18 feb. 2014

LA LITURGIA DE LA ESCOBA... (Reflexiones de una ama de casa)

Víctor Manuel, allá por aquellos tiempos pasados, cantaba en la canción "El cobarde" que vivía "en mi pueblo pequeño, la fé, la alegría, la paz del hogar", pues bien, como yo, yo también vivo en mi pueblo pequeño (relativamente) pero lleno de paz, de alegría (ahora menos por esas cosas de las crisis galopantes que nos azotan) y con hogares manejados por señoras estupendas. Soy de otro pueblo todavía más pequeño que el que habito, en donde también hay alegría y paz hogareñas... Y en el que a toda una generación se nos enseñó "la liturgía de la escoba". Este título a ciertos actos domésticos se lo coloqué yo hace algunos años... hace muchos años... Yo creo que mi generación y cuatro o cinco o diez generaciones anteriores hemos nacido con el estigma de "la escoba" marcada en la frente... y además lo creo firmemente. En los pueblos sureños, serranos, esos que jalonan montes en la Andalucía profunda la mujer tiene (o tenía) que ser "hacendosa", nacemos (o nacíamos) para tener la casa como los chorros del oro, mantener el hogar impoluto, a los hijos como auténticos muestrarios de Nenuco y al marido recién afeitado, lavado y replanchado... Y la muestra fehaciente y definitiva de que una mujer era hacendosa era "el barrido de la puerta"... Barrer la puerta no es literal, las puertas no se barren, se barre la calle a la que pertenece esa puerta de esa casa de ese hogar impoluto en donde ella, la mujer, mantiene el orden... Cuando una niña alcanzaba esa edad casadera, esa edad de ser enseñada e instruida en la "liturgia de la escoba" se la despertaba temprano, se le daba la escoba (posteriormente cepillo) y se la colocaba en la calle, a barrer ese terreno delimitado por la fachada de la casa en la que vivía. Las vecinas daban entonces el visto bueno, se la estaba educando bien, se la estaba haciendo "una mujer de su casa" y sería una buena mujer... sencillamente porque barría la puerta al amanecer, en gélidos días de invierno, en calurosos días de verano, luchando contra los elementos, nunca mejor dicho. Barrer la puerta de la calle, para matizar un poco, es el acto más generoso de una mujer hacia su Ayuntamiento... Pensemos en la cantidad de dinero que un Consistorio se ahorra en Barrenderos y en su mantenimiento si tuviera que gestionar la limpieza de las calles, faena que hacen, primorosamente y ademas desinteresadamente las señoras estupendas, esas que en otoño, cuando las hojas caen y viven cerca de un parque (el caso de una servidora) se arman de una paciencia infinita, recogen las que se distribuyen por doquier a lo largo y ancho del perímetro de su fachada, mientras siguen llegando hojas nuevas arrastradas por el viento otoñal. En verano se riega, para asentar el polvo de la sequedad estival, y luego se barre, para no levantar demasiada polvareda, y luego se vuelve a regar... Lo dicho, una tarea que, si se piensa un poco, es lo más absurdo del mundo mundial, pero eso, señores y señoras que desconocen esta tarea, es ser "una mujer de su casa"... esta frase tampoco tiene sentido, pero es que, en esta faena nada tiene demasiado sentido, esa es la verdad. Y todo porque todavía no nos hemos levantado, escoba en ristre, no nos hemos ido a las puertas de los Ayuntamientos y no les hemos dicho que la calle, esa que barremos, regamos y mantenemos limpia como una patena, es obligación de ellos, porque pagamos impuestos, porque pagamos por metros de fachada, y porque no somos animales que acotan su territorio con agua regada oliendo a limpiador doméstico... Me gusta recordar a mi abuela barriendo "la puerta", y recordar a mi madre... pero desde luego me emociona mucho menos cuando la faena me toca a mí, cuando recuerdo los inviernos, a las ocho de la mañana, la voz de mi madre diciéndome que había que "barrer la puerta", porque mi sueño era superior al afán por demostrar que era hacendosa, que sería una buena mujer de mi casa y porque, sinceramente, me importaba un pimiento lo que pensaran mis vecinas de mi capacidad para mantener limpia una casa... Rechazo profundamente la obligación que se nos dejó en herencia por señoras estupendas, abuelas, madres, suegras, tías, en la que "la liturgia de la escoba" ha sido sinónimo de validez femenina, cuando a la vez se nos cortaban alas, y las que se nos dejaban las usábamos para mover el cepillo dejando claro que teníamos una hacienda que barrer... Deberíamos de pedir un poco de coherencia, si los Ayuntamientos de las grandes ciudades, de los grandes municipios destinan para la limpieza de su localidad una cantidad de dinero, que lo hagan también en los pueblos pequeños, así, las señoras estupendas, no irán detrás de una hoja rebelde en otoño, ni soportarán el frío en invierno, ni se enfadarán con ellas mismas cuando, de repente, tras haber dejado la calle como para una exposición, unos chiquillos tiran bolsas, cáscaras de pipas o rompen un papel, haciendo de su trabajo el motor más poderoso para destruir la autoestima... Resumiendo, estoy cansada de "liturgias de la escoba", prefiero dedicar mi tiempo a algo tan placentero como mirar el cielo, ver caer las hojas y no preocuparme por lo que el viento haga con ellas...