo: "Búscame en el viento"...

LUGARES PARA ENCONTRAR "LAS MANECILLAS..." Y "EL INFIERNO..."




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- Granada.- Librería Lima-Arco. C/. Sánchez Mariscal, 5.

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