1 nov. 2013

DÍA DE DIFUNTOS, LOS ABRIGOS NUEVOS... (Recuerdos de una adolescente)

Amanecía el día con el olor a leña quemada, repique de campanas, brumas entre los olivos y en la Sierra. Me asomaba a la ventana de mi dormitorio, todavía el pijama puesto, abría los postigos y subía la persiana, aquella persiana de cuerda que se hacía lazo en las rejas; y sonreía. Sabía que era el día en que estrenaba mi nuevo abrigo, que vendrían los chicos que estudiaban en Granada, que nos encontraríamos con ellos en el puente, que nos acercaríamos tímidas; todavía estaban prohíbídos los castos besos en la mejilla, nos bastaba un apretón de manos para que la electricidad nos recorriera enteras en aquella edad de aquel tiempo en que la inocencia todavía no se había perdido y el más leve roce te encendía el rostro y te lo llenaba de un calor sospechoso lleno de cosquilleos en el estómago; años después supimos que eran mariposas, esas que revoloteaban porque una mano había rozado otra mano, y con aquello las hacía felices. Mi madre preparaba el desayuno con tortitas de limón y canela, y buñuelos, que en mi pueblo se llaman papajotes y con un tazón de café con leche...y yo comía rápido, porque tenía que arreglarme y estrenar mi abrigo nuevo... La misa de doce estaba plagada de cardados, de rezos contenidos, de canciones tristes...y de abrigos nuevos. Y la iglesia despedía el frío cruel que iba ascendiendo, poco a poco, desde los talones hasta las ingles. Pero se detenía allí, desde ese punto para arriba todo era más caluroso, más insospechado, más íntimo, más secreto...y yo me arrebujaba en mi abrigo nuevo, igual que aquellos que invadían el  espacio sagrado y congelado.
El camino hacia el cementerio lo hacíamos con las risas suaves y tímidas de los años, los trece años son demasiado descarados y nos habían enseñado que debían de ser recatados y discretos; ellos, los chicos, caminaban unos pasos más atrás, nos hablaban a las espaldas y sonreíamos, nos tapábamos la boca con la palma de las manos, ocultos los labios alegres a las miradas recriminadoras de las mujeres mayores que volvían, que se cruzaban con nosotras y nos reprendían con sus gestos por aquella alegría infantil, alegría prohíbida en un día que se teñía de negro, pero al que ponía color nuestros nuevos abrigos.
Y el cementerio se abría a nuestros ojos, subida la cuesta, el antiguo camino, entrando por lo que fue la puerta de madera, aquella con la aldaba enorme, la que era objeto de la historia de muerte, una muerte lejana llena de  misterio, aquella aldaba cruel que sujetó la capa del individuo que intentó correr, que se cobró su vida al imaginar que una mano inerte que había brotado de las tumbas la sujetaba. Siempre, los chicos, al llegar allí, nos contaban la misma historia... Y yo miraba la aldaba negra en la enorme puerta de madera corroída, escuchaba los gritos de terror del hombre, sus intentos por huir sin volver la cabeza, sin comprobar que su capa, sencillamente, se había quedado enganchada en la negrura de un hierro...¡Pobres mentes humanas que hacen de la sugestión su muerte!...
Todo el espacio se había llenado de crisantemos, de flores monocolor, macetas y coronas, cintas malvas, cintas negras; todavía no se permitían los colores rojos de los claveles, ni los ramos envueltos en papeles crujientes, ni el colorido amarillo y rosa... Se respetaba el duelo, no había lugar para la explosión de otras flores que no fueran crisantemos, colocados ordenadamente; la tierra fría, los rezos callados, las lágrimas perdidas...y los cipreses... Y yo recordaba aquel título del libro que había leído hacía tan poco tiempo, y pensaba si, realmente, los cipreses creían en Dios o simplemente se habían ganado la mala fama de árboles de muertos... Me gustaba mirar sus copas, me sigue gustando elevar la vista, misterioso árbol que cobija suspiros y palabras no dichas. Los cipreses admirando nuestros abrigos nuevos, y el frío de la muerte que, mezclado con el de la iglesia, volvía a subir hasta las ingles. Y los chicos, aquellos que habían estrenado cazadora nueva, seguían hablándonos a la espalda, con voces hechas susurros, silencios repentinos cuando alguna mujer nos aseveraba, recordándonos que estábamos en un lugar sagrado... Menos aquel rincón olvidado, donde descansaban los que decidieron no seguir con la vida regalo de Dios, los que habían cortado de cuajo la maravilla de vivir, los olvidados, los que no tenían crisantemos ni rezos, los marginados...a mí me daba pena, en mi mente infantil me preguntaba el por qué de aquel desprecio ante quien no superó el hecho de haber nacido, o de haber fracasado, o de haber comprobado que nada importaba... Y me arrebujaba en mi abrigo nuevo intentando calmar el escalofrío...
Ha pasado el cruel tiempo que te da respuestas..ha llegado el tiempo que ha llenado los cementerios de colores miles y de olor a primavera, de conversaciones en voz alta, de risas, de caras maquilladas, de abrigos que se estrenan y de ausencias de rezos... El tiempo ha convertido los cementerios en lugares de culto y de relaciones sociales; los cementerios rurales son las pasarelas para nuevos abrigos, lugares de encuentro para las gentes que vuelven, por un día, a colocar flores, a recordar, a conversar sobre la fugaz vida y la eterna muerte...son escaparates que compiten por la mejor decoración, el acierto del buen gusto... Nada que ver con el recogimiento de antaño, la meteorología ha decidido destruir el frío otoñal del Dia de Todos los Santos y regalar, año tras año, días veraniegas, los abrigos se han quedado en boutiques y en almacenes, esperando que, para Navidad haga más frío. Habrá que retrasar la fecha para estrenarlos... Y habrá que asumir que el cementerio es un lugar tan de ocio como otro, tan de lucha en rivalizar por la mejor decoración como lo es una boda, habrá que admitir los comentarios sobre un centro depositado en una lápida, y que los visitantes son jueces que luego, sin premio metálico y material, sí darán su veredicto sobre la làpida más bonita, el nicho mejor decorado y la corona más horrorosa...y es que, la sociedad de consumo también llegó, lentamente, hasta los campos santos.
Ya no se manda callar a los adolescentes, ya los grupos de chicos y chicas caminan juntos, ya no hay frío en las ingles ni preguntas de desconocidos a los que nadie les pone flores... Y yo, como buena señal de que envejezco, echo de menos estrenar el abrigo nuevo...