19 ene. 2014

UN TE QUIERO LEJANO... (Relato corto para una tarde de invierno).

Lo miraba sin que lo notara, ajeno a mis ojos tristes, enfrascado en la pelicula sobre una guerra lejana que emitía la televión. Sabía que pensaba en ella, o habría pensado, o pensaría más tarde, lejos de mis ojos tristes y mi mirada disimulada. Hacía tiempo que lo sabía. Hubo muchas, demasiadas tal vez, casi veinte años dan para muchas salidas, muchas caminatas y muchas mentiras. Siempre me ocupé de enterarme, él me decía que no, que veía lo que no era... tal vez llevara razón, quizás había visto lo que no era en algunas ocasiones, en otras vi lo que vi y no me equivoqué... Pero ahora era distinto, porque ella era distinta, ella fue siempre; porque yo estuve ajena a su existencia mucho tiempo, él se ocupó de no sacar a la luz nada que la uniera a su vida. Porque se movió con sigilo con ella, porque descubrí miradas cuando ella quedó frente a mí, porque descubrí sonrisas, porque sus ojos, aquellos que miraban el televisor, los que un día me miraron a mí me descubrían el deseo por ella, al recorrerla, al engancharse en ella y de ella. Yo había perdonado... ¿sí? ¿seguro que había perdonado?... No lo sabía, pudiera ser que no, quizás sólo intenté pasar por alto todas aquellas otras veces, simplemente para seguir el camino junto a él, porque ya no podía aspirar a rehacer mi vida, porque necesitaba que estuviera a mi lado, por pura necesidad; intenté creerme que nada había sido... después de todo él seguía en mi vida, junto a mí, a mi lado; las otras no debían de ser tan importantes... Pero duele mucho descubrir un te quiero a otra, sobre todo me dolió mucho descubrir un te quiero a ella... porque siempre estuvo aunque no estuviera... porque más de dos meses sin que me tocara, sin que me insinuara el más tímido indicio de deseo me hacían ver que ya, después de todo, no me deseaba... ¡Qué humillante para una mujer recordar a su marido el tiempo que hace que no la toca!... ¡Cómo sufrí mientras se lo recordaba, mientras le hablaba, intentando quitar hierro, de aquella crisis...!... no era una crisis, yo lo sabía, yo sabía que era el fin, que había llegado, y él había dejado que yo le recordara el tiempo que hacía que sus ojos no me recorrían, ni sus dedos me tocaban, ni su boca me besaba... Más de dos meses en los que sabía que ella saciaba su deseo, no sabía cómo, no sabía cuándo, no era fácil...también lo sabía... pero era. Ella calmaba sus ansias, las que siempre tuvo de ella, las que yo descubrí en miradas, en risas cómplices de amigos... Lo miré triste, sin la soberbia de aquel primer hallazgo, de aquel primer conocimiento, de aquella histeria, de aquella prepotencia, de la superioridad que me llevó a acusarla, a pedirle cuentas... ¡gran error!... Ella no me las debía, las cuentas me las debía él, pero si se las pedía, si le reclamaba lo que oficial y legalmente me debía corría el riesgo de perderlo, de dejarlo ir... Ya no tenía ganas de patalear, ni de gritar, ni de llorar, yo lo tenía, yo le acogía en mi casa...no... ella lo tenía, ella lo poseía, ella tenía su corazón, y su cuerpo, y él a ella, de la forma en que yo jamás lo tuve... Suspiré, le vi levantarse, fue hasta el baño, recogió el móvil del mueble, con un movimiento rutinario y disimulado... no pasaba nada, iba a decirle que la quería para que ella no lo olvidara mientras allí, en mi casa, tras mis cristales seguía nevando... Sonreí, cerré los ojos... La culpa era mía, pensé que podía mover los deseos y las voluntades, que bastaba manipular y amenazar e insultar y gritar... y no... No podía, él la amaba, ella también, a pesar de las dificultades, a pesar de mi furia, de mi ira, de mi locura y mis celos... No había más... Me acerqué a la ventana, miré como caía la nieve... Dos meses sin tocarme, ya ni se esforzaba por disimular aunque sus palabras intentaran convencerme...su cuerpo me lo decía, me lo confirmaba, su cuerpo que se negaba a responder, la sensación de que le daba asco...la pena de hacerle sentir todo aquello, de hacerlo pasar por todo aquello, él nunca daría un paso, me lo debía, él lo sabía. Tal vez era el momento de tragarme el orgullo y darlo yo... Le escuché salir del baño, se volvió a sentar, el sonido del televisor llenaba todo aquel espacio vacío y sonreí, porque en aquel momento ella estaría mirando como le decían te quiero en una tarde llena de nieve...