11 jun 2020

VUELTA A CASA... (Recuerdos)

Después de tres meses, hoy regresé...
Me ha costado horrores abrir la puerta y una vez en el pasillo respirar. Escuché la voz de mi padre perdida por el hueco de la escalera, vi a mi madre en la cocina, la puerta de la terraza abierta, corría el viento y la cortina se movía, y mi madre canturreaba. He pasado con miedo al pequeño saloncito que hizo las veces de dormitorio cuando mi padre ya no pudo subir escaleras, la habitación desde la que se fue, y me he visto en fotos en blanco y negro mientras el polvo lo cubre todo, y la humedad. Habrá qué hacer algo con eso. He recorrido los juegos de café de mi madre dentro del aparador, y un pequeño festón de ganchillo rematando las baldas. Esos vasitos de licor con líneas azules y doradas que deben de tener sesenta años y que están como cuando me marché. Envejecí yo, pero no la máquina de coser con su hule de cuadros marrones, ni la foto de mi tía en blanco y negro colgada en un pequeño marco romboidal. Y el tiempo se ha detenido. La voz de mi padre me acompaña en cada paso, como si hubiera bajado los peldaños despacio, para acompañarme en el recorrido hacia mi pasado. Mi madre ya no está en la cocina, me ha dejado el paso libre, mi sonrisa al ver la mesa bajita pintada de blanco arrinconada junto a una fregona detrás de la puerta, la misma que he cruzado para salir a la terraza y respirar la vida. Recuerdo cuando aquella terraza no existía, se descendía con cuatro escalones desde la pequeña cocina a un corral que siempre tenía la hierba alta, en donde yo me escapaba a leer, cuando la casa todavía era un proyecto y se mantenía tal y como mi abuelo la compró. Es mi casa. Ahí está el sudor de mi abuelo, que la disfrutó poco porque una guerra dura e injusta lo dejó en Pozoblanco, después de un bombardeo. Ahí está mi abuela Tita, que volvió a ella cuando su vejez la dejó sola y sus piernas se negaron a seguir empujándola. Y ahí están mis padres y sus sacrificios De ahí salí para volar, primero a Granada, luego a Mallorca. Y ahí he vuelto, porque a veces es necesario volver al lugar en el que fuimos felices. Y porque, cuando la vejez asoma, como hizo mi abuela, es bueno retornar a la tierra en la que se desea descansar. Me sigue el eco de la voz de mi padre, de las ocurrencias de mi abuela, las risas de mi hermana, las canciones de mi madre. Me siguen las lágrimas de despedida y las de regreso. Los abrazos tímidos, porque los hombres no lloran. Me siguen mis secretos, mis cartas adolescentes releídas mil veces tumbada en la cama. Mis impacientes esperas del correo. Mis acompañamientos hasta la esquina de abajo. Me sigue mi vida. La misma que dejé guardada aquí, para recuperarla cuando el destino quisiera.
Antes de salir he lanzado un beso al aire, sé que lo recibirán. He cerrado con la emoción del hasta pronto y la satisfacción del regreso. Se ha quedado dentro una regañina de mi padre por llegar tarde, un bolero de mi madre mientras lavaba, una historia de mi abuela refrescando la boca con su jarrito de agua y una falda de cuadros movida con aire por las piernas largas de mi hermana. Y dentro me he quedado yo. En definitiva, lo queramos o no, somos lo que hemos vivido, el pasado está en nosotros, hay pasados a los que merece la pena volver y los removemos hasta encontrarlos, y los hay incómodos de recordar y nos esforzamos en olvidarlos. Creo que me siento orgullosa de querer regresar en un porcentaje rotundo a mis pasados, porque todos me hicieron recordar abrazos, besos, canciones, juegos, y sobre todo amor. La llave ha dado dos vueltas, he observado que las persianas estén bajadas, y, como siempre hice, he comenzado a bajar la calle sabiendo que dejo atrás mi hogar, el mismo al que regresaré.

16 may 2020

RECAPITULANDO... (Reflexión personal)



He avanzado hasta mis cincuenta años y cuatro años sin darme cuenta, no me reconozco en esa niña de las fotos en blanco y negro, ni siquiera en la adolescente con los primeros colores del papel del pasado, no me reconozco ya en casi nada. He ido superando temores, olvidando consejos ajenos y creando mis propias advertencias; he ido seleccionando momentos, uno a uno, desechando los que me dañan, mimando los que me hacen sonreír para no olvidarlos nunca. He aprendido a aparcar tareas improductivas para mis emociones y para mi mente y centrarme en las que me llenan el corazón y en las que me ponen sonrisas. He aprendido el valor de los horizontes abiertos, sin límites… Sin límites…
Me he embarcado en tantas dimensiones desconocidas que he roto normas, que he desafiado al mundo y a mi misma, que no sé si vencí, que no sé si perdí, pero sé que respiré, que sufrí, que avancé, me da miedo la niebla, es como si un fantasma me envolviera y no supiera si va a dejarme de nuevo en mi mundo táctil y palpable, lleno de certezas, esas que todos tienen y que reparten, tantas certezas y tantas incertidumbres por mi parte. Dudo de todo, tengo dudas hasta de si estaré viva mañana. Los años te enseñan a que mañana tal vez no exista. He desaprendido la beatitud propia y las creencias absolutas, me he ido alejando de sepulcros blanqueados y de gestos trasnochados y obsoletos, me he ido alejando de apegos que creí anexionados para siempre… He asimilado que no hay nada perfecto, que es bueno dar tiempo, contar hasta diez, que no es necesario decir lo que se piensa si con eso vas a dañar, vas a herir, que las verdades sólo son necesarias cuando son imprescindibles. He aprendido a callar a pesar de hablar mucho, soy mujer de largos silencios aunque no lo parezca. Me he conocido llorando a solas por un recuerdo, tejiendo conversaciones imposibles que nunca se llevarán a cabo. He aceptado que a una pregunta mía no siempre tendré la respuesta deseada, que esa respuesta me puede hacer doblar de dolor… Aprendí que mis secretos los guardo yo, que un secreto no es un cotilleo, ni un comentario, ni siquiera una crítica, un secreto es lo que el corazón guarda y preserva del mundo… Mis caminatas me enseñaron a ver puestas de sol, saber que mi vida comienza a ser así, una puesta de sol, pero que depende de mí cómo me oculte, cómo vaya apagando mis rayos, que calenté a quien deseó acercarse, que intenté no quemar pero que tal vez lo hice… Caminar, caminar siempre, tropezar durante el camino, caer, levantarse, sacudir el polvo, alzar la vista y saber que nos queda mucho, que no hay límites, que la niebla no nos engulle, y que, como decía Nino Bravo, la alambrada sólo es un trozo de metal…
(Encarni Barrera)

14 mar 2020

MI RESUMEN DE UNA CRISIS (Reflexión personal)


China nos cogía lejos, tanto que veíamos lo que pasaba como algo imposible de que nos llegara hasta la tranquila España, que lo único que ocupaba la mente eran los debates políticos, las desacreditaciones y los insultos... Y llegó a Italia, bueno, todavía no nos tocaba, esas cosas les pasan a otros. Aquí teníamos un Gobierno muy sensato, muy apto y muy preparado para grandes crisis, no había más que ver cómo estaba gestionando todas las crisis que tenía encima de la mesa. Con no aparecer es suficiente... Y un buen día, en España, ese país lleno de entendidos políticos que se sacaban los ojos por sus líderes, se vio inmersa en un contagio masivo. Los vuelos desde Italia llegaban tranquilos, y desde aquí, como somos así de valientes, nos íbamos a Italia de viaje de placer porque, total, no pasaba nada más que una gripe. Y como somos intocables a nosotros no nos iba a contagiar. Y así fuimos celebrando manifestaciones, cenas, reuniones, nos relacionábamos porque el sentir español es así, simpático por naturaleza... Y un buen día, cuando no se habían cerrado fronteras aéreas, cuando no se habían prohibido concentraciones masivas, cuando todos andábamos felices, se nos decretó un estado de alarma. Comenzaron a decirnos lo que teníamos que hacer, y los hospitales se llenaron de contagiados, y no sabíamos cómo, tan listo como somos y no sabíamos cómo. Y ahí estaban los médicos, los enfermeros, los sanitarios, explicando lo que los responsables políticos tardaban en hacer. Y antes de cerrar Madrid, centro neurálgico del contagio, se decreta la alarma y un montón de personas, igual de inteligentes que las que viajaron a Italia en plena crisis por puro placer, se extendieron por zonas que intentaban sobrevivir a la alarma. Y hemos atacado supermercados, nos hemos empujado, insultado, hemos aprendido a pelear entre nosotros por un rollo de papel higiénico, lo que menos aprendimos es a calmarnos y a permanecer en casa. Nos vamos a la playa, seguimos con bares abiertos, porque, eso sí, la forma de ser española es así. Y aquí estamos, actuando, a veces, como auténticos imbéciles, nada nuevo, copiamos los patrones políticos, porque si copiaramos los patrones sanitarios otro gallo nos cantaría. Pero solemos copiar a los más chulos e ignorar a los empollones de la clase, también muy español... Estamos confinados, porque quienes tenían que haber tomado medidas a mitad de febrero nos dijeron que no pasaba nada, y no aprendemos, nos pasamos meses escuchando a Zapatero y su "recesión" y sus brotes verdes y nos comimos una crisis asesina, y hemos vuelto a hacer lo mismo. Y esta es mi opinión, desde casa, tranquila y haciendo caso a los empollones, que son los que están informando a la población, ese personal sanitario que se está dejando la piel con pocos medios para que cuatro descerebrados se escapen a las playas y sigan sus vacaciones, mientras los pequeños autónomos tiemblan de cómo va a ser su vida después. Y aquí estamos, invadiendo supermercados y agotando el papel higiénico y empujando al resto de los mortales... Yo me quedo en casa, no sé si es lo correcto, lo hago porque los sanitarios me lo piden, si me lo pidiera el Gobierno me lo pensaría, porque no se han enterado de que la puerta de toriles estaba abierta hasta que el toro nos ha dado la primera gran cornada. Una crisis sanitaria, y jóvenes universitarios en las redes diciendo que saldrán de fiesta, son pocos pero los hay, y pienso que esos, precisamente esos, será la clase política del futuro, para los que nunca pasa nada. Cuesta tan poco cumplir cuatro normas de nada que me sorprendo que haya quien no pueda cumplirlas porque se agobia: estar en casa, lavarse las manos, no sociabilizar durante quince días... o terminar en un hospital donde no sabemos si podremos ser atendidos, porque los profesionales también se enferman, están agotados y tienen bajo su conciencia decidir quién va a disfrutar de un respirador y quién no, según su criterio de supervivencia, y eso es muy duro. No hemos aprendido nada, porque de esto o salimos todos o nos vamos a lamentar todos. Los que que han cogido el coche para salir de Madrid también. Los responsables de personas mayores (padres, tíos) y les dejan salir a charlar al parque con sus amigos de ochenta años también. Son quince días, los que deberíamos de utilizar para pensar en todo lo que hemos disfrutado hasta ahora, de cómo podemos volver a la normalidad pronto, de cuánto deseamos ver a nuestros padres e hijos que están lejos. Está demostrado que el Gobierno llega tarde y mal, pero los sanitarios están llegando bien y a tope, hagámoslo por nosotros y por ellos, los que no duermen, los que no se hacen las pruebas aunque están en contacto con la enfermedad, los que cierran los ojos sabiendo lo que se les viene encima, porque esto, aunque nos cueste aceptarlo, no ha hecho más que empezar... Espero que quienes viajaron a Italia recuerden siempre ese viaje, y quienes hayan cogido el coche para irse de playas, y quienes hayan utilizado el cierre de Universidades para irse de fiesta, que lo recuerden, porque después de esto nos vamos a enfrentar a una situación económica muy diferente y muy complicada, que guarden esos recuerdos en su mente, igual les ha merecido la pena exponerse al riesgo de contagiarse, y de contagiar a otros... Y aquí estamos, pasaré trece días más encerrada, porque cuando pasen muchas semanas quiero ver en la calle a la misma gente, y no quiero dar pésames, ni saber que alguien a quien tengo cariño está en el hospital, está en mis manos y en las manos de todos.

17 dic 2019

¿CUÁNTO TIEMPO NOS QUEDA...? (Reflexión personal)

"–Está refrescando, puede haber tormenta, nos vamos a volver –Santi le sonrió mientras se acercaba–, hoy está muy bravo el mar…
–¿Por qué sigues conmigo?
–¿Por qué sigues tú conmigo?
Y le asaltó el temblor en la barbilla, aquel que le advertía de que el llanto le iba a reventar en el pecho. Santi la besó en la frente, ajustó la manta a sus piernas y se colocó detrás de ella para guiar su silla, empujó unos metros y su respiración le rodeó el cuello:
–Sigo contigo porque no sabría a dónde ir sin ti…
–Siempre tienes la respuesta que quiero escuchar.
–Estoy enmendando mis errores pasados, aquellos en los que no te decía lo que necesitabas, aquellos en los que no sabía decirlo, igual es porque pensaba que habría mucho tiempo para hacerlo.".
("La línea del arco iris")
Encarni Barrera
Escribí un relato corto, está registrado, no está publicado, pero hoy quise releerlo y me emocioné...
¿Cuánto tiempo nos queda?
¿Creemos de verdad que tendremos tiempo de corregir errores?
¿Y si mañana nos fuéramos, así, en silencio, cuántos "te quiero" nos quedarían por decir... y cuántos "perdón"?
¿Cuántos errores hemos cometido con los demás, por altanería, por cabezonería, por orgullo, por prepotencia, por creernos con la verdad absoluta, por creer que nos lo merecíamos todo y los demás nada, por creernos superiores, por nuestra ira, por nuestro odio, por querer destruir a los demás para salvar nuestra razón... Cuántos errores serían?
Pues eso, que releyendo "La línea del arco iris" me pregunté qué pasaría con el corazón de las personas a las que no pude decir todo lo que sentí, bueno y malo, porque también nos iremos con los daños que nos causaron, con las lágrimas que nos hicieron derramar, con las palabras hirientes que nos dedicaron...
Se está yendo un año, siempre creí que, cuando una personas es separada de nuestras vidas, esa persona sabe el por qué, que es un rato absurdo que busque la excusa del "no sé qué le he hecho", todos sabemos lo que hacemos. Es decir, apartamos porque se nos insultó en público o en privado, porque se derrochó con nosotros despecho y rabia, porque fuimos objeto de cotilleos de los que nos enteramos, porque actuamos con el poder que da la rabia, esa que luego nos pasa factura. Apartamos porque no se nos aporta nada bueno, porque la relación puede ser tan tóxica que nos reviente el alma, apartamos porque fuimos objetos de juicios en los que se nos condenó sin habernos escuchado. Apartamos porque se nos perdió el respeto, a nosotros o a quien queremos, apartamos porque tenemos el derecho de continuar camino con calma, sin que se nos culpe de todo cuando sabemos que las culpas se reparten... Y por los mismos motivos se nos aparta. Pero, cuando se nos aparta por haber tejido maldad, sabiendo que lo hemos hecho, deberíamos de pensar que un corazón que odia rara vez será feliz, y que, en el momento de decir adiós a la vida, igual seremos conscientes de que, efectivamente, no teníamos tanto tiempo como pensamos... Nada, son sólo reflexiones mías... Estas tardes de otoño en calma mientras empieza a llegar la noche...

16 dic 2019

LA MEJOR PALABRA... (Reflexión personal)



La mejor bofetada es la que no se da”, no me gusta mucho eso de “la bofetada”, yo siempre he sustituido este refrán por otro parecido: “La mejor palabra es la que no se dice”…. Soy de las que piensan que es uno de los pocos refranes que tienen más razón que un santo, que diría mi abuela, quizás porque no soy persona de responder bofetadas, ni físicas ni verbales. Suele pasar que, casi siempre, cuando alguien “pincha” es porque desea el enfrentamiento, y usará su más vulgar y cruel estrategia para conseguirlo, y yo, personalmente, soy de poco saltar vallas, mayormente porque ya no tengo edad ni de lo uno (saltar vallas) ni de lo otro (pelear vulgarmente), he entrado en ese estado laxo de la indiferencia, tal vez porque comprobé que mi silencio responde más y mejor. 
Ya no estoy para eso, mi edad me impide por prescripción personal entrar en trapos ni en juegos quinceañeros con la excusa del “¡uy lo qué me ha dicho!”, porque hay que aprender a meditar, a reflexionar, a calibrar el por qué, el alcance, la veracidad, la educación y sobre todo si eso nos va a reportar alguna satisfacción. Si cedemos y respondemos entramos en los “dimes y diretes” que llevan y desembocan en patetismos por las dos partes, yo prefiero quedarme callada. Hay quien “pincha” para hacernos entrar en el circo que ha montado para su propio disfrute, su propio lucimiento, y en ese montaje ha colocado a espectadores y ha vendido entradas, sin tener en cuenta que hay quien no va a dar ningún salto mortal. La mejor palabra es la que queda siempre dentro. No creo en los karmas, creo que la vida va girando, no siempre se recibe bien por bien, ni se devuelve mal por mal, pero sí es verdad que la paciencia es una virtud en desuso, y a quien es capaz de ejercerla sobre sí mismo le puede dar dulces frutos. 
La rabia, la ira, el despecho, el acaloramiento, suelen ser malos consejeros, suelen usarlos las personas con poco dominio sobre ellas mismas, las que no se toman diez minutos o diez días para reflexionar, las personas que “pinchan” confían en la inseguridad y en la prepotencia ajena porque esas son las cualidades que ellas poseen. No merece la pena perder el tiempo y la serenidad respondiendo provocaciones originadas por la envidia, el rencor, el odio, la inestabilidad mental y personal, la inseguridad y la falta de autoestima. Todo pasa, y nos podemos arrepentir de haber abierto la boca, porque la vida es larga, el camino difícil, y las energías, al menos yo, me gusta dedicarlas a caminar despacio, intentando caminar sobre seguro, sin detenerme con cada ladrido de perro, con cada piedra que aparezca, el reto, el verdadero reto, no es responder insignificancias, el verdadero reto es aprender a saltar obstáculos para llegar hasta meta, para conseguir lo que vale la pena, y para eso, para eso sí, una servidora saltará vallas, aunque ya le queden las fuerzas justas.
Encarni Barrera

15 dic 2019

LA VALENTÍA... (Reflexión personal)

Hay que reivindicar la valentía, esa que se esconde entre las uñas y en los poros de la piel, que nos grita que nos lancemos y que acallamos con el miedo que cierra grietas.
Desoír a quien lanza la misma cobardía disfrazada de frases tan cautas que asustan, no olvidar jamás que la cobardía se contagia, que los cobardes inoculan el gas que almidona, y acostumbra, y acartona, y frena...
Los cambios son necesarios, si no se cambia no se evoluciona, se enquista la rutina y se mal forman los sueños.
Atreverse a cambiar el rumbo, porque cuando el barco se ha detenido en alta mar no se moverá si no hay un golpe de timón que lo despierte del letargo... Y aceptar las dudas, saber que puede que se fracase, pero tener la conciencia de que el fracaso es resultado de la acción, el resultado del movimiento, cuando nadie fracasa, cuando nadie cae, quiere decir que su vida fue estática, que no se movió, que permaneció impasible, tampoco es sano la conformidad del alma, el alma debe de ser rebelde, el espíritu debe de rebelarse de vez en cuando, y aprender a caer para conocer el poder interno que conlleva levantarse...
Hablar de cambios, del miedo de quien se mueve, de los riesgos de moverse, de la incertidumbre y de las noches en vela, pero sobre todo comprender que no es lo mismo Vivir que Acostumbrarse, de vez en cuando es bueno abrir la puerta y salir fuera, porque lo de dentro, la mayoría de las veces, ya nos lo conocemos y dejó de asombrarnos, de sonreírnos, de sorprendernos, de empujarnos...

10 dic 2019

NADA VOLVIÓ A SER LO MISMO... (Pequeño relato)


Nada volvió a ser lo mismo. Quise intentarlo. Después de mi interrogatorio, aquello de “pregunta-respuesta” que ya habíamos probado hacía unos meses, cuando mi vida se tambaleó la primera vez, cuando volví la esquina perfecta en donde, a pesar de ser perfecta, se me apuñaló el alma. La fórmula perfecta para que tú no sufrieras demasiado al confesar infiernos ocultos en tu vida y para que yo, lentamente, cerrara los ojos una y otra vez, mientras leía, esperando tus respuestas y mientras mi corazón galopaba y amenazaba con reventar en mi pecho, escondida yo tras la pequeña pantalla de un móvil. Ese “sé qué pasó, quiero la verdad”, ese “va a haber cosas que te van a doler mucho”;y responder con la mentira sincera, la más sincera de las mentiras, “no te preocupes, estoy preparada”, olvidando que nunca lo estamos, nunca nos preparan para que alguien te saque el corazón y lo pisotee. Un largo paseo después de saber que sí pasó, que ocurrió, que nunca debí de preguntar, un paseo para gritar al vacío y llorar con la rabia del no retorno, el paso ligero, la respiración acelerada, visualizando en la mente, una y otra vez, cada una de las terribles respuestas a las inclementes preguntas. Vaciando tu alma, “esto no es fácil para mí”, y mi rotundo “ni para mí” que me salió rabioso, tecleando sobre el inocente móvil ajeno a aquellas declaraciones podridas de años, esas que se enquistan, las que, de repente, te hacen ver cuánto de ruin fuiste capaz de ser, cuánto de mentiroso, cuánto de irresponsable, cuánto de miserable. Confesando que no me tuviste en cuenta, que olvidaste que podía sufrir. Recurriendo a la vacilante suerte para que jamás se me presentara delante la realidad putrefacta de los cadáveres dejados en las cunetas y nunca enterrados, confiando al azar y rogando para jamás yo supiera… Dejé al viento golpear mi rostro para que secara mis lágrimas, retomé el resuello placentero de la conformidad por lo que no tiene solución, me acurruqué en aquel rincón olvidado de mi dormitorio de niña, el mismo que me sirvió de tumba durante meses. Y perdoné…
Nada ha vuelto a ser lo mismo. Juro que lo he intentado. He ofrecido mis labios puros, los que besaron los tuyos marcados por pecados múltiples e impuros. Te miré a los ojos y recibí tu mirada, y no pude soportar el sabor de tu saliva, ni tus manos en mis pechos, ni los besos en mi cuello. Ese asco que te hace dar arcadas, que se instala en el estómago y sube hasta la cabeza, que queda alojado en el corazón, que hace que las imágenes narradas dancen el extraño baile de máscaras amándose cuando todo es tan dantesco que las llamas crecen alrededor. Las risas ajenas que te golpean el tímpano, los gemidos de la boca que se amaba, las caricias ofrecidas como oblación a una diosa que no era yo… La angustia paseándose por mis costados, apretando mis costillas y haciéndome sollozar de pena. El sonido gutural semejante al lamento de la muerte entre mis dientes, rasgando mi garganta y destrozando mi laringe… No pude olvidar, lo intenté, juro que he intentado relegar al olvido las frases dichas, impresas en una pequeña pantalla, he intentado carbonizar a fuerza de amor y de ternura toda la crueldad de tu indiferencia, tu olvido, tu desdén y tu desprecio. No he podido olvidar mis llantos, mi abandono, el sufrimiento de saber que hubo quien sació tus años de hambre de caricias, cuando yo esperé tu llamada ignorante de que en una cama se me robaba la vida y eras tan cruel que olvidaste mi vida... Nada ha vuelto a ser lo mismo…

Ha sonado por cuarta vez el teléfono, por cuarta vez mi mirada impasible ha sostenido unas ramas del árbol que se mece al ritmo del viento frío que trae un invierno cercano, por cuarta vez he dejado que se agote la impaciencia de unos tonos helados como tu alma, la de entonces, la que no tuvo en cuenta que la suerte, esa a la que se invoca para desear que por toda la eternidad los pecados queden ocultos, puede ser la peor de las aliadas. He sonreído cuando el silencio ha invadido el espacio en penumbra del dormitorio, cae la tarde, está gris el cielo y negra mi vida. Te di todo, entregué lo imposible, caminé de tu mano creyéndote guía, creyéndome palabras que han sido mentira. Y la tarde cae. Frente a mí ya las sombras que han ido calando en mis huesos y en mi mirada. Te quise tanto que ya no duele, ha huido de mí el alivio que suponía dejar a mis lágrimas libres. Ya no duele, o eso quiero creer. Fue imposible mirar desde abajo, mirarte a los ojos mientras me besabas, me apisonaba el peso de tu cuerpo sobre el mío, veía a centímetros la boca que mintió, y robó, y gozó, y mancilló un amor puro… no pude amarte, me revolví como la fiera enjaulada, la que es azuzada con una tea ardiente, me zafé de tus manos que pinchaban, las mismas que dieron caricias y me hicieron feliz tantas veces… Ya no duele. He dejado de escuchar tu nombre pronunciado por mi corazón, retumbando como un eco en mis pulmones, vaciado el cofre de mis sueños, abandonados los pasos compartidos.
Nada ha vuelto a ser lo mismo sin ti… Pero jamás hubiera sido ya lo mismo contigo…
(Encarni Barrera) 

  Ha llegado el naranja otoñal que preludia al invierno, el quebrado naranja de las hojas que piso, caminando desnuda y esperando los hiel...