2 nov. 2013

Y EL INFIERNO LLEGÓ AL FINAL... (Cuando todo se termina)

Decidí que en un suspiro se encierra el mundo, en el instante fugaz y rápido que va desde la exhalación de una bocanada de aire. Un suspiro lo encierra todo, encierra impotencia, amor, despecho, odio, esperanza, alegría... La capacidad que tiene un suspiro para crear un mundo es tan desconocida que, cuando expulsamos ese aire, cuando lo dejamos escapar, no somos conscientes de lo que con él se nos va...o se nos queda. Terminé "El infierno cabe en un suspiro"... Seguramente que sí, seguramente que, sin saberlo, muchos suspiros han dejado escapar infiernos, han recorrido avernos llenos de fantasmas, de pesadillas, con el suspiro entregamos, en ese mismo aire que dejamos suelto, la capacidad a otros para romper la dignidad, para robarnos el respeto propio que todos nos debemos, para aprovecharse de nuestros más íntimos deseos y zarandearnos inmisericordemente, como muñecos de trapo manejados por bajos instintos, sin saber ni tan siquiera que no queríamos eso, que estamos dentro de una espiral indeseada pero que ahora, después de suspirar, nos hace mantenernos vivos, cuando en realidad nos morimos lentamente... Las ocasiones en que abrimos un mundo desconocido, el que creemos que podemos manejar, que nos llena de prisas extrañas y misteriosas, que nos deja exhaustos y cansados, que nos hace olvidar el mundo que tenemos, que nos hace vivir un mundo ajeno, que nos descubre que no somos nosotros, que somos otros, que son otros los que lo viven... Hay infiernos cuajados de llantos, otros de hogueras en los que nos quemamos irremisiblemente, otros infiernos que nos hielan la sangre, que nos transforman, que nos hacen llevar una doble vida, una vida plagada de momentos crueles, de besos no saciados, porque el infierno no sacia, sólo destruye... Ha llegado el final, terminé el recorrido por una vida que, hasta ese suspiro lanzado, era una vida monótona, rutinaria, aburrida, una vida normal y corriente, de una mujer normal y corriente, como somos todas, como son las mujeres con las que nos cruzamos al hacer la compra, al recoger a nuestros hijos en el colegio, al subir en el autobus, en la consulta de un médico... Mujeres que tienen una vida ideal e ideada para los demás, pero que saben de la falta de riesgo, que desean comprobar cómo se vive entre sombras, entre secretos que se planean estupendos, dignos de ser callados, dignos de ser vividos... Hasta que el suspiro escapa y te lanza contra la pared, y descubres que no puedes vivir sin vértigo, sin miedo, sin lo novedoso, sin lo indigno, y que todo eso tienes que vivirlo sola, ocultándo bajo la sonrisa perenne el fuego que te consume y que te destruye... Y, de repente, cuando todo se acaba, descubres que tras los confines de una pantalla, sin saberlo, una sola pregunta, una sola frase, se te queda intacta, aunque olvides por un tiempo a quién la dijo... Hay historias que sucedieron, que pudieron ser eternas de haber capturado en el suspiro lanzado la eternidad del tiempo, pero que, una vez pasado, el tiempo no las devuelve, las enquista, las hace recuerdo, las hace papel y las hace letra, pero jamás las devuelve intactas... Hay historias idas tras rejas que se quedaron por siempre allí, entre las rejas de un pasado que ya no será nunca, por mucho que nos empeñemos, y hay que volver a caminar, a salir a la calle, a conocer lo que otros suspiros de otras gentes encierran... Y hay gentes que suspiran y entregan minutos de calma, que esperan su tiempo, que reclaman un espacio sereno, horadando en el corazón sin prisas, porque, al fin y al cabo, los suspiros, no son más que una respiración profunda, más larga que la respiración de la rutina, y por eso mismo, por ser más larga y más profunda, nos puede otorgar la capacidad del consentimiento, de la aceptación, del reconocimiento de errores y de la esperanza que la vida nos ofrece.
Cuando todo termina, cuando todo acaba, cuando revives, cuando piensas, puede llegarte a la memoria una generación de mujeres, de esas mujeres encerradas en ámbitos sociales pequeños, enclaustradas entre sombras ajenas que ejercen de jueces, mujeres que hicieron lo que se esperó de ellas, que vivieron recluidas en jaulas de oro, que pasaron sus ojos por ilusiones sin rozarlas siquiera... Mujeres que quisieron darse una oportunidad y descubrieron que no habían aprendido a vivir de otra manera, y erraron y cargaron con su error, y soportaron lo que el error conllevaba. Estrictos ámbitos rurales, estrictas educaciones que sólo formaban para que vivieran lo ajeno, que no les hicieron crecer sus alas, porque si lo hacían, si sus alas crecían, destruían la línea recta en la que habían sido educadas y rompían la armonía de la Comunidad... Todo terminó, acabó el recorrido, emocional, sentimental, nada de historias de parientes, ni de aventuras, ni de viajes, historia propia, vivida sencillamente desde el corazón, hay veces que para narrar sólo hace falta sentir... "El infierno cabe en un suspiro" es, tan sólo, el deseo de haber sido, el recorrido por el querer ser y el remate de saber qué se es...