4 oct. 2013

LA RESPIRACIÓN DE UN BESO.... (Pequeño relato).

Él lo sabía. Ella se iría al día siguiente, apenas unas horas. Habían parado a hacer unas gestiones. Él fuera, ella en el coche esperando. Llamó a Sara, aquella amiga que compartía sus risas y sus lágrimas, ella le contó que era feliz, sólo por unas horas, sólo por los instantes que dura la respiración de un beso, pero era feliz. Le vio salir de la oficina, grande y erguido, como siempre, y se lo describía. Era feliz describiéndole, aunque Sara le conociera, aunque sonriera a través de la línea, intentando imaginar a su amiga emocionada mientras le veía acercarse.
Él entró en el coche y ella le pasó el teléfono. Andrés hizo un gesto negativo con la cabeza, pero ella afirmó muy despacio, con aquella sonrisa que lo podía todo, al menos que le podía a él. Y él sabía que ella, en unas horas, sería el hueco en el asiento del copiloto, el hueco en su vida, la ausencia dolorosa que, cuando tenía un mal día le traía el alivio de su sonrisa, de aquella que ella le regalaba, ingenua sonrisa llena de promesas que se habían cumplido, y que aún así, seguían siendo promesas:
- Hola Sara, ¿cómo estás, reina?
A través del teléfono le contestaron, él no apartaba sus ojos de ella, de los ojos oscuros y complacientes, se sonreían. Él respondía a la voz oculta que le iba marcando preguntas y marcando tiempo:
- Hoy estoy genial, pero esto se acaba ya...mañana será otra cosa, y no quiero pensar, porque no debo de pensar...
La mirada de ella, nublada, su sonrisa cómplice, siempre llena de esas promesas que ya se cumplieron, diciéndole con las pequeñas lágrimas que le corrían por las mejillas que volvería, algún día, cuando él se lo pidiera, ella volvería, que aquellos días habían sido estupendos; siempre lo eran, diciéndole que fue feliz, que olvidó ya las tensiones de aquel día, cuando ella preguntó verdades y el contestó verdades, porque sabía que ella, que Coral, ya las sabía...y ya se había cansado de mentirle, se había cansado de ser el malo de la pelicula, porque aquellas mentiras contadas al principio no habían hecho sino dañarla, borrar la sonrisa que tenía frente a él, aquella de las promesas cumplidas pero que seguían siendo promesas. Ya no más. Ya eran ellos. Ya habían decidido que eran justo lo que necesitaban, el uno al otro, así de simple. Nadie más. Ni siquiera hablaban en plural cuando se referían a sus vidas. "¿Qué harás hoy, nena?". "Voy a comer fuera". Y él sabía que eran dos, pero ella borraba el resto con aquella frase que no incluía más que a su persona, más que a la que a él, a Andrés, le importaba.

Conducía de vuelta, iban a ir a comer. Al menos en eso habían quedado. Él miró el reloj, giró el coche en una rotonda y cambió de dirección:
- ¿Dónde vamos?
- A mi casa.
Coral murmullo un "ah" temeroso y levantó las cejas. No quería decir nada más. Pero el corazón le había comenzado a latir con más fuerza:
- Creo que no debemos de ir a tu casa, Andrés...
- Te vas mañana, y quiero tenerte en el lugar en dónde siempre te pienso...aunque sólo sea en recuerdos...
Coral sonrió, miró hacia adelante, bajó las gafas de sol hasta sus ojos y lloró. Siempre imaginó, cuando le contaban historias de amores profundos, el coraje de los amantes; nunca pensó que un día le tocaría vivirlo a ella. Sara, a veces, le decía que lo suyo era "amar imposibles", pero el destino le había demostrado que se equivocaba, que amaba lo posible, aunque lo posible nunca fuera para el resto del mundo. ¿Qué importaba?. Lo posible o lo imposible lo hacían ellos. Y hasta entonces, hasta aquella mañana calurosa de verano, todo lo habían hecho posible.

Y se miró en el espejo mientras le amaba despacio, mientras recorría con sus labios y sus pestañas cada centímetro de su rostro. Mientras él la miraba, le retenía la cara entre las manos y le susurraba frases que se quedaban prendidas de su cuello y de su pelo. Y el espejo del cabecero de la cama le devolvía la imagen de una mujer feliz. Porque era feliz, sólo por unas horas, sólo por los instantes que dura la respiración de un beso, pero era feliz.-