8 feb. 2014

DEJARE DE QUERERTE... (Pequeño relato)

Habíamos descubierto aquel camino la primera mañana que decidimos escaparnos a la montaña. El coche escaló la carretera, al fondo el valle, las copas de los pinos, algunas casas dispersadas, pequeños  pueblos y el sonido del agua de manantiales invisibles y arroyos ocultos. Paramos en aquel espacio perfecto para respirar, hice unas fotos, se evaporó de mi vista, me quedé como perdida, mirando a todos lados, sentí miedo y caminé hacia la carretera, no veía el coche; no había tardado, apenas unos minutos para hacer fotos al paisaje, para mirarlas y saber si tendría que repetirlas. Tomé notas, me senté encima de una piedra con forma de sillón confortable y anoté todo lo que podía interesarme, y durante aquellos minutos él se había ido...sonreí al ver aparecer el coche por la curva de la izquierda y alcé las cejas, él desde dentro me hizo el gesto de "sube" y respiré tranquila. Me contó que había descubierto un rincón estupendo, que me gustaría mucho, recogeríamos de algún bar cercano unos bocadillos y unos refrescos y nos quedaríamos allí a almorzar. Me gustó el plan. Me recordó que había robado una manta, nos reímos... Y ahora estabamos allí, bajo unos tremendos brazos de madera repletos de hojas imposibles, en un alfombrado de agujas de pinos, sobre un pequeño altozano, alejados de miradas ajenas y curiosas, pudiendo controlar a cualquier intruso que osara acercarse por aquellos nuestros dominios. Era el tercer día que ibamos, nos había gustado la experiencia las dos jornadas anteriores, alejados de las confortables sillas de algún restaurante con camareros pesados o demasiado despistados, que tardaban en atendernos o que no nos dejaban charlar tranquilos, pero sobre todo en donde no podíamos besarnos, ni quitarnos el resto de mayonesa con la lengua del otro, ni dar a chupar el dedo mojado en salsa barbacoa, porque aquellos gestos, en aquellos restaurantes, no estaban bien vistos...
Le escuchaba desgranarme historias lejanas, aquellas que le gustaban, jalonadas de frases que sólo él entendía, y yo, los dos... aquella manía suya de posar su cabeza en mis piernas, los dos en la manta; yo sentada a estilo indio, él tumbado, mirándome desde abajo mientras le recorría el cuello con una brizna de hierba. Me gustaba escucharle. Tapaba su boca con un beso de vez en cuando, pero él no perdía hilo, seguía después de morderme el labio y mirarme sonriendo.... Era una escena de esas bucólicas, que los varones consideran cursis, y algunas mujeres también, esas mujeres que carecen de ellas, que no las tienen pero las envidian, una escena tan de cine que me hacía sonreír, me recordaba a alguna pelicula de los sesenta, porque ahora, en este siglo veintiuno que se nos había instalado, aquellas cosas, a ciertas edades, ya no se llevan... En nosotros sí, en nostros se llevarían siempre, porque se nos habían quedado por cumplir... Pensaba, mientras él hablaba, que no podría contarla a nadie, porque ninguna de mis amigas creería que él pudiera ser así, tan serio, tan duro, tan lejano, tan distante... y porque aquello no podía contarse, me hizo sonreír la posibilidad de narrarselo a Gracia, y seguí escuchándole... Seguían escuchándose los manantiales lejanos y ocultos, los trinos de pájaros escondidos en aquellas ramas fantasmales que nos daban sombra, desde la carretera cercana se oían motores de coches, caía la tarde, me apetecía que me hiciera el amor, allí, en la manta que había "robado", cerré los ojos mientras me miraba y su voz se silenció... Todo pasó tan rápido que fue un segundo perdido entre un tiempo extraño, un reloj de arena que se quedó sin arena, el agua que me anunciaba con su sonido que estaba cerca, una mano que perseguía estrellas bajo una camiseta rosa, unos dedos que bajaban cremalleras obstinadas en resistirse a la evidencia... El viento suave me golpeó la espalda... y el mundo se detuvo en una hora desconocida.

Mi cabeza reposaba en sus piernas, habíamos cambiado los papeles. Ya no hablaba. Acariciaba mi pelo y nuestros ojos se descubrían. De repente aquella pregunta, sabía que me respondería una de sus bromas, una de sus borderías, estaba preparada para recibir sus frases lejanas, indiferentes a cualquier sílaba cursi, yo me reiría, le recordaría que era un borde, él me repetiría que no tenía remedio y todo volvería a su lugar de origen. Por eso, mientras mordía su dedo al recorrer mis labios la solté, pensándola, esperando su chulesca frase de tío duro "Dejaré de quererte cuando mire tus ojos y no descubra el brillo de los míos, y tú ¿cuándo dejarás de quererme?"... cerró los ojos, al abrirlos besó los míos "Yo dejaré de quererte cuando tú ya no me quieras, cuando tus ojos me digan que dejaste de quererme"... Y tuve la certeza de que, para aquella respuesta, yo no estaba preparada...