23 dic. 2013

LA NOCHEBUENA DE MI VIDA... (Recuerdos de una noche especial).

Se cenaba tranquilos, sin grandes algarabias, una conversación de familia, mi abuelo, mientras mi abuela y mi madre preparaban la cena, me cogía en su regazo, frente a la lumbre, me cantaba aquellos "Celos de San José" que yo iba repitiendo calmadamente. A mi hermana la sostenía mi padre, una niña tranquila con un padre tranquilo; era la Nochebuena de mi vida. Sin belén, sin árbol, con mucho amor, con muchas canciones entrañables, con la comida que mi abuela, una maestra de los fogones, había preparado con pocos medios y muchas ganas. No venía Papá Noél, porque, en aquellos años, Papá Noél no existía; había pocas televisiones en el pueblo y no se conocían las lejanas latitudes en donde habitaba Santa y sus renos. En casa de mis abuelos no había tele. No se escuchaba ningún mensaje del Rey, porque no había Rey en España. Y tampoco se escuchaba el mensaje del Caudillo... porque no había tele y mi abuelo, durante la cena, no ponía la radio. Era una cena para nosotros, para la familia, nadie más, ni tan siquiera a través de las ondas, tenía permiso para entrar en la pequeña casa de la calle Solar, en Montejícar. Los mayores tomaban unos vasitos de vino, a mí me daban Fanta de naranja, una de las pocas veces en que se me permitía tomarla. Toda la Fanta para mí, mi hermana era muy pequeña para eso. Yo contaba unos ocho años, aquel año hice la Primera Comunión; no me aburría de escuchar a los mayores. Yo era la única niña de mi edad, mi hermana no contaba, estaba aprendiendo a hablar; pero a mí me gustaba escuchar las conversaciones llenas de recuerdos de los mayores. Mi padre siempre terminaba el brindis, con anís de El Mono, con la misma frase. "El año que viene como este, mejor todo lo que Dios quiera"... Aquella frase le acompañó toda su vida, en cada Nochebuena... Después, cuando mi madre y mi abuela habían recogido la mesa, se había hecho un poco más tarde, las dos se colocaban los abrigos largos y los velos "de Misa". Mi madre me ponía mi chaquetita, azul con forro rojo, me colocaba una bufanda y me volvía a peinar, poco, me habían cortado el pelo aquel verano, me ponía el gorro de la chaquetita y me lo abrochaba con dificultad en el cuello, la bufanda abultaba mucho, pero tenía que abrigarme, siempre cogía anginas. Fuera había nevado. No importaba. Había que ir a misa, la Misa del Gallo. Los hombres en casa, las mujeres a misa, mi hermana a dormir, que era pequeña, yo no, yo iba a misa, con mucho tiempo, tenía que hacer de pastor en el Belén viviente; había que ir al colegio primero a prepararme... Y yo soportaba, con mi zurrón y mi gorrita, junto a compañeras y a los demás figurantes de aquel Belén durante un buen rato, me vencía el sueño. El silencio en la iglesia era tan inmenso que se diría que nadie había allí... Recuerdo la estufa detrás de la cunita en donde, el pequeño niño que hacía de Jesús descansaba, calentándonos del frío polar que invadía la iglesia de mi pueblo...
Crecí... Las Nochebuenas siguieron siendo entrañables, llegó el mensaje del Rey, le permitimos entrar en casa mientras cenábamos, mi hermana ya sí hablaba, cantábamos juntas mientras ayudábamos a mi madre a colocar la mesa; mi hermana comenzaba con Noche de Paz, buena voz, buen oído, yo le hacía los bajos, voz malísima, peor oído, pero la voluntad y la emoción contaban. Ya sí había un belén, y un árbol... mi padre seguía rematándo la cena con su copita de Marie Brizard, se olvidó del anís de El Mono, pero era fiel a su frase, "El año que viene como este, mejor todo lo que Dios quiera"... Recogíamos, nos poníamos los chaquetones, fuera había nieve, mi madre ya no usaba el velo "de misa" ni me ponía bufanda, aunque me repetía que me abrigara o cogería anginas.... Ya no hacía de pastor en ningún Belén viviente... Las tres mujeres a Misa, el hombre en casa... Y la emoción, cuando el cura Pepe aparecía delante de la escalinata de mármol, esa que ya no está, cuando el grupo Piel de Dios comenzaba a cantar aquel villancico que comenzaba diciendo "De la sacristía sale sacerdote revestido...", y mi voz acompañándoles... el villancico que mi abuela me enseñó, lejano, entrañable, recordado villancico de Nochebuenas idas para siempre... La emoción en esa Misa en la cual nadie hacía ruido, el mismo frío polar, la nariz roja, adorar al Niño al final de la Misa. Yo he llorado en las Misas del Gallo... de niña no, de niña me alegraba de ver luces diferentes, sonidos diferentes, alegría diferente... De mayor sí, porque ya, al mirar a los lados había ausencias, porque ya, en la mesa, no estaba mi abuelo, porque ahora, en la mesa me faltan demasiados... Porque he comprendido que hemos hecho de la Navidad la fiesta más pagana, más consumista, más elitista, más hipócrita... Porque ya importa más el contenido de un regalo traído por Papá Noél que la emoción de escuchar a un abuelo, porque los niños, ahora, quieren tener el mejor Belén y el mejor Árbol,  y porque los mayores nos preocupamos, sobre todo, de que en la cena haya de todo, sin recordar cuando hubo poco, pero hubo el mundo en una voz, en unos ojos y un hogar... Mañana me volveré a emocionar, miraré a mi lado, veré las ausencias, sabré que estarán siempre, no iré a la Misa del Gallo, pero recordaré los bancos helados de la iglesia de mi pueblo, mi chaquetita azul marino, la nieve que crujía en la medianoche montejiqueña, cuando mi hermana, mi madre y yo bajábamos mi calle cogidas del brazo, y sabíamos que nuestros deseos eran los mismos "El año que viene como este, mejor todo lo que Dios quiera"... ¡¡ Feliz Navidad !!