11 nov. 2013

DIA 11 DE NOVIEMBRE: SAN MARTIN... (Felicidades para mi hijo).

No sé cuándo decidí que se llamaría así. En España se celebraban aquellos Juegos Olímpicos que todos recordamos, tal vez sabiendo que ya no serían más por estos lares. Barcelona ardía de calor, entre aplausos, entre un medallero cuajado de metales y entre el orgullo español, henchido a fuerza de cintas alrededor de cuellos campeones. Y yo esperaba la llegada de mi primer hijo. Paciente, acalorada, muy hermosa, muy voluminosa y repasando libritos, de esos en los que se colocan nombres por orden alfabético con su correspondiente significado. No quería su padre repetir onomástica, demasiados varones en la familia con el mismo nombre. Yo no quería nombre compuesto. Si el del abuelo paterno no era, el del abuelo materno (que a mí me encantaba) tampoco sería... Un nombre fuerte, sonoro, importante, de esos que no dan lugar a diminutivos ridículos ni cursis, un nombre corto, sin "eses" a poder ser (Montejícar es un pueblo ceceante, digamos lo que digamos)... Yo quería un nombre bonito, que definiera un carácter. Mi hijo tendría que vivir toda su vida con ese nombre, que él no iba a elegir, que serían sus padres quienes lo hicieran por él. Teníamos en nuestras manos una gran responsabilidad.
A veces no pensamos en la importancia de un nombre; a pesar de que, de vez en cuando, en las reuniones de los amigos, cuando surge el recuerdo de un compañero o compañera, se dé el caso de la burla que originó su nombre, de las mil rimas que se nos ocurrieron, y es que, los niños, esos que son tan crueles, tienen la capacidad de destrozar la vida de un igual por un simple nombre... Y de repente, en el televisor, en aquellas Olimpiadas comenzó a escucharse a un nadador español, afincado en Estados Unidos, Martín López Zubero. Comenzamos a acostumbrarnos a verle en el Podium, y comenzamos a escuchar un nombre sonoro, rotundo, corto, sin diminutivos... Y pensé que ese sería el nombre que mi hijo llevaría: Martín... Y así fue. Y así le llamé la primera vez que le tuve en mis brazos, cuando desperté de una anestesia que me envió a los confines del sueño, tras unas cortas horas de parto, tras comprobar que el niño era tranquilo, que era grande, que se había cansado de empujar, que estaba más a gusto dentro de su mamá y decidieron que su mamá debía de dormir para que él pudiera ver la luz. Y sí, acerté. Nada más verle la carita supe que mi hijo tenía cara de llamarse Martín.
Mañana es su santo. Él no suele celebrarlo, yo sigo felicitándolo, él hace como que no le importa, yo sigo cantándole "feliz en tu día", él sigue diciéndo que soy una cursi, pero termina preguntándo qué le voy a regalar, yo me rio, le bromeo, le digo que nada...y sigo pensando que escogí para mi hijo el mejor nombre del mundo, quizás porque, en el fondo, es un nombre corto, sin diminutivos, sin "eses", rotundo, sonoro...y sobre todo porque es el nombre de mi hijo, el nombre que digo cuando estoy preocupada por él, el nombre que pienso cuando sale de viaje, o cuando sé que está fuera, lejos de la seguridad de cuatro paredes, es el nombre que soñé cuando aún no había nacido, y el que deseo seguir diciendo por muchos años... Es el nombre que quiero recordar siempre, el que suplico no olvidar aunque el tiempo deteriore mis neuronas y se lleve mis recuerdos. Un nombre lo es todo, el nombre de nuestros hijos es la vida misma; la capacidad que encierra una festividad de llenarnos de vida... Y la mía, en una parte inmensa, tiene un nombre precioso de varón amado: MARTÍN... Felicidades, hijo mío, a pesar de que me acusarás de ser una cursi, te querré mientras me quedé vida...