23 oct. 2013

LA DESCOORDINACIÓN SEXUAL...(Reflexiones de una madurita)

En ocasiones pienso que eso de que la naturaleza es sabia lo decimos por decir... porque algunos fallos son muy notables y se le debió de quedar la sabiduria perdida en algún rincón. Hablábamos hoy mi amiga Ana y yo sobre la edad; de esas veces que una cosa lleva a la otra y nos encontramos centradas en el tema rey de las conversaciones cachondas, esas que te llevan a decir barbaridades que, cuando las piensas, no lo son tanto. Hablábamos de la descoordinación sexual. Pues sí. La hay. Retrocedíamos a la adolescencia, a esa edad que unida a la juventud, es la única en la que la naturaleza dejó su sabiduría en el tema sexual, por aquello de que altera las hormonas de ambos sexos y nos hace creer que eso durará siempre... bueno, debería de ser así, pero no... Medicamente, psicológicamente y estadísticamente, está comprobado que la mujer alcanza su mayor deseo y plenitud sexual después de los veinte, cercana a los treinta y sobrepasados estos. Los varones la agotan en la veintena, y digo agotan con todo lo que la palabra conlleva. Así que, cuando una mujer descubre el multiorgasmo, cuando exige, cuando ella responde, ellos se han quedado ya con el depósito vacío, necesitan repostar varias veces para continuar camino, y a veces no hay gasolineras cerca, por lo que el repostaje, al no realizarse, deja al auto parado totalmente. Esto, dicho así, puede parecer algo exagerado, no olvidemos que se habla desde la generalidad, luego están esos super machos que están dispuestos a hacer las 24 horas de Le Mans sin despeinarse, (pocos, pero haberlos haylos). Al llegar a la cuarentena como que los supermachos ya escasean más, mientras que la mujer sigue activa, ha adquirido un conocimiento tal de su cuerpo que es capaz de disfrutar mucho más hasta de un roce, como la Anna de Las sombras de Grey pero en real y con la edad justa. Y ellos entran en eso que se llama "la crisis de los cuarenta", que yo creo que es un mito que ellos se han creado para excusarse por haber gripao el motor antes de la hora... Las mujeres decentes, al llegar a una edad, (al menos algunas) suelen decir que "no les importa demasiado el sexo", pero eso sí, se han leído las Sombras, han alucinao, se han enganchao con ellas y se apuntaron a "No te escondo nada", imagino que para seguir flipando con el sexo de mujeres ajenas a ellas, a las que el sexo todavía les importaba... No es cierto. El tema sexual, como comenté en alguna ocasión, es una necesidad fisiológica, por lo tanto, dura mientras tenemos vida, unas veces con más pena que gloria, pero vive. Lo que pasa es que con la edad, como el dormir, se necesita menos. Y al igual que el dormir, cuando se da una cabezadita, ya se pierde el sueño totalmente. Cuando llegamos a los cincuenta, ellos, los machotes, quieren seguir empeñados en que todo sigue igual, nosotras hemos comprobado que van de farol, y como somos generosas y comprensivas seguimos alabándoles los logros, pero eso sí, seguimos activas, menopáusicas o no, pero activas, ellos están superando la "crisis de los cuarenta" y descubren, de repente, que se les junta con la pitopausia, que existir existe... es decir, que esto conlleva que las gasolineras ya quedan muy lejos, que el repostaje es complicado, que cuando se vacía el depósito cuesta llenarlo y que el bólido se va a la cochera a esperar la próxima carrera enfriando motores... Y nosotras, dueñas absolutas de toda sensación nueva, estamos preparadas para dar tres vueltas al circuito sin despeinarnos... ¡Descordinación total!...
Ellos, hay una edad, en que dejan de ser Ferraris para ser Pegasos, nosotras pasamos de ser utilitarios a ser deportivos, y para quedar bien nos queremos creer que no nos importa, nos lo queremos creer tanto que terminamos creyéndonoslo...pero seguimos leyendo las Sombras, el No te escondo nada, y nos enganchamos con el sexo ajeno... Ellos no, porque ellos, eso sí, entendieron hace mucho que lo que realmente les importa es el tema sexual propio, quedar bien, estar bien, cumplir fantasías y poder repostar a menudo... Y llegados a una edad madurita, a esos requerimientos normales, cuando las señoras queremos parecer "correctas"en las conversaciones con las amigas seguimos diciendo que "menos mal que pasó la fogosidad"... ¿Seguro que lo pensamos?... Entonces ¿por qué nos molesta tanto que ellos miren a otros deportivos? ¿Por qué les criticamos cuando buscan fuera?... Digamos lo que digamos, el problema de descoordinación, el tema del sexo en la madurez nos sigue gustando, porque, como decía la abuela de Ana "cuando la cama se termina, hijas mías, se terminó lo mejor"...
Ya que estamos descoordinados, ya que nosotras vamos un poco por delante, ya que ellos van un poco de farol, ya que demasiado tenemos con pitopausias, menopausias, crisis de los cuarenta, gasolineras lejanas, bólidos cansados, yo pienso que, lo mejor para estar medianamente felices y no tener que recurrir al sexo de una niña de veintiuno es ser sinceras, reconocer que nos siguen poniendo los recorridos por el circuito, aunque sólo podamos dar una vuelta de reconocimiento, aunque nosotras podamos dar dos más pero las aplacemos, reconocer que somos humanas, que tenemos bajos instintos como todo bicho viviente porque, por suerte, somos MUJERES, y como tales sentimos, gozamos y padecemos... A coordinarse pues, que cuando la coordinación existe tanto el piloto como el bólido forman un buen tandém, mejoran los tiempos, y consiguen la pole position... Buenas noches, a posicionarse primeros y calentar motores...

LA NIÑA QUE CORRÍA.... (Poesía)

Volver a ser la niña que corría entre calles de piedra y blancas casas,
riendo porque él me perseguía, y decía mi nombre: "¡No me alcanzas!"
gritaba yo, y mi padre se reía, y me reía yo, y todo estaba.

Recorrer aquellos años con tijeras, sentada en el tranco de una puerta,
haciendo mantelitos de papel, frente a mí cosía mi abuela,
y mi madre cantaba aquella copla, "Bien pagá", copla de pena
que se quedaba enredada entre mi pelo,
yo miraba a mi madre y a mi abuela, y era feliz... y era...

Los años de llantos por partidas,
los abrazos que eran miel y eran azúcar,
olían a trabajo y a comida.

Las manos agrietadas por la vida,
que peinaban mi pelo y tocaban mi cara,
los pasos agarrada de su mano,
los cuentos que su boca me contaba.

Mi padre que tejía con su paciencia
el esparto seco, yo le miraba;
mi abuelo que líaba un cigarrillo,
mi abuela y mi madre... mi edad que se alejaba.
Se llevó la vida lo que tuve,
me dejó el recuerdo de sus rostros,
me dejó en la piel suaves caricias,
se quedaron sus ojos en mi ojos.

La niña que corría por las calles,
falda al viento, desafiando al tiempo,
dejando que la vida pase,
sin saber entonces sufrimientos.
La niña feliz que se escondía debajo de la cama,
escuchando su nombre en la escalera:
"Sé que estás arriba, Encarnita, ¡baja!"
y ahogaba mi risa con la mano,
les hacía esperar; cuando bajaba
la risa de mi abuelo y de mi abuela,
el enfado de mis padres: "¡Castigada!"...

Se fue todo, es cruel la vida, que nos crea amor,
que nos da magia, que nos roba luego lo entregado,
que nos vuelve a dejar sin nada...
Los días de otoño... infinitos días,
que llenan la memoria de nostalgia,
los ojos de lágrimas calladas,
de recuerdos la mirada...

Mi niñez feliz, aquella niña que corría
buscando el refugio de los brazos,
los que la abrazaban, los que la guiaban,
los que le enseñaron de partidas y de llantos...