1 oct. 2013

RECORDARTE ENTRE BESOS... (Poesía)

Recordarte besándome despacio,
bajando por mi cuello y por mi espalda,
recordar las yemas de tus dedos
en mis labios, tus manos en las mías,
tu beso en mi palabra,
tu amor y mi agonía,
recordar y huir de la vida que nos ata.

Recordarte mirándome despacio,
rozándome los pechos, besándome los hombros,
susurrándome el concepto de los tiempos,
la agonía de las horas en la quietud de mis ojos,
y sentir tu lengua entre mis piernas,
tu voz hecha murmullo, el agua de tu boca,
tu aliento que da vida,
mi aliento que la roba,
que te roba la tuya para hacerla mía,
robándote en tus besos la nieve de tu cuerpo,
dejándo que la noche persiga nuestro sueño,
que are en nuestros campos,
que siembre en mis entrañas,
que busque los senderos
que ocultan mis montañas.

Recordarte perdido entre mis brazos,
murmullos de horizontes azules
y de lagos serenos,
y agonía del amor compartido,
del placer que se cumple,
de los cielos completos,
repletos de ternura que derrama tu mano,
la que cubre mi cuerpo y recorre mi rostro,
la que muerde mi boca,
la que bebe mi néctar,
la que huye del mundo
la que crea las caricias
de tus manos expertas.

Recordarte entre besos y olvidos,
entre lunas y noches,
entre soles y días,
y besarte de nuevo,
y besar tu recuerdo,
y sentir tu mirada enredada en la mía.-


EL LÁPIZ ROJO... (Relato breve).

Celia jugueteó con sus dedos a la espalda. Había llegado contenta del colegio, le habían dado un regalo, un lápiz de color rojo como premio por la descripción que hizo de su domingo, aquel que pasó jugando con sus muñecas recortables, las que su abuelo le traía siempre que iba a comprar tabaco. El pueblo era pequeño y en el estanco, aquel que tenía el mostrador de madera, el que atendía Pepa, con su moño apretado y su delantal a cuadros, se encontraba todo aquello que iluminaba el rostro de la niña cuando acompañaba al abuelo a buscar su picadura. Celia miraba a su abuelo líar aquellos cigarros con una maestría precisa que la asombraba, le pedía, de vez en cuando, en aquellas visitas al viejo estanco, unas muñecas recortables, unos cromos o algún cuento. Celia era una niña de ojos vivarachos y carácter alegre, sonreía siempre, le gustaba leer, era lo que más le gustaba, leía en voz alta, siempre. Su abuelo se lo pedía, "léeme, Celia", y ella se sentaba en una pequeña silla de anea, cruzaba sus piernas como una jovencita, igual que hacía su maestra en clase, se echaba su trenza sobre el hombro izquierdo y comenzaba la lectura. Y el abuelo fumaba. Y ella soñaba que había escrito aquel cuento lindo en el que una niña pobre que fregaba suelos había llegado a ser una princesa. Y Celía sonreía... Y aquel día le regalaron un lápiz rojo, brillante, sin usar. Tenía cinco años. Se sintió tan dichosa que no le molestó, al llegar a casa, que su madre le ordenara ir a visitar a sus abuelos...a sus otros abuelos. En donde permanecía siempre, durante toda la visita, sentada en una silla de skay, siempre junto a la puerta. Pero aquel día era distinto porque le habían regalado un lápiz rojo, y corrió aquellas calles empedradas, en las que se caía de vez en cuando, pocas veces, era una niña tranquila, solía obedecer la orden de no correr; pero aquel día corrió, con su uniforme marino y su lápiz rojo. Y besó a sus abuelos, y besó a sus tíos, a todos los que se reunían en aquella casa en donde nunca se levantaba la voz.
Mostró su lápiz, feliz, con esa felicidad infantil que dan las cosas que los mayores consideran  insignificantes, ella era feliz. Iba de un rostro a otro con su lápiz:
- Lo conseguí escribiendo -iba explicando-, conté que me lo pasé muy bien el domingo con mis muñecas recortables, y la maestra me ha dado un premio... dice que lo hice muy bien.
Celia tenía cinco años... La edad en que no se entienden las razones de la indiferencia adulta sobre ciertos temas. Celia no comprendía por qué era más importante el nuevo peinado de su prima que su lápiz rojo, pero supo que su lápiz rojo no importaba a nadie... por eso lo escondió, con mucha vergüenza por haberse sentido orgullosa por un simple lápiz... Y ahora jugaba con él, a su espalda, ocultándolo a los ojos de todos, pensando en que no era tan importante, en realidad ella nunca era importante... Nadie se dio cuenta de cuando se fue, anduvo el camino de vuelta muy despacio, mirando su lápiz, de vez en cuando sonreía... Decidió no decir nada en casa, porque, después de todo, un làpiz rojo tampoco era tan importante... Celia volvió a sonreír, aferró su làpiz con fuerza, ella sabía que, aunque los demás lo ignoraran,
había hecho un buen trabajo...