30 sept. 2013

EL DESGARRO DEL ADIOS... (Laura, "Las manecillas del reloj")

Había revisado que todas las ventanas estuvieran cerradas, de pie en el recibidor recorrió aquel espacio. Se encaminó hasta el patio, miró con pena cada planta, cada maceta que ella había colocado y Miguel cuidó. Había encargado a Montse que regara las plantas de vez en cuando, o que se las llevara al chalet, al monte, allí serían felices, crecerían y estarían cuidadas. En aquel monte donde Miguel le
ofreció comprar una casa para ellos. Tenía ganas de llorar, abrazada a la urna, acompañada por él, acariciando el bronce que contenía sus restos. Le llevaba con ella, todo lo que tenía que hacer era salir y cerrar la puerta, porque ya Miguel la acompañaba; en aquella ocasión no la iba a dejar en la marquesina de una parada de bus, esta vez él se iba con ella. Anduvo con paso firme por el pasillo, haciendo sonar sus tacones, cerró la puerta blanca, aquella placa con sus dos nombres. La lámpara de la escalera con sus reflejos verdes y naranjas, iluminándola mientras bajaba intentando no llorar, nos vamos cariño, volvemos a casa, apretando la urna contra su pecho. Ya terminó todo, ya estás conmigo, ahora ya eres feliz. Y el último peldaño, temblando,
fuimos felices, lo poco que pudimos, pero lo fuimos, siento mucho haberte hecho tan desgraciado, no supe hacerlo mejor, cariño. Volvamos a casa para siempre.

  Cuándo salió fuera una ráfaga de viento movió su pelo, las lágrimas le corrían por la cara, Marcos y las niñas la miraron, el médico indicándoles que no dijeran nada, que la dejaran desahogar su dolor. Se acercó al coche, abrió la puerta sin soltar la urna, seguía llorando, la voz quebrada, sin mirar a Marcos, entrando dentro, sentada en el asiento del copiloto:
—¡Vámonos, Marcos, volvemos a casa! —y rompió a llorar con toda la pena acumulada durante años.
La mano de Elena, desde atrás, en el hombro convulso de su madre, viendo por el espejo su rostro descompuesto y escuchando aquel llanto desgarrado. Marcos tensando los músculos de su cara.
Cati colocándose el cinturón, lloraba. Elena y ella envueltas en un llanto silencioso, acompañando a aquel otro lleno de sonidos dolientes y tristes. Dejando que el silencio envolviera de calma, poco a
poco, a la mujer que abrazaba una urna, en donde se llevaba al hombre de su vida, al lugar en dónde empezó su historia, en donde iba a terminarla, dejándola despedirse de cada rincón que ahora pasaba delante de ella, cada rincón de Sant Juliá de Lória, aquel pueblecito perdido de Andorra, en el que había sido feliz en una época de su vida que se había ido para siempre. Laura hablándole a Miguel, con aquellos testigos mudos, aquellos que entendían su dolor y su pena. Los que la escuchaban respetando su despedida llena de palabras rotas:
—Te vas, Miguel, a tu tierra, al sitio que siempre te llenó de vida, ¡fíjate!, dejas todo esto atrás, edificios iluminados por ti, llenos de vida porque tú los hiciste vivos, calles que has pateado —la voz agotada pero continua, aquel sonido de quien sabe que la persona que se va la escucha—, ¡cuántas veces me preguntaste qué habías venido a buscar aquí!, ¡cuánta furia en tus palabras cuando lo preguntabas!, viniste a buscar la vida, y ahora yo te devuelvo a un lugar para que vivas para siempre…
Cati volvía la cabeza hacía la ventanilla, habían cogido la carretera hacía la frontera, miraba lo que había sido su hogar y sin embargo no tenía pena por dejarlo, porque dentro de aquél coche estaba aprendiendo lo que era en realidad un hogar y una familia. Los lamentos suaves de Laura, sus frases incompletas, hablándole al padre ido, al hombre que la amó. Aquella cantinela que parecía no terminar nunca:
—Me diste el mundo, cariño, te has ido dándome el mundo, y yo no supe que me lo estabas dando, te has ido susurrándome un te quiero sin llanto, como hacías cuando nos veíamos a escondidas en aquel tiempo que no era lícito lo nuestro. Quiero una sonrisa, me decías, no quiero llantos —y acariciaba aquel recipiente lleno de él—, permite que ahora llore, lo que no pude llorar en cada despedida, las lágrimas que tú no me dejabas derramar…


Es un trozo de uno de los capítulos finales de "Las manecillas del reloj". Hay despedidas desgarradas, esas que revientan el alma, las que se sufren sabiendo que todo fue y nada será ya... y esta noche me gustó encontrar este trozo y quise compartirlo en este blog que, creo (ahora no recuerdo del todo) nunca ha "albergado" un texto tan largo de la historia de Laura y Miguel... Ya era hora que lo hiciera, porque por ellos se creó este blog, a raíz de su historia, es justo pago que estén presentes en él.