12 ene. 2014

¡¡TENGO QUE HACER DIETA!!... (Reflexiones en enero)

Pasaron las Navidades, esas fechas en las que acumulamos, una tras otra, las mejores intenciones para el año nuevo, nos llenamos de metas, de aspiraciones, nos proponemos rotundamente alcanzarlas y demostrarnos que nosotros podemos... Y llega Enero... Es ese mes que se pasa en un soplo entre resacas post-cotillonas, regalos de Reyes con ticket para devolver, rebajas con aglomeraciones en las que jamás encontramos lo que nos gusta, o lo que nos queda bien, o lo que nos hace falta, pero que siempre nos devuelven a casa con "algo" metido en una bolsa que raramente usamos, pero que nos encantó "robar" a la señora de al lado, ¡ingenua ella!, que nos daba codazos y nos miraba mal... Y los propósitos comienzan a engrosar una larga lista: Dejar de fumar, hacer footing, apuntarnos a pilates, y por supuesto hacer dieta; resulta que nosotros somos conscientes de habernos comido algún polvorón que otro, habernos pasado con alguna cerveza que otra, haber ingerido un entrecot de más, pero la báscula, esa enemiga mortal de necesidad, nos plasma en una pantallita ridícula que estamos equivocados, que terminamos con un obrador entero de Estepa, que hemos secado la Cruzcampo y que una vaquería está en déficit de reses, porque los kilos acumulados no entraban en nuestros cálculos... Toca hacer dieta... No sé al resto de los mortales, pero las dietas son muy traicioneras, igual que las noches de ronda, esas que no son buenas, que hacen daño y que dan pena... pues igual, y si no vamos a meditar... Nos proponemos tomar un lácteo desnatado por la mañana, con toda la fuerza del mundo, recién ingerido no pasa nada, estamos tranquilas, somos fuertes y seguras... no contamos con que el reloj no se para, y a eso de las doce nuestro estómago saca las uñas y solicita el donut de rigor, ese que le hemos negado y que hemos sustituido por un triste vasito de café con leche desnatada, con sacarina, que nos puso las pilas a las ocho, pero que ha dejado de hacer efecto... Nos tomamos una barrita energética, se nos aconseja dar pequeños mordiscos para que nos dure más, y nos asemejamos a ratones, andamos intentando que la barrita de seis centímetros nos dure, como mínimo, dos horas... Al mediodía nos sonreímos, nos ponemos delante una ensalada, una pechuga de pollo aliñada con limón, un trozo de pan tostado, integral naturalmente, y nos hacemos la ilusión de que estamos llenas cuando lo hemos semidevorado, eso sí, a bocaditos pequeños, para que nos dure más... A media tarde, un té, rojo o verde...o negro...o gris, mejor gris, porque así comienza a ser nuestro futuro y nuestro horizonte, o de cola de caballo, para que sirva de diurético... ¡¡vamos bien!!... hemos sobrevivido, hemos llegado a la noche y paseamos los ojos por el frutero... y, sinceramente, yo al menos, mientras me como una manzana (a bocaditos pequeños, sin recurrir al mordisco manzanil de siempre) comienzo a recordar que ha pasado un día... Miro el calendario, quedan otros 29, me hago el propósito (otro más) de no pesarme, pero cuando se sale de la ducha se siente la curiosidad, se descubre que se engordó 150 gramos... bueno, al día siguiente tocará peso por la mañana, que el cuerpo está más desinflado... Los días restantes... La eternidad restante... La inmensidad abierta delante de una en forma de un pastelito, pequeño, pero pastelito, o un refresco, o una cerveza, o un trozo de chorizo, de esos al infierno, con su grasita y su aroma... o un simple bocadillo de atún, o de nocilla...
Cuando estamos a dieta, sin saber el motivo, todas las imágenes que acuden a nuestra mente son de comida, nos aconsejan que hay que mentalizarse...lo hacemos, el problema es que nuestra mente tiene vida propia y está mal educada... Por no hablar de las agujetas del pilates, del mono del cigarrillo, de la báscula traidora, de la sensación de que el mundo mundial confabula en nuestra contra...
Y decidimos que, por un día no va a pasar nada, que nos vamos a tomar una tostada de aceite, con su tomate "restregao" o su manteca "colorá", que sólo será un día, que al día siguiente retomaremos el Calvario, ese Vía Crucis voluntario que hemos comenzado por el camino del "NO"...
Odio las dietas, no sé si porque no sé comer, si porque mi estómago está mal educado o porque, sencillamente, soy de buen "saque", que decimos en mi tierra... Pero ha llegado Enero, me ha dejado con la caja de polvorones encima y con kilos que no sabía que existieran... Toca mentalizarme, recordar la tostada de aceite con tomate restregao y sobre todo, toca irse a llorar al baño desconsoladamente, mirar a la báscula con súplica desmedida de "Pórtate bien" y la sensación de que, cuando consigas el peso requerido, para mantenerlo, tendrás que estar esclavizada de por vida a la negación de lo que realmente te hace feliz... Resumén: Odio las dietas....