19 oct. 2013

LA NOSTALGIA DEL OTOÑO...(Recuerdos de mi niñez)

Los otoños nacían siempre entre hojas secas que pisaba sin piedad. Me gustaba caminar por la plaza del pueblo, porque toda ella se llenaba de hojas de color naranja y marrón, frágiles como un suspiro, esperando que mis zapatos "Gorila", aquellos horribles zapatos que mi madre me compraba un número más grande, dejaran caer todo el peso de mi pequeño cuerpo sobre ellas. Las rompía con pena. Las oía crujir bajo mis pies, como si se lamentaran por última vez antes de morir.
Los otoños eran fríos, se presentía el invierno, se dejaba sospechar en aquellas brumas matinales, las que me acompañaban camino del colegio. Mi uniforme azul marino, con sus pliegues y su faldita por encima de las rodillas. Mi madre me compraba a finales de septiembre leotardos marino; los odiaba. Mi madre tenía la manía de abrigarme en exceso, pendiente siempre de mis anginas, las que aparecían con el otoño y ya no se iban hasta que la primavera mediaba... Pero me gustaba el otoño, con el ruido de los árboles, aquellos árboles enormes que jalonaban los márgenes de las calles, los que ahora, cuando visito mi pueblo, han desaparecido, aquellos márgenes convertidos en aceras enlosadas, olvidadas ya las piedras dispares, oscuras y gastadas, de mis recuerdos. Montejícar se llenaba por las tardes de olor a castañas asadas; yo solía sentarme en aquel poyete elevado sobre el nivel de la calle, con el papel de estraza que mi madre me ponía en la falda, para no mancharla, y mis castañas, a las que aborrecía profundamente en el momento justo en que se resistian a ser peladas. Me gustaban las castañas crudas. Me recreaba en su crujir en mi boca y en su sabor increíble... Me gustaba el otoño. Me gustaba la letanía de mujeres, enlutadas en su mayoría, que comenzaban el recorrido, a mitad de octubre, por la calle Santa Ana, la calle Joya, la calle Álamos, para confluir en aquel punto en el que arrancaba el camino del cementerio. Cubos de plástico azules, casi todos azules, alguno de aluminio, en su interior bayetas que fueron sacadas de viejas camisetas de gamuza, las que los varones usaban para mitigar los fríos inmisericordes del invierno montejiqueño. Las que habían sido sudadas en trabajos mal remunerados, mal reconocidos, bajo soles invernales y fríos arrastrados por las sierras para congelar el alma... Y ellas en grupos, charlando, camino de aquel lugar en el que reposaban los que se fueron, los que las vistieron, para siempre ya, de luto... El luto riguroso del mes de noviembre, aquel color a los que los niños y niñas de una generación nos acostumbramos. Nuestras abuelas no eran jóvenes mujeres vestidas con colores resplandescientes. Nuestras abuelas era rostros benditos enmarcados perfectamente por un cabello recogido en un moño, vestidas de negro, con delantales a cuadros, con la expresión de la ternura y del dolor en sus caras divinas, aquellas que nos besaban y nos mimaban, porque nuestras abuelas, las que acudían al cementerio a honrar a los suyos con sus rezos y sus recuerdos, habían vivido la devastación y el llanto, y habían aprendido a sonreír a sus nietos, a amarlos más que a nadie, porque descubrieron que la vida puede cambiar, que se puede llevar el brillo de ojos infantiles, porque ellas vivieron la despedida de niños como sus nietos... Y a mí me gustaba el otoño...
Me sigue gustando el otoño, con sus días de clima incierto y su calor a destiempo, con sus fríos matinales y sus colores imposibles en árboles que se siguen moviendo con calma y furia, según los golpee el viento... Me gusta el otoño porque trae la nostalgia de lo ido y el recuerdo de lo eterno, y me hace recordar días infinitos de colegio, compañeras niñas con sus uniformes marino y sus zapatos "Gorila"... las que pateaban, junto a mí, aquella plaza aplastando hojas...
Hoy recordé el otoño de mi infancia, al cruzar la Plaza de la Iglesia de Huelma, no es la de Montejícar, porque el destino me ha regalado otro paisaje otoñal...cuando descubrí a niños corriendo, cuando volví a ver hojas secas y tuve el impulso de pisarlas, y sonreí, porque no fueron mis pies, sino los de mi hijo los que aplastaron hoy las hojas... esas hojas otoñales que adornaron y embellecieron los árboles en una primavera y un verano que ya se fueron... Me gusta el otoño, me sigue gustando el otoño... como cuando era niña...