30 dic. 2013

LAS BUENAS INTENCIONES... (Relato)

A través de la cristalera se veía la figura inmensa del Palacio, me había quedado inmóvil mirando la enorme mole con sus ventanas simétricas, sus torres definidas recortadas en un gris celestial que ocupaba la inmensidad del horizonte, enfrente el mar bramaba, en azules imperfectos y extraños, rizados de espumas turbias y salvajes. La recordé con pena, con ese amargo sabor a almendra amarga que se te queda en la boca cuando algo se agrió hasta el punto de hacerte sentir la bilis en los labios. No sabía el por qué, no sabía el cómo y ni tan siquiera sabía el cuándo comenzó toda aquella avalancha de desatinos y desaciertos. Ni tan siquiera sabía si eran desatinos. Había escuchado aquella historia mil veces, en otras voces, en otros labios, tal vez no mil, pero sí la cantidad necesaria para saber que esas cosas pasaban. Me toqué el brazo, me dolía todavía, me quemaban sus dedos sin tenerlos aferrados, como un garfio. En un gesto involuntario me palpé la mejilla y cerré los ojos. Igual que una serie de diapositivas, continuadas y espeluznantes, fueron pasando por mi mente los ojos inyectados en sangre, la frase que dio origen a la erupción del volcán violento que hasta entonces desconocía. Una frase, una pregunta, sencilla, sin complicaciones, "¿Vas a salir así?"... Era la primera vez que me hacía esa pregunta, y yo no la entendí, no sabía por qué me preguntaba aquello. Y respondí, de forma sencilla, igual que lo era su pregunta. Y su mano arrancó mi camisa, y yo repasaba mi respuesta "¡Claro, me voy de cena, claro que voy a salir así!".
Volví a tocarme la mejilla, ahora ya a conciencia, me asomé al espejo que quedaba frente a mi, a los pies de la cama, junto al ventanal; me acababa de descubrir y reconocer, hasta entonces no había tenido el valor para reconocerme en aquella mezcla de colores injustos que se esparcían por mi cara.
Había llamado aquella mañana, muy temprano, me llamó llorando; yo jamás lo había oído llorar y mis ojos se habían teñido de uno de aquellos azules marinos indefinidos, con la misma espuma turbia de las olas. Tembló mi barbilla, tembló mi cuerpo y me dolió el rostro, el mismo que él había desfigurado, golpe tras golpe, por una simple respuesta a una simple pregunta. Me dolió el alma, me hablaba de buenas intenciones, de que perdió la cabeza, de que no supo qué le había pasado, me habló de amor, el que sentía por mí, de nuestros besos, de nuestras risas, de los días felices, y de un solo momento de horror... me habló de necesidad, de agonía... y yo callaba. Me preguntó si lo quería, y le dije que sí, y era verdad. A pesar del dolor de mi rostro, del amarillo de mis ojeras y el morado de mis mandíbulas, a pesar de los dedos grabados en mi brazo, de la crueldad de mi cadera amoratada y de los gritos ahogados en mi garganta. Le prometí volver, no sabía cuándo. Creí sus buenas intenciones, las creía todas. Me preguntó en dónde estaba, me dijo que iría a buscarme para que volviera a casa, le respondí que estaba frente al mar...
Él había vuelto un rato antes, antes de que yo me asomara a la cristalera a ver el mar, antes de que mirara mi rostro en el espejo, antes de que me rozara la mejilla con la mano. Había vuelto lleno de buenas intenciones...o eso creí. Me di cuenta de que no podía llorar, ni gritar, ni hablar tan siquiera, desvié la vista hacia el suelo, hacia la cama, sobre aquella alfombra que la noche anterior era beis y ahora era roja. La vi tirada allí, con el pelo enmarañado, el camisón subido hasta las ingles y el brazo descansando en un costado. Tenía una expresión de paz infinita, era guapa aquella mujer, la que no respiraba, la que se parecía a mí, la que tenía sus ojos cerrados. Precioso camisón rajado demasiadas veces, jirones granates deshilachados y pegados a una piel morena y suave, igual que la mía, mi mismo lunar en el cuello, mi mismo color de esmalte en las uñas de los pies desnudos...
Volví a mirar el mar, sonreí y me toqué el brazo, y la miré a ella, salí a la terracita cerrada, supe que me había ido, me había ido para siempre, yo era la bruma del horizonte gris, la espuma de las olas, el azul indefinido, yo estaba en cada una de aquellas ventanas perfectas del Palacio que veía enfrente. Yo ya no podía llorar, la mujer que dormía en el suelo había llorado todo, había suplicado todo, había amado todo, había creído todo, hasta las buenas intenciones que le musitaban los labios besados, amados, los que fueron dueños de su mundo y de su vida... Yo ya era libre. Ella también. Decidí recogerla, colocarle bien el cabello, besarle la frente y decirle al oído, muy bajito, que a partir de ahora podría salir como quisiera. Caminé hasta su lado, me tumbé junto a ella, cogí su mano y cerré los ojos... Fuera, el mar seguía embravecido, el ruido de las olas se unió al de los gritos de una boca que sollozaba y de la que sólo podía entender "La han matado" y yo sonreí con tristeza... Yo seguía
creyendo en las buenas intenciones...