4 sept. 2013

LA VISITA DE LA SUEGRA...(Mi madre)

No sé por qué esa manía o esa leyenda de que los yernos odian a las suegras. Mi marido, es decir el yerno de mi madre, está loco de contento desde que sabe que en dos días estará en casa (puedo prometer y prometo que es cierto), no entiendo muy bien esa complicidad con la señora que me dió el ser, pero ando sospechando que se trata de una confabulación. Esto se debe a que mi madre (a la que adoro, venero, quiero con toda la fuerza de mi ser) y yo somos totalmente incompatibles. Mi madre es la señora que, cuando estoy por la cocina, fabricando el sustento diario, se acerca por detrás, con el consiguiente susto para mi persona, mira por encima del hombro, me pregunta qué le puse al guiso, se lo digo, me rectifica, me dice que me equivoqué, me aconseja sobre lo que ella le pondría y termina criticando hasta la cacerola... Primera etapa, superada, porque eso ya me lo conozco y suspiró profundamente, digo alguna gracia y todo se solventa... Mi madre es esa señora que, cuando mi esposo y yo estamos intentando acercar posturas sobre un tema en el que diferimos se coloca, invariablemente, al lado de su yerno, ¡esto sí que me fastidia!, para mi señora madre todo lo hecho, dicho, pensado, omitido, supuesto y callado por su yerno es la razón absoluta... yo suelo levantar las cejas, poner cara de "¡No me lo puedo creer!", me cojo un mosqueo importante, mi boca guarda silencio hasta que considero que las alabanzas terminan y sigue la vida en su lento fluir.
Mi marido adora a su suegra ¡cómo no!, con suegras así no te quedan motivos para temerlas... sobre todo si, cuando mi señor marido llega de trabajar y se encuentra que su señora suegra se ofrece para prepararle el café, para dejarle el mejor sitio, para ordenar silencio porque tiene que dormir siesta. Porque mi señora madre, como todas o la mayoría de las señoras madres de más de setenta años, fueron educadas en la creencia de que hay que tener al hombre contento y feliz... y ahí conmigo choca un poco (o un mucho, si soy sincera)... Le digo que Dios le dió pies a él también, ella hace oídos sordos, le digo que es la hora de dormir de Alberto, ella dice que es verano, le digo que no puede comer dulces, y ella se los come a escondidas, y yo hago que no me entero, porque al final, como mi abuela decía, un día me moriré, al menos déjame que me muera feliz... Mi madre me visita en dos días, se saltará las normas a la torera, y es que, las apariencias engañan (risas), mi madre da la impresión de ser obediente, pero en el fondo, quienes la conocemos, es una rebelde, (no sé yo a quién habré salido), discute por todo, lleva la contraria por puro placer, no da su brazo a torcer y aunque me he cortado el pelo (y ella me lo pedía a gritos) terminará encontrándome algún defecto... eso sí, luego, cuando nos quedamos a solas, relajadas, mientras escribo, la descubro mirándome, rezando su eterno rosario en voz baja (aunque sea en voz baja doy fé de que me entero hasta de como pasa las cuentas), la miro, me sonríe, nos sonreímos...le digo que la quiero, porque yo, lo que no quiero, es quedarme sin ella sin que sepa que la quiero... Y sé que su yerno también se lo dice, porque le he oído... Y sé que no hay nada más hermoso que, cuando vas a entrar a una estancia en donde están dos de las personas que ocupan mi corazón, te sorprendan las palabras de "¡Abuela, no sabes tú cómo te quiero!"... porque es una simple frase, pero que encierra todo lo que mi madre le ha entregado a su yerno...
Y ahora sí, ahora llega la visita de la suegra, esa fea palabra que se usa a veces con desprecio, de forma despectiva, pero que, en mi caso, en el caso de mi señor marido, cuando va dirigida a mi señora madre, está llena de cariño... Aquí la esperamos, con los brazos abiertos, la paciencia bien pulida, mi sonrisa, sus rosarios y sus miradas que todavía me hacen mucha falta... y a su yerno también....