22 ene. 2014

"¡CANSANCIO!".... (Relato breve).

Me quedé de pie, erguida, fuerte, segura; sonreí con toda la pena del mundo... Pero estaba bien, estaba orgullosa; era nuevo aquel sentimiento que descubría en el sabor de mi boca y en mi mirada altiva y desafiante, nunca antes había experimentado aquello. Sabía la causa, ¡claro que lo sabía!... más no fue mi intención descubrirla, fueron sucediendo un cúmulo de situaciones, de palabras, de momentos en los que, como quién no quiere la cosa, adquirí la capacidad de desamar, desamar hasta desear la venganza, la misma que ahora disfrutaba... y me tuve miedo, mucho miedo. Yo no era así, jamás fui así, no quería serlo, con nadie, no quería volver a sentir la victoria de aquella manera, sabiendo el sufrimiento de otra persona, habiendo permitido que se arrastrara, que se humillara, que rogara... que escribiera palabras de perdón, que solicitara mi ayuda... ¡no, ya no!, ahora ya sabía que sufriría por mi ausencia, que el mismo dolor que me causó, que yo superé o al menos creí superar, lo estaba sufriendo él.. Ni siquiera sabía el por qué, ni siquiera había habido una discusión, ni tan siquiera unas palabras mal interpretadas, no había sido nada y había sido un todo... Aquella mañana lo decidí, después de su llamada, de sus conversaciones que ya me cansaban, de saber que nada aportaba a mi vida, que me era indiferente la suya, que sabía de memoria la cantinela de quejas sobre su existencia, sobre ella y su familia, sobre su trabajo, saber que no hacía nada por adquirir la valentía para gritar un adiós... Después de descubrir mi sonrisa irónica en el espejo, mientras él se quejaba de todo lo que lo rodeaba... ¡cansancio!... me despedí de una forma distinta después de responder a aquel "¿Tú que tal?" con un atisbo de contar mis minutos, mis días, de darme cuenta de que los míos eran ricos, de que él no los enriquecía, de que lo había hecho sólo yo... Escuchar cómo me interrumpía para darme lecciones, para cuestionar mi existencia... ¡cansancio!... Y cuando colgué lo decidí... Había pasado una semana, sin llamadas, las suyas que no contestaba, dejaba sonar el teléfono, sonreía, le imaginaba enfadado, irritado, con la prepotencia innata saltándole las sienes, con aquellos insultos solapados, aquellos reproches de inmadurez que me lanzaba, aquellos tonos molestos con que aseveraba, las afirmaciones revestidas de desprecio que yo conocía demasiado bien... Estaba cansada... Leí todos sus mensajes, ¡todos!, los primeros eran dagas, las lanzaba una tras otra... varió el tono al segundo día, comenzó a ser débil, cambió el registro y yo volví a sonreír... los últimos eran patéticos, tan patéticos como yo había sido cuando pedí, supliqué y me humillé, cuando años atrás él hizo lo mismo, cuando me ignoró... patética en todo, dignidad olvidada... pagando con la misma moneda. El tiempo había sido buen acompañante y buen consejero, le tenía dónde le quería, pero ya, ahora, no le quería... ¡cansancio!... el hastío de días soportando su malhumor y su desidia...¡no, ya no!... su último mensaje, el que sí respondí, el que una vez enviado me colocó aquella sonrisa de triunfo, porque él lo había tenido todo, porque yo le advertí, porque ya no tenía nada, porque yo lo tenía todo... él no, ahora yo sí... La ranchera invadía el espacio, "cuando yo quiera has de volver", y volvió cuando yo quise, y ahora me iba, ahí te quedas, ahora vive sin mí después de saber lo que tenías conmigo... ahora ármate de valentía si la tienes e intenta respirar sin mi oxígeno. Recordé aquellas veces en que se le instalaba el miedo cuando yo insinuaba que me iba, cómo cambiaba el tono de voz, la forma de recular, aquellos "no me lo digas más, por favor", le tenía donde él merecía, con mi maldad recién descubierta, la maldad que él me enseñó, con sus dobles juegos, sus mensajes a otra, con sus mentiras, con su soberbia, con aquella culpabilidad que siempre era mía, y sonreí... Los árboles fuera se mecían al compás del viento y yo respiré profundamente, cerré los ojos, le supe extraviado y recordé mis últimas palabras, las que le dejé escritas, para que tuviera constancia de que me había ido para siempre "Hace años pensé que algún día la vida me regalaría el don de que no dolieras... ya no dueles".