27 nov. 2013

SÍ, QUIERO... (Relato corto)

Les quedaban dos días, dos pequeños días, cuarenta y ocho escasas horas. El tiempo se había ido tan rápido que les dolía. Hicieron el amor despacio, como cada mañana durante aquella corta semana, la que sin saberlo, el azar, por eso de ser desconcertante, les había regalado. Él sabía que ella estaba triste, lo notó mientras hablaba con Isabel por teléfono, metida en el baño, bajando la voz, para que él, desde la cama, no pudiera oírla. Él también estaba triste. Se iba. Siempre era así. Cada vez que ella le regalaba días robados, en aquellos veranos inquietos en los que había aprendido a desaparecer. Bajaron al comedor tranquilos, riendo por la escalera, a él le gustaba que ella fuese delante, le gustaba palmearle el trasero y la cara de ella al volverse para recriminarle el gesto. Él sabía de sus creencias y aquél día era San Jaime, y él sabía, porque ella le contó, hacía muchísimo tiempo, que ese día era especial.
Cogieron el coche a media mañana, después de que ella hiciera algunas compras, los regalos típicos para su vuelta. Él no le dijo nada, ella no intuyó nada. Paró frente a la Iglesia, aquella iglesia románica pequeña y recogida que ella había visitado siempre, que había sido su refugio en otros veranos y otros días:
- Tú hoy querías venir, ¿verdad?
Y ella asintió sonriendo. No dijo nada. Le besó fugazmente y salió sin hablar. Y él la vio entrar, ligera, con aquel andar lleno de vida, y se dispuso a esperarla. Él hacía mucho tiempo que no entraba a una iglesia, que no creía, que no esperaba. Recordó en su ausencia los días pasados junto a ella. Dormido mientras ella leía, en las largas siestas, aquellas en las que a él le suponían trabajando. No. Él aquellos días no estaba trabajando, estaba viviendo su sueño, su regalo, sus horas escuchándola, sus horas discutiendo, sus horas abrazado a su cuerpo cálido y propio. Y ella dentro, sentada frente al altar, había encendido dos velas, con las gafas de sol puestas, sabiendo que no era correcto, usándolas como telón para que no se vieran sus lágrimas. Dos días y ya no estaría. Y se llevaría el silencio de aquella iglesia, las calles sombrías, los verdes intensos, sus besos y sus palabras, las que la hacían reír por ser demasiado tiernas. "No sé por qué te ríes", bromeaba él en aquellos minutos que seguían a una declaración perfecta de amor "Porque la ternura no te pega para nada"... Eran continentes opuestos, eran polos que chocaban, siempre, a cada segundo...pero se querían. La vio salir sonriendo, resuelta, como ella era. Le sonrió mientras subía en el coche "Ya, podemos irnos"... Y él arrancó sin mirarla:
-Te voy a llevar a un lugar especial...
-¿Me gustará?
-Te encantará...está un poco lejos, quizás pases miedo, está muy alto...
-Pues no vamos, ¿para qué vamos?
-Porque es un lugar especial, y quiero que lo veas...
Y ella le miró. Él cruzó su mirada durante un segundo, sonrió.
El camino era empinado, ella sintió miedo, en silencio, sin decirlo, lo vencía recreándose en un paisaje imposible, una carretera estrecha, perdida, rodeada de naturaleza viva, presente. Él le contaba cosas suyas, a ella le gustaba. Una vez él, mientras le cogía la mano, mientras le contaba, susurró aquello de "Me escuchas como nadie lo hizo nunca", y ella le sonrió y se le llenaron los ojos de pena. Y ahora le escuchaba, con los mismos ojos llenos de pena, la de saber que se volvía a ir, una vez más, era su sino, era el destino, era la vida... Llegaron a un altozano, una explanada perfecta. Sólo había una construcción. Una pequeña ermita, piedra oscura, algunos coches de turistas, algunos turistas de esos con cámaras increibles que deambulaban por aquel espacio perdido. Él la cogió de la mano. Apenas hablaban. Ella, la dicharachera, la que no callaba, la que de todo sacaba tema, había quedado muda, se centraba en la mano fuerte de él, en su espalda mientras tiraba suavemente de ella.
Entraron en un recinto minúsculo, sobrio, en penumbra a pesar del sol de fuera; al fondo un altar austero, una virgen de piedra, unas pinturas deterioradas. Apenas ocho bancos, de esos usados y gastados, una mesa con cirios blancos, unos visitantes silenciosos, como ellos. Ella sorprendida. Estaban en una ermita, y él estaba dentro. Él, que no creía, que no visitaba aquellos lugares, que no entendía... él estaba allí, junto a ella, dejándole paso en un banco, sentándose junto a ella, hablándole en voz baja "¿Tienes frío?"... la temperatura dentro era mucho más baja que en el exterior,  y ella había hecho aquel gesto de tiritar que no le pasó desapercibido "No, es la emoción", y le sonrió. Estuvieron en silencio un rato largo. Él se levantó "Ven"... y ella le siguió hasta el altar, tras sus pasos, miró con detenimiento las pinturas y a la virgen, aquella extraña figura, tan alejada de las virgenes a las que ella veneraba:
-¿Te quieres casar conmigo?
María le miró, sorprendida. Cerró los ojos y apretó la mano de él en la suya. Y él la besó, suave, se le escapó una pequeña carcajada:
-¿Eso es un no?
María no hablaba, sólo le miraba y sonreía. Y vio al niño, y vio al hombre, y vio su vida, la de los dos, y vio la pena y las risas, y los momentos robados, y las palabras no dichas; los paseos por la montaña, los desayunos compartidos aquellos días, y vio sus ojos, los de siempre, los que tenían que haber estado y no estaban. Y sus aventuras. Y sus mentiras. Y sus perdones. Y sus gritos. Y su ira. María le vio a él, tal y como era, tal y como siempre fue y tal y como sería. Y a pesar de todo, de los años, de las riñas, de los enfados, de las huidas, a pesar de todo se acercó un poco más, apretó su mano un poco más y le besó suavemente en los labios:
-Sí, quiero casarme contigo...
-Y yo morir junto a ti...
-Y yo que cierres mis ojos...
Y Jaime, en uno de aquellos momentos que "no le pegaban", abrazó aquella figura que se le iría, que ya no estaría, que se esfumaría. Pero sabría que era su mujer, siempre lo fue, siempre la sintió como tal, "su niña"; recordó las veces que llamó así a otras, recordó los besos dados a otras, su boca en el oído de María, su voz fluyendo, como si ella no lo oyera:
-Fueron muchas, y en el fondo, cuando todo terminaba, yo sabía que eras tú, y que un día, el que fuera, tú estarías... y me costó tanto que me creyeras, que me perdonaras, que estuvieras, que pensé que me faltaría vida para conseguirte...
María cerró los ojos. Todo lo sufrido, todo lo llorado, todo lo pasado. Las dudas, las preguntas, las respuestas, los descubrimientos que dolieron tanto que le rompieron el alma. Las súplicas de él, las peticiones de ella, las aceptaciones de él... la fuerza de los dos... Se besaron, salieron fuera, el sol calentaba demasiado, era mediodía. Iniciaron el descenso, apenas hablaron... Sólo dos días y ella no estaría... Sólo dos días, pero los suficientes para haberse dado cuenta de que todo había valido la pena.

PARIR A LOS 44.... (Recuerdos de una mamá)

Me decían que era complicado. No lo fue. Pasaron los nervios primeros, las pruebas primeras, la preocupación primera. Viví mi embarazo de forma única y especial, porque lo era. No era lo habitual, no era lo cotidiano, era un hecho esporádico, un hecho que se regalaba a unas pocas escogidas, y una de ellas fui yo. Aprendí a renunciar a la comodidad que se había instalado en mi vida, a la tranquilidad de las noches, al orden perfecto de la casa. Volví a recuperar las veladas, los biberones, los discos, los pañales, las ojeras, el sueño perdido... Un buen día, un día como hoy, a las cinco y cuarto de la mañana él decidió salir. Me había dejado nueve meses para que me hiciera a la idea, para que supiera que él llegaría en un plazo determinado. A mis cuarenta y cuatro años, cuando ya la vida te ofrece la calma de los silencios, las veladas tranquilas, el envejecer sin premura, sin aventuras y sin preocupaciones. Un parto que se inició de repente, dándome tiempo, dándome calma, ya sin nervios, porque lo que te enseñan los años es a no correr, a saber que queda tiempo para todo, y que aunque no quede te queda la valentía del género femenino. Ya no había miedos, ya había calma, ya se sabía lo que era, ya el dolor se soportaba, ya se sabía que no se muere de dolor al parir... yo decidí vivir el mío, ser consciente de cada contracción y de cada empuje, parir con dolor, parir sabiendo que estaba dando la vida, en cada segundo que pasaba, en cada palabra de ánimo, en cada mirada del doctor, aquel que me llamaba valiente, que cogía mi mano, que me decía que era afortunada, estaba viviendo el milagro de la vida. Y nació él, Alberto, que se esforzó en hacerme fácil el trabajo, que salió rosadito, que lloró con brío, que me llenó el rostro de lágrimas y la boca de risas. De esas nerviosas que las madres conocemos cuando les vemos la carita, esas caritas nuestras, las que hemos fabricado en un útero seguro y fuerte, en el hogar perfecto, en el que hemos cincelado deditos, orejas, piernas y corazones. Y parí con cuarenta y cuatro años. Cuando muchas mujeres comienzan a vivir su climaterio, cuando algunas se han quedado solas porque los hijos han volado ya, cuando otras ven como se pone el sol recordado cuando parieron, hace ya tanto tiempo... Yo me sentí dichosa, a pesar de las noches en vela, de los cólicos lactantes, de los biberones que no saciaban, de los llantos incontrolados, de la falta de fuerza, de la falta de sueño... Yo me sentí dichosa... Yo soy dichosa... Tengo ahora, en mi vida, implantado desde hace cinco años, el desorden en la casa, los espacios llenos de gritos infantiles, de juegos infantiles, de preocupaciones infantiles... Tengo mi vida ahora, a los cinco años de haber parido, llena de letras, de dibujos, de tareas escolares, de una voz chillona que me llama, de unos labios que me besan sin motivo, de unos brazos que me abrazan y unas palabras que me dicen que me quieren, y sé que es verdad, porque lo que tienen los niños es que dicen verdades, esas que olvidamos cuando crecen, pero yo soy dichosa, porque a mí se me repite diariamente para que no lo olvide...
Alberto cumplió años esta madrugada, a las cinco y cuarto, aquella madrugada fría, preludio de una gran nevada, aquella que pasé sentada en un pasillo, hasta que encontraron una cama libre, porque yo aprendí, con los años, que no había llegado la hora, que podía esperar, que parir es cuestión de tiempo, pero que hay edades que se instalan para hacerte ver que tienes vida y por tanto puedes darla. Habrá quien piense que es una locura... No... Es un milagro... A mí la vida me ha regalado tarde muchas cosas, con él aprendí la paciencia, las esperas, a medir el rumbo del tiempo y el tic-tac del reloj. Alberto me ha traído la fuerza de la maternidad, la fuerza de la sangre y el poder para luchar... Hoy hace cinco años que le tengo, ya no podría estar sin él, sin sus "Mami, te quiero tanto", sin sus caprichos, sin su carácter, ese que es un calco del mío, sin sus risas y sus travesuras... Hoy sé que la vida me regaló VIDA, y además, con ella, me trajo el poder para vivirla...Felicidades, Alberto, gracias por devolverme la ilusión, las ganas, el cansancio, la responsabilidad y la generosidad...


Foto: Alberto a las 7 horas de nacer.