26 oct. 2013

ME QUEDÓ EL RECUERDO... (En recuerdo a mis abuelos)

Mañana es veintiseis de octubre... No, hoy ya es veintiséis de octubre... Era el año mil novecientos ochenta y tres, era un día soleado, fue un día soleado, con el frío otoñal propio de los montes, el que, en aquellos años de normalidad climatológica, llegaba a finales de septiembre... Hacía una semana que habíamos vuelto de la vendimia francesa. Mi abuelo Jacinto no estaba bien...aparecí por el fondo de la calle, no me esperaba, sentado en su silla de anea, con aquel extraño mal que se le había instalado dentro desde el verano, que no se sabía qué era, pero no le dejaba tranquilo. Y me abrazó llorando, y yo le dije que ya había vuelto, que ya estaba allí y que todo estaba bien. Y él al oído me respondió "Menos mal que habéis venido, porque no estoy bien"... Y aquella noche, siete días después, mi abuelo se me fue. El abuelo que me contaba cuentos, que me hacía acompañarle a buscar agua, que me defendía de los enfados de mi madre, que se quitaba la gorra cuando televisaban la misa, que excusaba a mi abuela y sus eternos rosarios con aquella frase con la que me reía "Es que adornan el rosario, niña, le rezan a todo el santoral"... El abuelo que me vio llorar por que rompí con mi primer noviete, que con sus leves movimientos de cabeza profetizó lo de "Otro vendrá que te querrá más"... El hombre prudente, el hombre callado, el que "soportó" a mi abuela, tan exigente, con aquel genio de hembra curtida. Mi abuelo Jacinto se me fue una noche, camino de casa, porque en el hospital ya no podían hacer nada, y el camino de vuelta lo engulló, y no pudo ver a su niña, como me llamaba, ni su niña le pudo decir adiós... Octubre me llenó de despedidas la vida... la de mis dos abuelos, el veintinueve, casi yéndose ya, se llevó a mi abuela, en el mil novecientos noventa y dos... Pocos días y unos pocos años de diferencia... Mi abuela, que decidió marcharse en silencio, igual que él, unos días sólo para que supiéramos que su carácter se apagaba, que sus exigencias ya no estarían, que aquellas comidas que cocinaba con pocos medios y mucha magia ya no serían más, la abuela que me acostaba entre ella y mi abuelo, cuando todavía no estaban las normas sanitarias tan extremas, y los niños nos metíamos en las mismas camas que los mayores, en colchones de lana mullida por ella, en cámaras que hacían de dormitorios; mi abuela que me enseñó a rezar por las noches, que me hacía mi trenza cuando mi madre no estaba, que acudía al colegio a recogerme porque la aceituna me privaba, por unos días, de la presencia de mi madre... La misma abuela que me vio salir vestida de novia, que me dijo que ya nada volvería a ser lo mismo en mi vida... Mis dos abuelos... los dos se me fueron en octubre... Octubre da sus últimos coletazos, y con él se lleva los recuerdos de otros años, de otros momentos... Octubre que me trajo la noticia de que mi padre se me iba, que me hizo fuerte en aquel viaje de vuelta, sabiendo que tenía que prepararme para el adiós más doloroso vivido hasta ahora... Octubre cruel, que no entendía de deseos imposibles... Hoy ya es veintiseis... Ni un sólo año olvidé este día, porque este día se me fue mi abuelo, porque tres días después dejé a mi abuela dormida para siempre, y yo no estaba tumbada con ella, como lo hacía de niña... He llenado mis despedidas de minutos otoñales en octubre... Ahora ya, con los años, sé que me quedó el recuerdo, que eso nadie me lo podrá arrancar jamás, sé que fueron míos y yo fui suya, su niña, y ellos fueron ejemplo y ternura en manos trabajadas, en paciencias domadas por mis caprichos... Se va octubre, hoy ya es veintiseis... Octubre lleva siendo generoso algún tiempo, pero cada año, cuando comienza, cierro los ojos, cruzo los dedos, les invoco y les pido que Octubre no me robe más cachitos de mi alma...


Foto de Blas Rivera.-