17 dic. 2013

LA SOBERBIA... (Relato corto)

Le pudo la soberbia, ese orgullo que se enmascara de amor propio, de sentido de dignidad, pero que, en el fondo, es la impotencia de no haber conseguido lo que se propuso. Había gritado, había amenazado, había llorado... había vaciado la rabia del alma, escupido palabras hirientes, había deseado que, con el solo poder de desearlo, Marina muriera, de repente, mientras ella acribillaba a salivazos a Gonzalo, y que le llamaran, con ella delante, y le dijeran que Marina había muerto. Era lo que más deseaba en el mundo. Había intentado averiguar desde cuándo, hasta cuándo, dónde, cómo, las veces que hubo, las que pudieron haber sido, las ausencias durante minutos, las sonrisas mientras miraba el móvil, la inquietud que no comprendía, los silencios que no soportaba, las indirectas directas, "¿En quién estabas pensando, eh?", públicas, intentando revestirlas de humor, tétrico y patético... Era patética, y se acababa de dar cuenta. Acababa de ver aquella foto perdida que le saltó a la cara; el paisaje que conocía perfectamente, el lugar que ella había caminado en muchas ocasiones. Era el fondo que jamás deseó ver como escenario para la obra perfecta que Marina había representado... La habían vencido. No lo aceptaba, no lo toleraba, no lo permitía... ¿O sí?... Tal vez sí, lo permitió desde el momento en que supo y no cortó, desde el momento en que pensó que con un simple deseo, con una simple llamada, con una simple retahíla de insultos y menosprecios, iba a ordenar y a conseguir que dos corazones que latían juntos desde los senos maternos dejaran de hacerlo... Le pudo la soberbia, ese orgullo que se enmascara de amor propio... y cuando le vio entrar, serio, como siempre...como siempre que entraba, como siempre que la miraba, pensó en si sería así con Marina, si cuando entrara en el recinto que ella ocupaba la miraría con la misma falta de ganas, falta de ilusión... y supo que no... y le pudo la soberbia. Sus ojos se clavaron en los de Gonzalo, él indiferente, haciendo que su ego se enervara aún más. Le espetó "Sé que os habéis visto, no sé la fecha, pero sé que ha sido"... Sin respuesta. El silencio. Ese silencio putrefacto que huele a confirmación, que huele a "quien calla otorga", y su soberbia saliendo en espumarajos por su boca... "¡No vas a decirme nada!"... No, él no iba a hablar. Marina le había enseñado que el silencio habla, que las miradas confiesan, que contra el ataque de los celos es mejor callar, sobre todo cuando los celos son tan fundados, tan ciertos, tan palpables... Y entonces ocurrió, debajo del mostrador al ir a buscar la llave, iban a cerrar, y tocó aquel aparato que, hasta entonces, no recordaba que poseía, lo rozó mientras lo asía suavemente, como quien roza una flor, o un flotador para salvar su vida. Victoria elevó la vista, Gonzalo de espaldas, mirando hacia la calle a través de los cristales del escaparate, esperando a que ella cogiera las llaves, porque tenía que cerrar... Sólo hizo un ruido seco, sin estridencias, como un globo al explotar; no hubo más, Victoria vio caer el cuerpo de Gonzalo como a cámara lenta... Y le pudo la soberbia, salió de detrás del mostrador, le miró, un charco de sangre oscura y viscosa se derramaba por el parquet... No temblaba ella, no lloraba ella, observaba, respiraba jadeante, la pequeña pistola en sus manos, se dió cuenta de cuánto pesaba entonces... Pero le pudo la soberbia y la agarró con más fuerza, y sonrió con la sonrisa del triunfo penoso que otorga la fuerza "¡Se terminaron los encuentros, los besos, las llamadas... ahora que se joda!"...